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Trabajadoras de casa particular: los desafíos pendientes

por 15 marzo 2011

La relevancia incuestionable de este rol no ha encontrado correlato en el trato laboral que hemos construido, pues comparado con la normativa que rige respecto de cualquier otro trabajo fuera del hogar, resulta francamente discriminatorio.

Nuestro país saldó una deuda histórica con las trabajadoras de casa particular. Finalmente, a partir de este mes, la ley las protegerá en materia salarial del mismo modo que al resto de los trabajadores. Gracias a la nueva disposición legal, más de 182 mil empleadas domésticas que recibían un sueldo inferior al mínimo igualarán su ingreso al establecido para la gran mayoría, permitiendo mejoras en sus cotizaciones, pues el empleador deberá imponer con una norma de 172 mil pesos.

A lo anterior se suma la campaña iniciada por las autoridades tendiente a recordar la obligatoriedad del contrato de trabajo, tanto para empleadas de casa particular puertas afuera como puertas adentro; para quienes trabajan en más de una casa y para aquellas que se desempeñan sólo unas horas a la semana. El empleador se expone a una multa que va de 1 a 5 UTM si el contrato no queda por escrito en un plazo de 15 días contados desde su incorporación, y además hará presumible legalmente que las estipulaciones son las señaladas por el trabajador.

Esta clara señal de que no existe en Chile -y no deben existir- trabajadores de primera o segunda clase, es un avance que celebramos y que debe invitarnos a reflexionar. ¿Estamos dispuestos a valorar el trabajo de estas mujeres que trabajan en ese espacio sagrado de toda sociedad que es la familia? ¿Reconocemos su dignidad, es decir, sus espacios de descanso, de formación, de tiempo libre, de sueño…? ¿Tiene tiempo para su ‘propia’ familia, para ser madres y esposas?

La relevancia incuestionable de este rol no ha encontrado correlato en el trato laboral que hemos construido, pues comparado con la normativa que rige respecto de cualquier otro trabajo fuera del hogar, resulta francamente discriminatorio.

La relevancia incuestionable de este rol no ha encontrado correlato en el trato laboral que hemos construido, pues comparado con la normativa que rige respecto de cualquier otro trabajo fuera del hogar, resulta francamente discriminatorio. La jornada legal de estas trabajadoras es de 12 horas diarias y generalmente considera ocuparse de lunes a sábado. Si se emplean puertas afuera, a las horas trabajadas deben sumarse los tiempos de traslado, que fácilmente pueden alcanzar 1 ó 2 horas de viaje. En el caso de las trabajadoras puertas adentro esta situación es aún más grave. Si hay visitas en la casa, o si deben quedarse cuidando a los niños cuando los padres salen, la jornada puede extenderse hasta las 15 ó 16 horas de trabajo. Como ellas mismas lo plantean: “siempre sabemos a qué hora nos levantamos, pero nunca sabemos a qué hora nos vamos a acostar”. Todo ello bajo una normativa que no contempla el pago de horas extraordinarias.

A la jornada laboral se agregan otra serie de irregularidades. Por mencionar algunas: un contrato que no define bien cuáles son las obligaciones que debe cumplir la trabajadora, por lo que quedan entregadas a realizar cualquier tarea que se les pida, y por lo cual cualquier negativa ante una petición que le parezca impropia es entendido como “mala disposición o falta de voluntad”; un sistema de encierros con pocas posibilidades de actividades extracurriculares, sociales, de capacitación, o simple y llanamente de descanso; niveles bajísimos de asociatividad y sindicalización, lo que conlleva una nula posibilidad de negociación. Tanto es así, que a un 39% de estas trabajadoras nunca les suben el sueldo, y a un 59.17% les imponen por el mínimo a pesar de tener un salario superior.

No atribuyo esta situación a la “maldad” o “mala voluntad” de los empleadores, pues de hecho, a diferencia de muchas otras relaciones laborales, en este trabajo existen lazos afectivos profundos involucrados, resultado inevitable de la convivencia diaria. Sin embargo, este cariño no logra movilizar la justicia frente a lo que constituye una velada discriminación, respuesta de una sociedad que tiende a desvalorizar el trabajo femenino, más aún si se desempeña dentro del hogar.

Si realmente estas mujeres son, como nos gusta creer, parte de nuestras familias, actuemos en consecuencia y construyamos un trato laboral que se condiga con lo que esperamos para cualquier otro miembro de nuestra casa. Salario justo, trabajo digno, tiempos de descanso y recreación, trato igualitario. Nada más, nada menos.

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