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Libertad de conciencia en el parlamento: la letra chica

por 1 abril 2011

Si en su oportunidad el Presidente Piñera optó por dicha libertad de conciencia ¿por qué ahora sus seguidores no podrían hacerlo también? Son precisamente este tipo de conductas -asociadas en el imaginario colectivo con la idea de la famosa letra chica- las que han ido socavando atributos presidenciales como "genera confianza" o "es creíble".

Dentro de la práctica parlamentaria la disciplina del voto constituye uno de sus aspectos más relevantes. En Chile al igual que en muchos países esta obligación ha sido fuente permanente de discusión entre las directivas de partidos y sus respectivas bancadas. Esta tensión se expresa en dos posiciones: i) la que plantea que los parlamentarios en virtud de un principio de reciprocidad deben votar de acuerdo con los intereses que el partido representa y, ii) aquella que descansa en el principio de la representación, que supone que los legisladores se deben a sus electores debiendo alinear sus decisiones a los intereses de estos y por extensión a los del conjunto de la nación sin que medie ningún tipo de coacción.

Este último fue un caro principio que el propio Presidente Sebastián Piñera en su paso por el Senado defendió en forma intransable. En dos episodios —disolución de Colonia Dignidad y destitución de Hernán Cereceda a comienzos de los 90— y ante la crítica de las directivas de la UDI y RN por no acatar la disciplina partidaria invoco la esencial del mandato representativo cual es que los parlamentarios deben recibir sólo instrucciones de su propia conciencia.

Si en su oportunidad el Presidente Piñera optó por dicha libertad de conciencia ¿por qué ahora sus seguidores no podrían hacerlo también? Son precisamente este tipo de conductas -asociadas en el imaginario colectivo con la idea de la famosa letra chica- las que han ido socavando atributos presidenciales como "genera confianza" o "es creíble".

La última reforma constitucional dejo incólume la autodeterminación de los parlamentarios frente a las órdenes, de modo que los depositarios de la soberanía popular siguen siendo ellos, y no la colectividad. Las autoridades de esta última deben tener en cuenta que pueden ser sancionadas por el solo hecho de impartir órdenes o instrucciones prohibidas por la ley orgánica constitucional. Sin embargo, varias de las gestiones atribuidas al Presidente en los últimas días —y hasta ahora no desmentidas por él o su entorno— en relación con la solicitud de alineamiento de los parlamentarios oficialistas para que rechacen la acusación en marcha en contra de la intendenta Jacqueline van Rysselberghe parecen contradecir en los hechos nuevamente sus opiniones y actos anteriores sobre un tema tan delicado como una acusación constitucional donde la libertad de los acusadores y jueces es esencial para el ejercicio de instituciones democráticas.

Un mínimo necesario de coherencia y consecuencia aconsejaría que el Presidente de la República dejara en libertad de acción a los parlamentarios de la coalición gobernante para que en conciencia decidan si la intendenta ha tenido una conducta reñida con la ética política o ha faltado a la verdad en su gestión en el caso de la oferta de subsidios de reconstrucción de viviendas a pobladores de la región del Bío Bío. Si en su oportunidad el Presidente Piñera optó por dicha libertad de conciencia ¿por qué ahora sus seguidores no podrían hacerlo también? Son precisamente este tipo de conductas -asociadas en el imaginario colectivo con la idea de la famosa letra chica- las que han ido socavando atributos presidenciales como “genera confianza” o “es creíble”, tan fundamentales para la prestigio de una institución como la Presidencia de la República.

A la base de esta discusión está también la necesaria reflexión acerca de si las votaciones masivas por partido o por orden de partido permiten resolver dos preguntas clave: ¿Dónde está el bien común y la responsabilidad personal? ¿Dónde está la democracia? El rol de los parlamentarios se vuelve aquí un tema crítico para el proceso de profundización de la democracia y para no restarle credibilidad a nuestras instituciones.

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