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Mi banco, mi enemigo

por 1 abril 2011

Un primo que entiende de estas cosas me explicó que ellos –por “ellos” entiéndase esa gente que se benefició durante cinco años de mi ingenuidad– calculan que sólo un bajo porcentaje de afectados alega y que aún son menos los que llegan a meter un juicio. Y por lo mismo perder esos juicios no es un problema, es parte del cálculo: un pedazo menos de la torta, nada más.

¿Por qué uno se pone relativamente feliz cuando se entera que una empresa como Paris fue condenada por infringir la ley del consumidor, tal como se informó el viernes pasado? Probablemente porque rememoramos la mítica escena en que David le asestó su olímpico piedrazo a Goliat.

He conversado sobre esto con quienes me rodean y todos dicen sentirse arrinconados. “Me distraigo un segundo y mi isapre me da un buen golpe”. Pareciera que para muchas empresas el único interés legítimo es el de sus dueños. ¿Y qué pasa con los clientes?

Hace unos meses comprobé que mi banco en el fondo era mi enemigo. Los últimos cinco años me aumentaba la línea de crédito pese a que yo no lo necesitaba. Cierto día me llegó una carta informándome de esto: yo podía oponerme al aumento –no faltaba más–, pero el plazo para hacerlo lamentablemente ya había terminado. Como sea, leí la carta entera y abajo, como quien no quiere la cosa, se me decía que debía pagar un seguro de desgravamen.

Un primo que entiende de estas cosas me explicó que ellos –por “ellos” entiéndase esa gente que se benefició durante cinco años de mi ingenuidad– calculan que sólo un bajo porcentaje de afectados alega y que aún son menos los que llegan a meter un juicio. Y por lo mismo perder esos juicios no es un problema, es parte del cálculo: un pedazo menos de la torta, nada más.

Sin entender muy bien qué estaba pasando (los últimos cinco años), llamé a mi ejecutivo de cuenta. Él me explicó que todas las líneas de crédito se subían “por sistema”. Le repliqué que ese software podía saber perfectamente si uno necesitaba o no tal aumento. No me contestó, pero me agregó que las ganancias no se las llevaba el banco, sino la compañía de seguros. Casi me caí de la silla. ¡Al parecer mi ejecutivo no sabía que el dueño del banco también es el dueño de la compañía de seguros que se estaba llevando el botín!

Fue obviamente un embrollo hacer que me reversaran todo lo que me habían quitado. A mucha gente le da lata hacerlo; quizás esto explica las altas utilidades de innumerables empresas de servicios. Un primo que entiende de estas cosas me explicó que ellos –por “ellos” entiéndase esa gente que se benefició durante cinco años de mi ingenuidad– calculan que sólo un bajo porcentaje de afectados alega y que aun son menos los que llegan a meter un juicio. Y por lo mismo perder esos juicios no es un problema, es parte del cálculo: un pedazo menos de la torta, nada más. Uno esperaría legítimamente que aquella empresa de la que uno es cliente (“nuestra misión es su satisfacción”) actúe de buena fe.

Otro caso parecido, igualmente frustrante. Una amiga me contaba que junto a su casa están levantando un edificio. El horario de trabajo fijado por esa municipalidad es de 09:00 a 19:00 hrs. Pero la constructora empieza a eso de las 08:00 y termina a las 20:00 hrs. Ella, por supuesto, denuncia prácticamente todos los días el hecho ante la autoridad. Llega el inspector y le pasa el parte; la constructora de hecho lo paga. Y así cada vez. ¿La razón? Al igual que el caso de mi banco/aseguradora, le sale más barato pagar las multas que acortar el horario de trabajo. El caso es paradójico: la constructora actúa legalmente al pagar las multas; nadie podría achacarles que se están moviendo fuera de la ley. El punto es que esta ofrece varios caminos, algunos más rentables que otros.

¿Existen las multas que suben exponencialmente ante faltas reiteradas? Considérese la posibilidad.

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