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Obama y la bestia

por 24 marzo 2011

Obama y la bestia
La Bestia no tiene contornos muy definidos, no tiene oficinas ni una cabeza que la comande. Tampoco tiene reuniones de directorio o hace conferencias de prensa y menos escribe libros. La Bestia está formada por personas que ni siquiera saben que forman parte de ella, pero que los mutuos intereses y complicidades económicas, políticas y de toda clase unen en objetivos muy concretos.

A quienes gustan del cine, recordarán la película “Nixon”, de Oliver Stone. En ese film encontramos una escena simplemente notable. Se produce cuando un grupo de jóvenes protesta a las afueras de la Casa Blanca, pidiendo el fin de la guerra de Vietnam. En un momento, Nixon, a plena noche, se dirige a conversar con los estudiantes, pues cree poder explicarles que sí quiere terminar con la guerra en Vietnam. En medio de la conversación, una de las jóvenes manifestantes lo encara y le dice que él es el Presidente de los Estados Unidos y, por tanto, tiene el poder para hacerlo. “¿Qué espera?”, le pregunta.

Nixon intenta explicarle que no es tan sencillo, se pone nervioso, se produce un silencio siniestro, un momento dramático. La joven estudiante descubre que el presidente de los Estados Unidos no puede detener la guerra.

Rápidamente los asesores se llevan a Nixon del lugar. De regreso, todavía estremecido por el encuentro, Nixon le cuenta a sus asesores que esa joven ha descubierto lo que a él le tomó años aprender: la existencia de la “Bestia”.

¿Quién es esa Bestia? El cúmulo de alianzas, intereses y complicidades de ciertos sectores, que se alimenta y mantiene a costa de los ciudadanos y que, en el caso de la guerra de Vietnam, estaba conformado por las grandes empresas de armamentos e intereses económicos que se alimentaban de los fuertes gastos que la guerra implicaba.

¿Quién es esa Bestia? El cúmulo de alianzas, intereses y complicidades de ciertos sectores, que se alimenta y mantiene a costa de los ciudadanos y que, en el caso de la guerra de Vietnam, estaba conformado por las grandes empresas de armamentos e intereses económicos que se alimentaban de los fuertes gastos que la guerra implicaba.

La Bestia no tiene contornos muy definidos, no tiene oficinas ni una cabeza que la comande. Tampoco tiene reuniones de directorio o hace conferencias de prensa y menos escribe libros. La Bestia está formada por personas que ni siquiera saben que forman parte de ella, pero que los mutuos intereses y complicidades  económicas, políticas y de toda clase unen en objetivos muy concretos.

Esa es la nación y la democracia que gobierna el presidente Barack Obama, que -debo aclarar- no es peor que otras democracias (todas tienen su propia Bestia), sino por el contrario -siendo personalmente un admirador del pueblo norteamericano-, la democracia de los Estados Unidos es una de las mejores y más probadas de la historia moderna.

Es por lo anterior que un presidente como Barack Obama puede tener enormes méritos personales y electorales, pero eso no determina su éxito político como gobernante de la mayor potencia mundial.

Sus éxitos electorales son incuestionables. En las elecciones de 2008, el entonces candidato Barack Obama ganó nueve de los estados en donde George Bush había ganado el 2004 y fue capaz de mantener los 19 estados que habían ganado los demócratas con John Kerry el mismo 2004.

Entre los electores jóvenes (18-29 años), Obama obtuvo un impresionante 66% de los votos, frente a un magro 32% del candidato republicano.

Con 69 millones de votos, con lo que obtuvo un 52,9% de las preferencias, ha sido el presidente electo con el mayor número de sufragios en la historia de Estados Unidos (no así en porcentaje).

Sin embargo, el verdadero test del presidente Barack Obama es si podrá dominar y someter a la Bestia… y hasta el momento no lo está logrando.

En su reciente discurso en Chile para América Latina  -aunque los políticamente correctos dirán que fue sólido, esperanzador, iluminador, etc., etc., etc.– el presidente Obama no dijo absolutamente nada que hiciera una diferencia o que marcara un rumbo concreto. Se trató de un discurso lleno de lugares comunes y palabras de buena crianza, sin mayor contenido.

Al parecer, el presidente Barack Obama no realizará nada muy distinto con América Latina de lo que la Bestia determine. Sin embargo, todavía hay que darle el beneficio de la duda.

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