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Mal estacionado

por 6 abril 2011

Mal estacionado
La foto de la Adimark de marzo no es que sea mala. Es que es un poco triste. Todo indica que el Presidente Piñera no será mucho más que el Presidente de la alternancia (o el Presidente paréntesis). Así no sirve de mucho estar estacionado.

A propósito de los resultados de la encuesta Adimark entregada ayer, que mantiene para el mes de marzo el 49% de rechazo y el 42% de aprobación marcados en el mes de febrero, se ha dicho que el gobierno se encuentra estacionado. Yo creo que está mal estacionado.

Porque no es bueno estacionarse con la mitad del país sin aprobar al gobierno; menos cuando vienen las inclemencias políticas del invierno. Y menos bueno es para un gobierno que no exhibe mayor promesa. Que provoca incomodidad y decepción evidente entre sus propios técnicos y partidarios. Que no se sabe a ciencia cierta cuál es su motivo central. Y que no tiene una política pública de envergadura que pudiera hacer de buque insignia de algún relato.

Hasta ahora, el único legado concreto del Presidente Piñera es el sándwich de salmón y rúcula que lleva su nombre.

Las perspectivas indican que puede ser éste un duro invierno, con alza en el transporte, alto coste de la energía, inflación superior al 4% y amenaza cierta de racionamiento eléctrico. A eso hay que sumarle más de alguna movilización, porque hay que reconocer que las organizaciones sociales han estado muy tranquilas hasta ahora. Las cifras de crecimiento están bien, aunque el alza de los precios puede terminar comiéndose ese aplauso. En todo caso, hasta los economistas de derecha se preguntan, ¿cuánto de mérito del gobierno hay detrás de esas cifras, si es que no se ha aprobado ninguna reforma pro crecimiento en el último año?

Aunque ha sido el propio gobierno el que voluntariamente hizo de la evaluación mensual de popularidad su propia métrica, todos sabemos que los gobiernos son maratones y no 10k. El problema no es la popularidad en la maratón. El problema es que este gobierno parece no tener clara la meta.

Las cifras de la Adimark indican algunos otros problemas. Por ejemplo, estancamiento en casi todos los atributos presidenciales, con nota de emergencia en los indicadores de Credibilidad y Confianza, ambos inferiores al 50%. Caída persistente y significativa en la aprobación entre los segmentos de 18-24 años y 25-35; estancamiento o alza no significativa en el segmento 36-55; y alza, es cierto, en los mayores de 56. ¿Pero dónde se jugará la próxima presidencial si es que se aprueba la reglamentación de la inscripción automática? Y salvo Relaciones Internacionales (gira y visita de Obama mediante), Educación (mérito de Lavín) y Salud (vaya a saber uno por qué tiene un alza dentro de la mala evaluación), comportamiento mediocre en la aprobación de todas las demás áreas de gobierno, con nota de alarma en Transantiago.

Aunque ha sido el propio gobierno el que voluntariamente hizo de la evaluación mensual de popularidad su propia métrica, todos sabemos que los gobiernos son maratones y no 10k. El problema no es la popularidad en la maratón. El problema es que este gobierno parece no tener clara la meta. Avanzado el segundo año de gestión, no se aprecian políticas públicas de envergadura que puedan marcar como legado indeleble de la gestión.

No se ve nada similar a la revolución de las concesiones de obras públicas y la infraestructura. No se aprecian políticas públicas de la talla de la Reforma Procesal Penal, o la reforma a la Justicia de Familia o la Judicatura Laboral. No se ven modernizaciones al Estado que involucren cambiar prácticas centenarias, o crear una institucionalidad completa, como fueron el Sistema de Compras Públicas, o la Alta Dirección y el Servicio Civil, o el Consejo de la Transparencia y la Ley de Acceso a la Información. Eso sólo por nombrar algunas políticas.

Ni siquiera se ven programas simbólicos de impacto y recordación, como fueron los estadios Bicentenario. Ni un museo por ahí, ningún centro cultural, ninguna intervención urbana que quede como marca para siempre. Hasta la promesa del Mapocho navegable ha quedado reducida a una extensión del Parque de los Reyes.

En lo social, el gobierno ha dicho que las cuatro reformas sociales recientemente anunciadas (post natal, 7%, bono ético familiar y bono bodas de oro) serán el sello de su gestión. Más allá del mérito de las mismas –cuestionado por algunos- lo cierto es que se trata de políticas que no se acercan a la envergadura en recursos, complejidad y diseño institucional de reformas como el Plan Auge, el Seguro de Cesantía y la Reforma Previsional. Lo que hicieron estas reformas, en el fondo, fue cambiar la óptica puramente individualista de la política de seguridad social heredada del gobierno militar, y avanzar hacia un sistema de derechos universales y financiamiento solidario.

Nadie dice que los gobiernos de la Concertación hayan sido perfectos. Por cada reforma aquí mencionada, los críticos podrán nombrar tres que quedaron por hacer. Pero hay que reconocer que todas éstas –y muchas más- fueron avances para el país y que demandaron diseños, equipos, voluntad política y ansias de transformar. Nada de eso se ve en el actual gobierno. No se ven reformas estructurales. Se esperaba mucho más en materias que, se pensaba, serían propias de la excelencia en la gestión, especialmente en modernización del Estado, o en materia de crecimiento, tecnología, innovación, entre otras. El despido de Van Rysselberghe ha terminado por dar evidencia a la reconstrucción mal hecha.

Incluso uno discrepando de las políticas que por años proponían los Larroulet, las Matthei, o los Libertad y Desarrollo de este mundo cuando eran oposición, ni siquiera esa agenda de reformas está siendo colocada adelante. Durante años, el Ministro de Hacienda Felipe Larraín llenó páginas y páginas en diarios y revistas criticando la falta de audacia de las administraciones anteriores; hoy, se jacta de aprobar el Bono Bodas de Oro.

Qué le pasa a este gobierno? ¿Por qué no entusiasma a sus seguidores? Porque se ha obsesionado desde su cúspide (Piñera-Hinzpeter) con la popularidad presidencial, olvidando que gobernar se trata mucho más que eso. Se argumenta que al gobierno de Bachelet le pasaba lo mismo, sin recordar que -más allá de que uno esté a favor o en contra de las decisiones específicas- ella no cedió ante un paro de profesores en plena época de campaña, no cedió ante el puente del Chacao, no cedió ante la organización profesionalizada de deudores habitacionales que hoy son tan amigos de Hinzpeter, y además, se atrevió a implementar la Ley de Transparencia -con publicación de sueldos incluidos- en pleno año electoral. Para eso se usa el capital político, para la pifia disconforme, no para el aplauso alegre.

En definitiva, la foto de la Adimark de marzo no es que sea mala. Es que es un poco triste. Todo indica que el Presidente Piñera no será mucho más que el Presidente de la alternancia (o el Presidente paréntesis). Así no sirve de mucho estar estacionado.

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