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¡Y el Voto Era Voluntario!

por 11 abril 2011

"El que esté libre de culpa, que lance la primera piedra", dijo el Señor. Como en el tema que voy abordar no hay casi nadie libre de culpa, casi nadie debería decir nada; pero como eso sería muy inconveniente, me aventuro, lleno de culpa, a lanzar la primera piedra.

Pues durante semanas vino teniendo lugar en la prensa el debate acerca de si el voto debería ser o no voluntario entre nosotros. Partidarios y adversarios cruzaban espadas con mucho entusiasmo, hasta que apareció una persona debidamente informada del tema (el debate suele ser monopolizado por quienes no lo son), cuyo nombre es Andrés Tagle, especialista en el tema electoral, e hizo un aporte simple pero fundamental: desde 2009 rige una reforma constitucional, aprobada tras ser patrocinada por el gobierno de Michelle Bachelet, que estableció en Chile la inscripción automática y el voto voluntario. Confieso haberlo olvidado, así es que, al reírme de todos los demás por ello, me río también de mí mismo.

Esta voluntariedad ha sido una antigua aspiración de los partidarios de una sociedad libre, entre los cuales Michelle Bachelet no se contó nunca antes de ser Presidenta, pues era socialista extrema; pero, después del logro señalado, parece quedar perfectamente habilitada para presentar una solicitud de admisión al sector.

Pues los socialistas como ella, y los izquierdistas en general, son contrarios a la libre elección de las personas. En realidad, el socialismo consiste en imponerles a las personas casi todo lo que deben hacer. Y, según ellos, lo que las personas deben hacer es lo que ellos quieren que se haga.

Como siempre he sido partidario de la libertad de elegir, y por eso apoyé al Gobierno Militar, para que la instaurara firmemente en Chile, cosa que hizo en el más amplio sentido del término (aunque se tomó su tiempo), ya desde que fui candidato a senador, en 1989, elaboré un conjunto de proposiciones que pensaba impulsar si era elegido, entre las cuales se contaba la de establecer la inscripción automática y el voto voluntario.

Bueno, sorprendidos los propiciadores de la obligatoriedad máxima (inscripción automática y voto obligatorio; pues hoy la inscripción, al menos, de hecho es voluntaria, y quieren derogar sólo eso) por la noticia de la reforma constitucional, no por eso han dejado de argumentar en favor de la obligatoriedad del voto, y sus dos razones básicas, que fundan en estadísticas, son de que la abstención es mayor entre los más pobres y los menos letrados. Y como la izquierda cree obtener sus votos principalmente de esos sectores, hay una razón pragmática para que deseen el voto obligatorio.

Pero, en el fondo, su posición es insostenible, porque equivale a decir que los más pobres y menos instruidos carecen de la capacidad básica de poder decidir por sí mismos. Y si esto fuera así, querría decir que tampoco deberían tener los mismos derechos que los menos pobres y más instruidos, justamente por carecer del discernimiento suficiente. Entonces, con su argumentación, los izquierdistas no hacen otra cosa que desvalorizar el concepto básico y piedra angular de la democracia, de que cada persona tiene el mismo derecho a decidir acerca de los destinos del país que cualquier otra, y que entre nosotros no hay clase ni grupo privilegiados, como dice la Constitución.

La única solución compatible con una sociedad libre es que el voto sea voluntario. La inscripción automática no obsta a la libertad de las personas, porque sólo les brinda un derecho, y hoy están en libertad de ejercerlo o no.

Los partidarios del voto obligatorio deberían reconocer paladinamente que sólo lo son pensando en su conveniencia electoral y que su postura es incompatible con las bases de la democracia; o bien deberían confesar que, en su parecer, hay unos ciudadanos no suficientemente aptos para gozar de ciertas libertades, lo que conllevaría la conclusión lógica de que, entonces, tampoco estarían capacitados para resolver sobre otros, probablemente numerosos, asuntos que atañen al interés general. En tal caso, su voto debería, por consiguiente, valer menos que el de los demás.

Si los partidarios del voto obligatorio no están de acuerdo en eso, sin duda incurren en una gran inconsecuencia.

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