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Lo que Obama no pudo decir

por 3 abril 2011

También depende de nuestra región (de nosotros mismos) llegar con un mensaje que tenga resonancia e impacto en los círculos de poder en Washington. Y esto se logra a partir de la capacidad de concertar políticas comunes, cosa que nuestros países no siempre han sabido hacer.

La gira del Presidente Obama por América Latina, y el discurso que sobre la región pronunció durante su estadía en nuestro país,  decepcionó (por diversas razones) a una buena parte de la audiencia informada que siguió su viaje por nuestro continente.

En el discurso por ejemplo, no hubo anuncios significativos, no obstante que se conmemoraban los 50 años desde que el Presidente Kennedy impulsó la “Alianza para el Progreso” en América Latina. Frases más, o menos, el discurso fue una reiteración de lo que ya había señalado durante su primer encuentro colectivo con líderes de la región, en la Cumbre de Trinidad y Tobago en el 2009. Como dijo el Secretario General de la OEA a periodistas (al terminar Obama su discurso en Santiago), “ya está todo dicho, lo que hay que hacer es implementar en el próximo tiempo” los enunciados y políticas ya acordadas.

También depende de nuestra región (de nosotros mismos) llegar con un mensaje que tenga resonancia e impacto en los círculos de poder en Washington. Y esto se logra a partir de la capacidad de concertar políticas comunes, cosa que nuestros países no siempre han sabido hacer.

Ahora, no se trata de quitar valor a un discurso, que tiene un marcado y positivo contraste respecto de muchas políticas que Estados Unidos impulsó en el pasado en nuestra región. Pero sin embargo, había una expectativa en el continente de que se abordaran asuntos que son de interés prioritario, y que hubiesen anuncios concretos en relación a estos temas, y ello no sucedió en esta gira. Cuáles son algunos de estos temas que interesan a sectores diversos de nuestra región: por ejemplo, una reforma inmigratoria que regularice la situación de millones de latinos ilegales en Estados Unidos; una política más audaz que conduzca a terminar con el embargo económico a Cuba (aunque por razones distintas, pues algunos lo ven como injusto e ilegal, pero otros creen que éste facilita la continuidad del actual régimen); haber dado un apoyo “explícito” a las aspiraciones de Brasil a un cargo permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU; materializar a la brevedad los acuerdos de libre comercio con Colombia y Panamá; políticas más eficaces y comúnmente concordadas para que Estados Unidos asuma su co-responsabilidad en el combate al narcotráfico y crimen organizado; y mejorar el diálogo político y la cooperación con miras a fortalecer una democracia, aún precaria, en muchos países de América Latina.

Pero la verdad es que en estos y otros temas, hubo poco de nuevo en la reciente gira. Se trató más bien este viaje, de cumplir con un compromiso anunciado hace ya tiempo, pero sobretodo, de un gesto “simbólico” (y en la diplomacia los símbolos sí importan) para reiterar la voluntad de la actual administración de buscar puntos de acuerdo, y trabajar colectivamente en aquellos temas que son relevantes y de interés común (no deja de ser significativo que Obama no suspendió su gira a pesar de que se iniciaban los ataques a Libia). El problema con Obama y su administración, es uno que algunos críticos de la región (y en nuestro país) no entienden: se trata de un Presidente, en esto momentos, políticamente muy debilitado, con muy poco margen de maniobra para sacar adelante proyectos que le interesan a nuestra región, agobiado por múltiples desafíos internacionales (Afganistán, Irak, Medio Oriente, Corea del Norte, el desafío chino, etc.) y con una oposición conservadora que no le ha dado tregua alguna desde que asumió en el 2009 (la campaña de los medios conservadores es feroz, al punto de difundir mentiras como que Obama es en realidad un musulmán encubierto).

En este contexto, y en un período donde ya comienzan los preparativos para las elecciones del 2012, Obama puede tener simpatía, y aún concordar que la resolución de algunos de los temas ya mencionados es beneficioso para ambas partes, pero no tiene ahora la capacidad política para implementar acuerdos que hagan posible esto (con un Congreso, medios de comunicación, y poderosos grupos de interés, adversos). Si este es el caso, habrá entonces que ser más “pro-activos” desde la región, para sobreponerse a las limitaciones impuestas por los otros poderes y agencias que en Estados Unidos tienen una incidencia importante en las definiciones políticas y comerciales hacia América Latina. Hoy hay un “inquilino” en la Casa Blanca con el cuál se puede trabajar, que tiene un nuevo discurso hacia la región, pero que además, por su propia historia política y personal (afroamericano, de padres separados, ajeno a las elites tradicionales, y de ideas liberales en una sociedad fuertemente conservadora), lo hace uno de los personajes más “progresistas” que ha tenido este país. Pero también depende de nuestra región (de nosotros mismos) llegar con un mensaje que tenga resonancia e impacto en los círculos de poder en Washington. Y esto se logra a partir de la capacidad de concertar políticas comunes, cosa que nuestros países no siempre han sabido hacer.

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