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La Legua, entre balas, sigue esperando

por 29 marzo 2011

La Legua, entre balas, sigue esperando
Desde la segunda mitad de los 90, hasta nuestros días La Legua ha sido el símbolo nacional del Chile delincuente, del Chile “flaite” que todos odiamos. Su gente cambia la dirección del currículum para tener la opción de encontrar una pega y en la televisión sólo se les menciona a propósito de hechos delictuales.

La advertencia del párroco de San Cayetano de la población La Legua, Gerard Ouisse, acerca de la violencia intolerable que se vive en ese sector de la capital da cuenta de que la promesa electoral de acabar con el miedo en las poblaciones está lejos de cumplirse.

Pero más allá de las consecuencias políticas que pueda tener el dramático llamado del sacerdote, es un hecho de que en La Legua han fallado todos. Se constata ahí una realidad que no parece tan opuesta a la que viven otros barrios en los que el narcotráfico, con su proliferación de balaceras y ajustes de cuenta, pasó a tener una presencia predominante en el paisaje.

A partir de la crisis económica de los años 80, se produce en la Región Metropolitana la consolidación de los bolsones de pobreza de la periferia, en una ciudad cada vez más segregada. Fue el origen también de una nueva delincuencia, alejada de los curiosos patrones “éticos” de los antiguos ladrones, que incluso no robaban en sus propios barrios y procuraban causar el menor daño posible.

Durante los 90, nunca hubo políticas que enfrentaran con eficacia la penetración de la pasta base y el surgimiento de un nuevo tipo de delincuente. A ello se unió la destrucción del tejido social, en parte por la sensación de derrota de la izquierda tradicional, en parte también porque las nuevas autoridades, que llegaron al poder en gran medida por un movimiento social en el que las poblaciones jugaron un rol clave, prefirieron seguir su camino lo más lejos posible de la participación ciudadana.

En medio del debate nacional acerca del delito, las soluciones casi siempre son más dureza. Pero cuando se detiene a los delincuentes en grandes éxitos policiales, quedan hijos que en cinco o seis años toman en lugar de sus padres ante la falta de oportunidades.

La Legua era una de las poblaciones que jugó un papel importante en la lucha contra la dictadura. Pero al parecer se creyó que una vez conquistado el derecho a voto se debían conformar con eso y disfrutar de la alegría. Pero no fue así.

Desde la segunda mitad de los 90, hasta nuestros días La Legua ha sido el símbolo nacional del Chile delincuente, del Chile “flaite” que todos odiamos. Su gente cambia la dirección del currículum para tener la opción de encontrar una pega y en la televisión sólo se les menciona a propósito de hechos delictuales.

Sin embargo, a cinco kilómetros del centro de Santiago (una legua) vive aún una comunidad de personas que no tienen un apellido vinoso que mostrar ni grandes títulos, pero que exige respeto y por sobre todo, su derecho de vivir en paz.

En medio del debate nacional acerca del delito, las soluciones casi siempre son más dureza. Pero cuando se detiene a los delincuentes en grandes éxitos policiales, quedan hijos que en cinco o seis años toman en lugar de sus padres ante la falta de oportunidades. Se consolida así una subcultura del delito, que se acrecienta cuando la opción es la cesantía o el empleo precario.

Entonces volvemos a la represión nuevamente o a las ceremonias con autoridades en que todo está en paz por una hora y luego se van los señores encorbatados y los policías y la gente debe seguir sobreviviendo entre balas.

Intervenciones policiales hay de vez en cuando, muchas de ellas exitosas y necesarias. Incluso, el nuevo sistema procesal penal, con una Fiscalía más vinculada a lo operativo, ha permitido desbaratar bandas. Pero mientras no exista una política que se haga cargo del desarrollo integral de estos barrios abandonados por el Chile de la OCDE, no parece que las posibilidades de mejorar la vida de la gente sean reales.

Es posible que en los próximos días las autoridades reaccionen ante la carta del párroco. Ojalá sea así, pero no se debe pensar que el camino es tan simple como llenar de policías y meter mucha gente presa. Algunos tendrán que ir a la cárcel y pagar sus culpas, pero para superar el drama de La Legua hace falta mucho más que eso.

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