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La presidencial argentina entra a los partidores

por 24 marzo 2011

La presidencial argentina entra a los partidores
La posición internacional de la Argentina K es más bien negativa. Concluye a un paso de ser expulsada del G-20, fuera de los círculos del FMI y BM (denostados verbalmente, pero soñados tras bambalinas) y enclaustrada en formas políticas provincianas y obsoletas. Quien gane la elección presidencial deberá abordar estas cuestiones si o si. Para quienes mantienen el optimismo, se trata de desafíos inconmensurables, pues en los asuntos internacionales la confianza es un bien gigantesco que no se compra en San Telmo un domingo cualquiera.

La política argentina se está poniendo caliente e interesante. Lo que se disputa no es poco, el control de la Casa Rosada. Algo que, para las características del país, suena a algo más que un simple botín. Es un verdadero trofeo a la astucia individual, a la habilidad para imponerse en las rencillas intestinales, a la capacidad para generar alianzas y atender desgarros entre los grupos de poder y, de paso, a la posibilidad de interpretar adecuadamente a un electorado de comportamientos erráticos e irascibles. No es poco. De paso, se pasa a administrar el destino inmediato de una nación que, pese a su declive, sigue estando ahí, añorando un pasado glorioso y esperando un futuro que no llega.

La política K, que tomó el control de Argentina tras su colapso con el corralito, el corralón y demás exquisiteces de una política pública bastante desastrosa a fines de los 90, será sometida a prueba en los próximos meses, cuando los argentinos sean convocados a una nueva elección presidencial. Por lo mismo, el pre-calentamiento que vemos en los círculos políticos, está ganando en intensidad.

El motivo de ello es que se desconoce cuál de los grupos herederos de Néstor se impondrá en las disputas iniciales y, luego, si éstos serán capaces de guardar unidad para derrotar a las nuevas facciones que, desde el interior y desde fuera del peronismo, ya han comenzado a estirar sus músculos, a revisar las cuentas pendientes y a examinar los humores ambientales para saber con quién y contra quién coaligarse. Un ejercicio, que, para quien conozca la política argentina, coincidirá en que le habría dado a Nino Rota una inspiración más que suficiente como para componer una nueva pastoral siciliana.

Y como los argentinos suelen medir y ver sus cosas con lógica de balompié, podría decirse, sin temor a equivocarse, que el puntapié inicial de este intenso pre-calentamiento, lo ha dado la reciente victoria K en Catamarca (norte del país). Dicho triunfo ha desatado en el camarín de la Presidencia una fuerte discusión acerca de si llegó la hora o no de que la Presidenta exteriorice su decisión de prolongar el uso del luto y anunciar derechamente su deseo de ir a la reelección.

La dilación obedece a que K no es un partido político ni una vanguardia iluminada ni tampoco una camarilla; aunque a momentos se configura como cualquiera de las anteriores. Mientras que para la plebe descamisada, K es una sensación y un estado de ánimo, para la elite (y para bagayeros) es un gremio con intereses inmediatos y palpables.

Ambas cosas son importantes. Lo primero –lo del luto- permitirá proyectar la memoria de los herederos de Néstor; sin eso ni siquiera soñar con el triunfo. Lo segundo -el anuncio oficial- encauzará la discusión y cohesionará las filas que se ven, por ahora, desorientadas. Y es que no todos los asistentes al baile están interiorizados acerca del menú que se presentará.

A primera vista cuesta entender la dilación de algo que pareciera más o menos obvio, luchar por mantenerse en el gobierno, máxime cuando las prácticas políticas argentinas indican que quienes abandonan el poder se desgastan rápidamente y a de veras. La dilación obedece a que K no es un partido político ni una vanguardia iluminada ni tampoco una camarilla; aunque a momentos se configura como cualquiera de las anteriores. Mientras que para la plebe descamisada, K es una sensación y un estado de ánimo, para la elite (y para bagayeros) es un gremio con intereses inmediatos y palpables. O sea, políticamente, un algo demasiado heterogéneo, que, parafraseando a Aguilar Camín, sólo puede ser controlado con un chef que maneje la cocina con mano de hierro. Y tras la muerte de Néstor, la figura de tal chef sencillamente desapareció, sin que nadie esté en condiciones de reemplazarlo. Los carniceros se  han quedado solos, en cocinas subterráneas y con cuchillos en mano listos para “achurar”. En los comedores del piso superior, los comensales ya inquietos, demandan nuevas presas y más porciones. ¿Cómo resolver esta intríngulis, si la viuda no está en condiciones de definir los trozos de carne a repartir, ni menos de impartir órdenes en los subterráneos?

