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¿Por qué me molesta que me digan “mapuche”?

por 1 abril 2011

¿Por qué me molesta que me digan “mapuche”?
Chile, estimado Presidente, es un país racista. Es cierto que nuestra relativa homogeneidad racial tiende a esconderlo. Nos sale más fácil decir que somos un país clasista. Pero el hecho que los grupos racialmente discriminados se ubiquen además en los estratos sociales más bajos, no borra necesariamente la distinción.

Durante 14 años asistí a un colegio que suele mencionarse entre los semilleros de la elite chilena. Era parte de una minoría morena en un recinto de mayoría blanca. También era, comparativamente hablando, un alumno de baja estatura. No haber sido particularmente dotado para los deportes, haber usado anteojos desde 5° básico en adelante y haber exhibido un tierno “mostacho” antes de haber pasado derechamente a ser el compañero peludo, no fueron exactamente características que beneficiaran mi vida social en ese entonces. Aunque recuerdo algunos ingratos episodios, con el tiempo desarrollé herramientas de sobrevivencia y logré relacionarme de buena forma con mi entorno. Al egresar, ya estaba más que satisfecho con mi nivel de pertenencia al grupo. Pero no he olvidado el epíteto que en ese tiempo bastaba para irritarme: “mapuche”.

Pero ¿por qué me molestaba tanto que me dijeran “mapuche”? Aunque mis compañeros insistían en que lo decían con cariño -y yo les creo-, el contexto humorístico no borraba la carga peyorativa del sobrenombre. De toda la gama de calificativos posibles, nadie quería ser el indio, el negro, el peruano. Caer en una de esas categorías significaba cargar con el estigma que todos esos grupos comparten: la “inferioridad” respecto del resto. No era una cuestión de reírse de la diferencia en sí misma (decirle “rucio” al compañero sueco de dos metros no parecía especialmente ofensivo), sino de establecer una sutil estratificación racial.

Partamos por decir, fuerte y claro, que Latinoamérica tiene una enorme cicatriz que llega hasta suelo chileno y que no admite eufemismos. ¿O no le habría molestado al Presidente –que asistió al mismo colegio que yo- que en sus años escolares le dijeran “mapuche”?

¿Adónde voy con este testimonio? Al discurso que el Presidente Piñera pronunció frente Barack Obama durante la visita de este último a nuestro país. Una frase en particular se llevó mi atención: “en nuestro continente no existen divisiones raciales”. Así, como si nada, Piñera negó una de las características más persistentes de la identidad latinoamericana. Como no me cabe en la cabeza que un tipo cultivado como él haya querido sostener seriamente semejante barbaridad, no puedo sino preguntarme ¿Qué habrá querido decir Piñera?

La primera alternativa es que para el Presidente un conflicto social sólo adquiera ribetes racistas en casos extremos como los del apartheid sudafricano. Pero esta es una interpretación demasiado estrecha. Los negros, mulatos, zambos y mestizos que habitan nuestro continente siguen siendo segregados territorialmente en las ciudades, marginados a la pobreza en la mayoría de los casos, socialmente aislados por las elites, y sin posibilidades reales de influir en la toma de decisiones públicas donde siguen prevaleciendo los descendientes de europeos. La situación de los pueblos originarios no es mejor. Con un agravante: las veces que logran integrarse a la cultura hegemónica deben hacerlo a costa de sus propias identidades. ¿Cree sinceramente el Presidente que los indígenas que habitan Chile no sufren de discriminación por causa de su proveniencia ética? Sería bueno que le preguntara a los miles de ciudadanos que en los últimos años se han cambiado sus apellidos mapuches para evitar la burla y el rechazo.

La segunda alternativa es que Piñera haya jugado la estrategia de deslumbrar al invitado. Mostrar la cara más amable de la región para transmitir una imagen de armonía social que tiente a nuevos inversionistas norteamericanos. Razonable. A fin de cuentas no nos estamos matando con machetes como los Hutus y los Tutsis lo hicieron en Ruanda. Pero creo que equivoca el rol. El liderazgo no se ejerce evadiendo los problemas. Aceptarlos es el primer paso para solucionarlos. La obsesión piñerística con la chilean way puede terminar en la ilusión de creernos mucho mejor de lo que somos, evitando de esa manera el verdadero progreso.

Chile, estimado Presidente, es un país racista. Es cierto que nuestra relativa homogeneidad racial tiende a esconderlo. Nos sale más fácil decir que somos un país clasista. Pero el hecho que los grupos racialmente discriminados se ubiquen además en los estratos sociales más bajos, no borra necesariamente la distinción. Habría que ver qué ocurre con nuestros prejuicios si en el futuro se hace realidad la mítica parodia de Plan Z y nos encontremos repletos de “Mapuches Millonarios”.

Pero ese futuro no se ve ni de lejos. La misma elite que cayó rendida ante los pies del meritocrático mulato Obama y su esposa descendiente de esclavos, contribuye a perpetuar las dinámicas de exclusión en base a la raza y la clase social. Antes de atacar ese problema, sin embargo, deberíamos partir por hacer retroceder la hipocresía. Partamos por decir, fuerte y claro, que Latinoamérica tiene una enorme cicatriz que llega hasta suelo chileno y que no admite eufemismos. ¿O no le habría molestado al Presidente –que asistió al mismo colegio que yo- que en sus años escolares le dijeran “mapuche”?

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