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Editorial

La soledad del Presidente

por 6 abril 2011

La soledad del Presidente
Sebastián Piñera no tiene experiencia verdadera en la gestión de partidos políticos. Menos en el ambiente de fronda que domina el imaginario de la derecha, ni en los zurcidos invisibles que anudan los viejos vínculos con la dictadura militar. Es un empresario, corredor libre en política, al que le gusta y sabe leer las oportunidades en ella, pero no sabe cómo se gestiona en el día a día.

Para ganar una guerra, dice Clausewitz, “se requiere información, cálculo e inteligencia”. No queda claro cuál de los dos primeros requisitos no cumplió Sebastián Piñera para enfrentar adecuadamente el caso Van Rysselberghe. Tampoco si tuvo la noción que se encontraba en medio de un conflicto encarnizado entre la UDI y RN. Lo que si queda claro es que concluido el capítulo principal de la saga, el desorden político de su coalición lo deja más solo y golpeado en el ejercicio de su presidencia.

Sebastián Piñera no tiene experiencia verdadera en la gestión de partidos políticos. Menos en el ambiente de fronda que domina el imaginario de la derecha, ni en los zurcidos invisibles que anudan los viejos vínculos con la dictadura militar. Es un empresario, corredor libre en política, al que le gusta y sabe leer las oportunidades en ella, pero no sabe cómo se gestiona en el día a día.

Piñera y Michelle Bachelet son gemelos en política. Ambos lograron romper el estrecho círculo consociativo de la política nacional de la transición, llamada democracia de los acuerdos. Ellos doblegaron la costumbre política de cooptación practicada por las elites en la izquierda y la derecha, obligando a sus dirigentes por la fuerza de las circunstancias a apoyarlos.

Una diferencia sustancial entre ambos es que Bachelet pertenecía a una fracción leninista del Partido Socialista altamente cohesionada, con fuerza orgánica partidaria y un operador político de hierro como Camilo Escalona. Sebastián Piñera, en cambio, no tuvo ni tiene nada de eso en su sector. Solo amigos en las frondas partidarias de su coalición, y la fuerza organizativa de su poder empresarial. Por ello es más bien un solitario.

Michelle Bachelet rompió el claustro oligárquico de su partido y la tendencia de la Concertación de continuar, luego de tres gobiernos de “históricos”, con un tapado como José Miguel Insulza.  Sebastián Piñera corrió una larga carrera por fuera, con humillaciones que incluyeron la bajada  de una elección senatorial, para finalmente vencer a Joaquín Lavín y remontar los vetos gremiales, antes de ser Presidente. Ambos fueron duros y visionarios.

Pero una diferencia sustancial entre ambos es que Bachelet pertenecía a una fracción leninista del Partido Socialista altamente cohesionada, con fuerza orgánica partidaria y un operador político de hierro como Camilo Escalona. Sebastián Piñera, en cambio, no tuvo ni tiene nada de eso en su sector. Solo amigos en las frondas partidarias de su coalición, y la fuerza organizativa de su poder empresarial. Por ello es más bien un solitario.

Luego del affaire Van Rysselberghe, la tríada superior en la política de la Alianza por Chile, esto es, el Presidente y los partidos de gobierno, quedó tambaleante pues no es un sistema articulado sino un universo en conflicto. Tampoco nunca antes, desde el primer gabinete ministerial sobre todo, fue algo muy sólido.

El problema parece ser que no existe acuerdo sobre cual es el principio político que pueda sustentar la disciplina. La adhesión al gobierno no parece encender ningún fervor doctrinario en la derecha, menos aún si un grupo de oposición concertacionista, liderado por el ex ministro de Hacienda Andrés Velasco, le anda pidiendo disciplina fiscal. Es el mundo al revés.

En los gobiernos de la Concertación fue el control del Estado y su aparato administrativo, lo que le otorgó al gobernante de turno un mecanismo para disciplinar con premios y castigos a sus huestes. Usado de manera indiscriminada por el gobierno de Bachelet, terminó en desafecciones que hoy explican parte de su derrota electoral. En el gobierno de Sebastián Piñera, el Estado parece más un accesorio personal  que interesa como base de poder a los caudillos, antes que un interés público real.

Ello explica la carencia de cuadros técnicos de alta calidad, capaces de ser convocados e imantados desde lo privado al Estado, sobre todo en los niveles ejecutivos intermedios. Y también la persistencia de personalidades caudillescas y conflictivas en la Alianza que se interesan en lo público por pasión personal y no por el proyecto colectivo.

De ahí que no sean extraños ni los conflictos, ni que en servicios y  empresas públicas, como Correos, Ferrocarriles del Estado o empresas portuarias, sigan con los mismos ejecutivos que tenía la Concertación, independientemente de su calidad y pertenencia política.

Cohesionar el mundo político aliancista ha sido prácticamente un problema insuperable para La Moneda, la que no acaba de convencerse de que el poder no se transmite con la banda presidencial, sino que se construye y se lucha diariamente para administrarlo y conservarlo.

En esta brega el Presidente no tiene aliados. A  un costado tiene a  Carlos Larraín, presidente de RN, quien ha demostrado una dureza e independencia sorprendentes frente al gobierno tratándose de un partidario del mismo. Quienes le conocen piensan que pareciera querer cobrarse en la administración Piñera, todas las deudas pendientes que tiene con la UDI desde que era el concejal díscolo en la alcaldía de Joaquín Lavín en Las Condes en los años 90.

Al otro lado está la UDI, la principal damnificada en su orden interno con el caso Van Rysselberghe. Ella se siente postergada injustamente en su representación dentro del gobierno de Piñera, tomando en cuenta su fuerza parlamentaria y su convicción de ser el partido con mayor vocación pública y doctrina de Estado dentro de la Alianza.

Sin embargo parece que eligió muy mal el caso para reclamarle reconocimiento y hacer valer su peso en la coalición.

La intendenta del Bío Bío es un caudillo político difícil también para el gremialismo, que con sus actuaciones  terminó fracturando parte importante de la cohesión interna de sus líderes históricos.

En el raspado de la olla del orden gremialista, emerge, una vez más, Pablo Longueira. Pero su sintonía con La Moneda es algo gruesa, de muy pocos matices, y pone del lado del Presidente una cuota importante de tensión y controversia en perspectiva.

Así las cosas, es posible que la necesidad de rearmar confianzas y compromisos que permitan normalidad de base en el ejercicio gubernamental, obligue al Presidente a una espiral de silencio para evitar que todo termine rebotando en su imagen. Porque para hacer una gestión activa, se requiere  talento político, sensibilidad, capacidad de decisión y sangre fría, cualidades que hoy por hoy no abundan en el Palacio de Toesca.

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