Resulta muy curioso recordar ahora, que en las más amplias “sensibilidades” del progresismo latinoamericano se solía poner énfasis en el presunto liderazgo y habilidades de la senadora, entronizada Presidenta. “Son un ave bicéfala” dijo un connotado cientista político K durante un seminario que analizaba sus perspectivas tras asumir en reemplazo de Néstor. Hoy, su rostro deja en claro sus dudas lacerantes. ¿Serán De Vido y Aníbal Fernández lo suficientemente astutos como para bajar a los sótanos y controlar a los carniceros?, ¿a quién se puede llevar de candidato a Vicepresidente?, ¿habrá un no peronista o un peronista outsider confiable?, pareciera preguntarse Cristina. Y desde la vereda de enfrente nace otra gran interrogante, ¿será posible prolongar un gobierno de corte vicario si el líder ya no existe?

Otro problema no menor que enfrenta el micro-entorno K se llama Daniel Scioli, ese gran maestro del arte de la sobrevivencia política. Dotado de esa extraña cualidad de estar en el lugar correcto y en el momento correcto, pero sin sobresalir en extremos que generen miedos o nerviosismos, Scioli ha ido ascendiendo en su carrera política desde que aquel viejo zorro de la política argentina, Carlos Menem, descubriera sus talentos. Ambos compartían la pasión por la motonáutica y por los momentos de las celebraciones, entre otras cosas. Luego Duhalde, y más tarde el propio Néstor, caerían embobados ante el embrujo de quien hoy es gobernador bonaerense. Desde ahí, como buen deportista, se ha concentrado en nuevos ejercicios de elongación y dominio del balón, que lo ha llevado a representar algo así como una renovación del espíritu K, que anida en el viejo peronismo pero capaz de entender inquietudes nuevas. Scioli prodiga con gestos de lealtad a la señora Presidenta, pero su política dura en contra de la delincuencia, su pragmatismo total, su posición tan clave a la hora de movilizar electoralmente, y su “ocurrente” invitación a Lula (políticamente ultra-correcta) para que en septiembre exponga sobre “el rol estratégico de la Provincia de Buenos Aires en el desarrollo argentino”, no han hecho más que ahondar un nerviosismo presidencial, que Scioli, como experto en marketing, pareciera tener calculado.

Por otro lado está Duhalde, que dominó los arrabales bonaerenses durante la época de Menem, y soñó más de una vez con sucederlo. El viejo caudillo peronista ha vuelto a la cancha para administrar sus saldos políticos (que no son pocos pese al tiempo transcurrido), que lo ha llevado a articular alianzas por fuera del justicialismo. Sus sueños de ahora no son tan ambiciosos y se limitan a desbarrancar a los K en una fórmula que le permita no seguir viendo los partidos desde la galería.

Otros focos de poder opositores están en De Narváez y en Macri, cuyo peso electoral real, sin embargo, se desconoce. Y por último, en los márgenes de la cancha, están los radicales, divididos tras tantos fracasos administrando el país, siendo De la Rúa la pesadilla más cercana, y buscando “acceder al balón” con dos figuras que, al no haber destacado ni en la ofensiva ni en el mediocampo, Alfonsín y Cobos, parecieran imposibilitados de ser protagonistas de lo que se avecina.

El panorama se ve difuso. Las encuestas así lo indican. El electorado se muestra fragmentado en tres partes iguales a la hora de pensar sobre quién votar: Cristina, un peronista disidente, un no peronista. Por lo tanto, no es menor el tema de cómo se arman los tickets, es decir quién va a Presidente y quién a Vicepresidente. Además, todo pareciera indicar una segunda vuelta.

¿Qué le conviene a América Latina? Difícil establecerlo a priori. Hay países que han tenido amargas experiencias con los K, como Chile y Uruguay, que felices verían cambios sustanciales. Otros, se sienten incómodos con los modales K, como Brasil, pero en el fondo les resulta indiferente lo que allí ocurra debido a sus compromisos de ligas mayores. Los ALBA seguirán apostando a fichas K, aunque en esta oportunidad tendrán más cuidado con sus ayudas. Hasta el día de hoy, el maletín chavista se transformó en un fantasma muy molesto para los destinatarios. Para mexicanos y centroamericanos, la elección argentina no es relevante, salvo que su resultado indique giros totales. Basta recordar que las aventuras K en la región fueron algo más que frustrantes, como el mandato brevísimo en Unasur, o bien bochornosas, como la asistencia a observar la “liberación” del niño Emanuel por las FARC, o intrascendentes, como su apoyo a Zelaya. Ni que hablar de la política hacia los países árabes o africanos. De los abrazos con Gadafi, las sonrisas con Mubarak, los brindis con Obiang. Un listado algo desagradable.

En suma, la posición internacional de la Argentina K es más bien negativa. Concluye a un paso de ser expulsada del G-20, fuera de los círculos del FMI y BM (denostados verbalmente, pero soñados tras bambalinas) y enclaustrada en formas políticas provincianas y obsoletas. Quien gane la elección presidencial deberá abordar estas cuestiones si o si. El punto es qué tanta importancia le atribuyen a tales situaciones. Para quienes mantienen el optimismo, se trata de desafíos inconmensurables, pues en los asuntos internacionales la confianza es un bien gigantesco y por ende digno de cautelar. No es un commodity. No se compra en San Telmo un domingo cualquiera.

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