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Lo que aprende la Iglesia con el caso Karadima

por 4 abril 2011

Lo que aprende la Iglesia con el caso Karadima
La Iglesia tiene una deuda con los medios. Ella debe reconocer el rol decisivo de periodistas, críticos y creadores de opinión en el caso de los abusos del P. Karadima. La Iglesia probablemente no lo habría sancionado si los medios de comunicación no hubieran hecho su trabajo. El asunto habría sido atascado para que no llegara al Vaticano. Casi se lo logra.

Los abusos sexuales, psicológicos y espirituales por miembros del clero en Chile y otros países, han estremecido a la Iglesia Católica. Los católicos tendremos que abordar esta grave crisis con máxima responsabilidad. Habremos de evaluar muchas cosas. Monseños Ezzati nos ha pedido “revisar estilos de acogida y acompañamiento, de liderazgo y autoridad”.

En este momento con justa razón arrecian las críticas a la jerarquía y a los sacerdotes por parejo. Críticas a veces destempladas, incluso desalmadas, pero útiles para despertar a quienes esperan que todo vuelva a la calma. ¿Cómo es posible no ser remecido por las declaraciones de James Hamilton o Juan Carlos Cruz al juez Armendáriz? ¿Cómo no conmoverse e indignarse?

Pienso, por lo mismo, que la inquietud debe continuar. No es tiempo para calmas. La única manera de que la Iglesia institucional no vuelva a cometer las faltas y delitos que se le enrostran, es que “muerda el polvo” de su miseria.

El caso del P. Karadima es especialmente grave. Un abuso sexual contra un niño o un adolescente es un crimen. Cuando el abusador es un sacerdote, el crimen es atroz. Cuando el abusador es un sacerdote que se ha erigido en formador de la conciencia de las personas, la gravedad del crimen llega al tope de lo posible. Sería un error, sin embargo, concentrar las culpas en Karadima, demonizarlo, decir: “el líder era malo, pero hizo tanto bien”. No es poco que la Santa Sede haya declarado inaceptables sus actos. Pero la matriz que ha facilitado este caso está intacta y habría que desmontarla. A saber, las relaciones infantiles e infantilizantes entre los laicos y el clero, y del clero entre sí.

Comparto algunas conclusiones a este propósito:

1.- El Evangelio es para los desamparados. Si no es para ellos, no es para nadie. Es cosa de atender a las bienaventuranzas de Jesús. La Iglesia institucional debiera oír siempre el reclamo de los abusados como si fuera esta su primera responsabilidad. Ella se debe a las personas, en especial a quienes no tienen influencias y son inermes. Lo mínimo que se puede pedir de las autoridades eclesiásticas es que observen el derecho canónico. Pero lo mínimo no basta. El Evangelio de Jesús se comprende cuando la Iglesia “se la juega” por quienes corren el riesgo de ser tratados de culpables siendo inocentes. Ella tiene como paradigma al hombre que incluyó a los excluidos, sacó la cara por las víctimas y el mismo fue víctima de una sociedad y de una religiosidad piramidal.

No es poco que la Santa Sede haya declarado inaceptables sus actos. Pero la matriz que ha facilitado este caso está intacta y habría que desmontarla. A saber, las relaciones infantiles e infantilizantes entre los laicos y el clero, y del clero entre sí.

2.- Toda institución que asume la responsabilidad en la formación espiritual y psicológica de personas está obligada a considerar el peligro de la manipulación de las conciencias o de las dependencias malsanas establecidas por sus representantes. Son riesgos que la Iglesia tendrá que seguir corriendo porque su misión es acoger, escuchar, acompañar, aconsejar y animar a cualquiera que se acerque a sus ministros o encargados. Sin embargo, lo que hemos visto este tiempo es espeluznante ya que ha habido sacerdotes que han hecho exactamente lo contrario. Maciel y Karadima se han servido del sacramento de la confesión y de la dirección espiritual para apoderarse y aprovecharse de la libertad de personas que buscaron en ellas a un maestro en la fe, y fueron engañadas. Se las atrapó en su inocencia y se las mantuvo en una piedad infantil. Este catolicismo no tiene futuro. En verdad nunca ha debido tenerlo. Lo único auténticamente cristiano ha sido siempre hallar en un ayudante espiritual alguien que acompañe el proceso de convertirnos en personas autónomas, capaces de descubrir por nosotros mismos qué nos pide Dios en la vida y de decidir en conciencia.

3.- Los católicos, laicos y sacerdotes, hemos de convencernos que si algún aporte podremos hacer al país lo haremos en cuanto adultos en la fe. Es así obligatorio que la Iglesia forme ciudadanos libres, responsables del bien común, capaces de indignarse contra la injusticia y de buscar la reconciliación social. Ha de formar, como condición de esto mismo, sacerdotes adultos. Para laicos adultos, se necesitan sacerdotes adultos. ¿Será posible? Ciertos católicos se han alzado públicamente por el desempeño de la jerarquía. Algunos incluso se han sublevado. Sus descargos, también su furia, merecen respeto porque equivalen a los corcoveos de los adolescentes por no ser tratados como párvulos. Las autoridades de la Iglesia recuperarán su autoridad si el Pueblo de Dios se las reconoce. Difícilmente bastará la investidura sacramental. En lo inmediato debe quedar atrás el espíritu pre-conciliar que ha conducido a la involución eclesial acerca de la concepción del sacerdocio. El Concilio Vaticano II mandó subordinar el ministerio sacerdotal a la actualización del sacerdocio de todos los bautizados. El conservadurismo católico, sin embargo, ha re-sacralizado al clero.

4. La Iglesia tiene una deuda con los medios. Ella debe reconocer el rol decisivo de periodistas, críticos y creadores de opinión en el caso de los abusos del P. Karadima. La Iglesia probablemente no lo habría sancionado si los medios de comunicación no hubieran hecho su trabajo. El asunto habría sido atascado para que no llegara al Vaticano. Casi se lo logra. De no haberse hecho una indagación y comunicación periodísticas, las poderosas redes de protección habrían predominado sobre las investigaciones civiles y eclesiásticas. Una Iglesia de adultos tendrá que entrar de lleno en el ruedo de la crítica y de la argumentación que los medios ofrecen para la elaboración pluralista de la verdad.

¿Seremos los católicos capaces de volver a la discusión pública con alguna autoridad? ¿Seremos los sacerdotes capaces de sacudirnos el autoritarismo? ¿El clericalismo? No lo vamos a conseguir si entre nosotros seguimos tratándonos como niños. En este caso, la prevención del abuso de menores no habrá removido un obstáculo decisivo.

¿Surgirá un nuevo modo de ser Iglesia? No sé. Lo espero. Me da esperanza el llamado de Monseñor Ezzati a dialogar abiertamente sobre esta crisis “a fin de que los fieles tomen mayor conciencia de sus derechos y deberes”.

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