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El ingreso ético y la farsa meritocrática

por 7 abril 2011

En vez de un gobierno preocupado en naturalizar las posiciones y justificar las diferencias de clase, urge tener uno que trabaje en el desarrollo de elites políticas, económicas, científicas y culturales diversas y verdaderamente meritorias, en la que los talentos, independientemente de su origen o su herencia, puedan desarrollarse.

El gobierno decidió que el Ingreso Ético Familiar se asignará solamente a aquellos hogares en situación de extrema pobreza que cumplan con algunos requisitos suplementarios, es decir, requisitos que van más allá de la identificación o de la justificación de una situación económica de extrema precariedad. Hoy se exige además a las familias que sus hijos tengan 85% de asistencia escolar, y que mantengan al día sus visitas médicas en el consultorio. Si esto no se cumple, la ayuda no se entregará o se dejará de dar.

Las llamadas Transferencias Condicionadas –sobre las que existe un consenso explícito y sorprendente en la clase política– no son solamente una humillación adicional que los más desprotegidos de nuestros conciudadanos deberán aguantar silenciosamente, sino que, además, implementan y traducen en política pública una de las más grandes hipocresías de nuestra sociedad: la meritocracia.

La “fórmula” de las Transferencias Condicionadas que prevé el dispositivo del gobierno se funda en la idea de que es necesario responsabilizar a las familias en la lucha contra la pobreza. El principio que sustenta esta idea es claro: las familias pobres no son responsables o no son suficientemente responsables. El mensaje del gobierno es violento. Todos los sufrimientos, las carencias, las injusticias, los abusos y los riesgos que sufren los niños en estas familias se explican por la irresponsabilidad de sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, etc.

En vez de un gobierno preocupado en naturalizar las posiciones y justificar las diferencias de clase, urge tener uno que trabaje en el desarrollo de elites políticas, económicas, científicas y culturales diversas y verdaderamente meritorias, en la que los talentos, independientemente de su origen o su herencia, puedan desarrollarse.

Para acabar con esta deficiencia cultural, los expertos pretenden, con incentivos económicos, domesticar los comportamientos, refrenar los vicios y palear la falta de valores que causan, según ellos, las situaciones de pobreza. Al hacer de la pobreza un problema conductual, el Ingreso Ético Familiar condicionado transforma el proyecto político de garantizar el derecho a un ingreso mínimo, en un intento cruel por naturalizar las desigualdades sociales.

Si la pobreza se asocia a la irresponsabilidad es porque se piensa, o se quiere hacer creer, que los bienes económicos y las posiciones de autoridad en nuestra sociedad son merecidos, es decir, que la retribución que una persona recibe es proporcional al esfuerzo que ella despliega. Esta creencia es evidentemente falsa. Entre un estudiante hijo de padres sin recursos y uno hijo de padres adinerados ¿Cómo evaluamos quién tiene más mérito? Si el primero funda una  familia y logra sacarla de la extrema pobreza, y el segundo funda una familia y logra superar en 20% el nivel de ingreso de sus padres, ¿Cómo determinamos quién se esforzó más?  ¿Quién sorteo más obstáculos? ¿Quién es más talentoso? Si decidimos que es el primero, ¿No debiera entonces éste tener la posición social o los bienes económicos del segundo?

Considerar el mérito no tiene ningún sentido si se observan únicamente los logros de una persona. Para que la noción de mérito tenga sentido lo que debe describir es su progresión, y no sólo el resultado de su esfuerzo. El poder y la riqueza no están relacionados en primer lugar con el mérito, están relacionados antes que todo con las posiciones de origen, con la herencia. Son las posiciones las que distribuyen principalmente las oportunidades, no el esfuerzo. Y esto deben saberlo las 130 mil familias que el gobierno insulta con su dispositivo de Transferencias Condicionadas. Esos padres y madres de Chile Solidario deben saber que tras la idea de responsabilización del gobierno se esconde una operación de propaganda. Deben saber que las fábulas del mérito son un relato al servicio de la oligarquía. Una fórmula que les permite abordar con las pinzas neoliberales el problema de la desigualdad, sin enfrentar el tema de la redistribución de la riqueza, del salario justo o de la concentración del poder. Esas familias deben saber que el mérito es una ilusión en una sociedad que no garantiza la igualdad de oportunidades. Deben saber que las clases meritorias no tienen ninguna lección que darles. Que ellos no son peores ni mejores.

Un Ingreso Ético Familiar implica la incondicionalidad del dispositivo pues, de otro modo, el imperativo ético, que funda el proyecto político, desaparece. Un Ingreso Ético Familiar sin condiciones habría enviado el mensaje apropiado, esto es, que el problema de la pobreza es de todos y que la colectividad se hace responsable. Opciones existen, basta con salir de la obsesión de los incentivos económicos y el enfoque individualista, para preocuparse realmente de la igualdad de oportunidades como proyecto político. En vez de reivindicar la existencia de un orden meritocrático natural, se puede construir un sistema escolar y de salud que efectivamente otorgue a esas familias oportunidades de prosperar. En vez de exigir a las familias más pobres que demuestren que merecen ayuda, se les puede ofrecer el acompañamiento necesario para que sus proyectos tengan más probabilidades de éxito. En vez de un gobierno preocupado en naturalizar las posiciones y justificar las diferencias de clase, urge tener uno que trabaje en el desarrollo de elites políticas, económicas, científicas y culturales diversas y verdaderamente meritorias, en la que los talentos, independientemente de su origen o su herencia, puedan desarrollarse.

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