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Fukushima y la prensa: lecciones de un desastre comunicacional

por 13 abril 2011

Fukushima y la prensa: lecciones de un desastre comunicacional
Lo ocurrido ha dejado al descubierto que la prensa japonesa, pese al ambiente general de libertad, no se conduele con los avatares de su sociedad ni asume roles sociales activos. Esa apreciación estática de la democracia provoca que el periodismo no sea proactivo y que mil historias vitales hayan quedado ahí, sin ser contadas.

Churchill, como buen periodista, solía decir que la prensa es el rostro de una democracia. Y no estaba muy lejos de la realidad. Un régimen político, como la democracia, que tiene su fundamento en la transparencia de las actividades, en la competencia abierta, en el debate directo y en el cuestionamiento sin cortapisas de la vida pública, sería inimaginable sin asertivos medios de comunicación. Claro, en la época de Churchill, la prensa y la radio cargaban con el peso societario, por lo que sus grandes titulares eran en definitiva los gestadores de la opinión pública.

En los últimos años se han unido a la prensa otras vías de comunicación masiva como facebook, twitter, los blogs, los podcasts, los diarios digitales y otros, creando flujos mayores, más variados y diversos. Consecuentemente, las demandas de información crecen de forma exponencial y la opinión pública se nutre de muchas fuentes. Por lo mismo, nadie podría desconocer que la democracia moderna es, ante todo, inquisitiva. Teniendo en claro esto, bien vale la pena echar un ojo escrutador sobre el papel de la prensa respecto a Fukushima.

¿Qué tiene de característico dicho papel? Que el desastre comunicacional nipón es quizás más grande que el terremoto y tsunami mismos, y que, así como los ingenieros extraen lecciones del averiado reactor de Fukushima, hay numerosas otras lecciones para los demócratas y los periodistas del mundo entero. Una conclusión importante, pero muy inicial, es que las simples declaraciones públicas ya no bastan. Ni en tiempos tranquilos, ni menos en momentos de emergencias.

En efecto. Poco a poco se comienza develar que los medios japoneses poco o nada incentivaron un debate nacional sobre el intenso y activo programa nuclear impulsado por décadas desde el gobierno y el parlamento. Pero más grave aún, que en ese país ha existido hasta ahora una relación peligrosamente armónica, casi simbiótica, entre los ambientes de la política, de la ciencia y de los medios. Nada bueno para la salud de una democracia.

Se apunta a las malas prácticas del periodismo nipón. Se ha sabido, por ejemplo, que muchos medios japoneses suelen tener oficinas en las sedes de las grandes corporaciones, lo que recuerda la vieja práctica del chayote mexicano, la cual pareciera ir en retirada afortunadamente al estar muy asociada al ancien regime priísta, y que establecía pagos directos, por planilla, de la fuente a los periodistas que “cubrían el sector”.

Hay quienes ven la raíz del problema en que los editores de los grandes medios estudian en las mismas universidades que los abogados, economistas y demás profesionales que forman la elite del país. Otros enfatizan las características nacionales de la democracia japonesa tendientes a priorizar el orden y la tranquilidad colectivos. Y luego están quienes ponen atención en las malas prácticas de la industria de los medios.

Dado que las tres grandes críticas podrían tener cierta validez universal, conviene verlas con alguna detención.

Para los primeros, resulta llamativo, por ejemplo, que las noticias sobre cuestiones de alto impacto, como es la política nuclear de un país, haya sido, sea y siga siendo, tratada con extrema delicadeza y cuidado. Se dice que es para no generar alarma pública y las fuentes informativas sean fidedignas y serias. Sin embargo, los detractores aseguran que una democracia está formada también por inexpertos, la gente llana, cuya voz, o miedos, aunque sean irracionales, merecen ser atendidos. El sigilo en este caso estaría dado  por el conocimiento personal excesivo (amistad) entre los editores y altos ejecutivos de grandes empresas. El resultado de esta simbiosis es que los editores se aseguran que no hay más información que la que entregan sus ex compañeros de universidad, y los ejecutivos obtienen la garantía de no ser  molestados con situaciones incómodas. Sedentarismo mental total.

Para quienes opinan que la democracia nipona tiene sus peculiaridades, el problema se refleja en los bajos niveles inquisitorios de la prensa. Resulta difícil de digerir, por ejemplo, en estas dramáticas semanas, que, Yoichi Nishimura, director del influyente Asahi Shimbun no se haya sentido, desde su importante cargo, motivado a grandes reportajes en circunstancias que él mismo fue el enviado especial de su diario a la catástrofe de Chernobyl en 1986. Lo ocurrido ha dejado al descubierto que la prensa japonesa, pese al ambiente general de libertad, no se conduele con los avatares de su sociedad ni asume roles sociales activos. Esa apreciación estática de la democracia provoca que el periodismo no sea proactivo y que mil historias vitales hayan quedado ahí, sin ser contadas.

Por último, se apunta a las malas prácticas del periodismo nipón. Se ha sabido, por ejemplo, que muchos medios japoneses suelen tener oficinas en las sedes de las grandes corporaciones, lo que recuerda la vieja práctica del chayote mexicano, la cual pareciera ir en retirada afortunadamente al estar muy asociada al ancien regime priísta, y que establecía pagos directos, por planilla, de la fuente a los periodistas que “cubrían el sector”, lo que en la práctica significaba doblar los ingresos del reportero. Sean oficinas reguladas (caso japonés) o pagos jugosos (caso mexicano), lo concreto es que se trata de prácticas que paralizan de golpe cualquier crítica o morigeran situaciones desagradables. Aunque pareciera ser que esta connivencia en Japón no tiene las mismas dimensiones del chayote priísta, se debe concordar en que se trata de algo extremadamente nocivo para la salud de una democracia. Lo concreto es que estas malas prácticas del periodismo japonés llevaron a que temas cruciales de la industria nuclear, como las necesidades de upgrades a las centrales o la caducación de permisos de funcionamiento, hayan quedado al margen de la fiscalización de la prensa. Ni hablar de otros asuntos relevantes como la ubicación y cantidad de las mismas.

El desastre comunicacional japonés invita a reflexionar seriamente sobre el papel de los medios en las democracias modernas y especialmente sobre cómo se ajustan las realidades locales, las tradiciones, los líos internos de cada sociedad a las demandas generales a la prensa y a las grandes tendencias sociales y comunicacionales. En fin, cómo los medios contribuyen a la calidad de una democracia.

Aunque ya no tiene gran sentido recordar el nefasto rol de los medios soviéticos durante Chernobyl, sí parece interesante ver otro paralelo. Hace algunos años, en México hubo un debate importante por la relación privilegiada establecida entre un medio escrito, La Jornada, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuyo Subcomandante privilegiaba a ese medio para enviarle sus comunicados, sus entrevistas, sus primicias, desatando berrinches por doquier, incluso de otros medios.

De ahí que surjan dudas para los agudos de mente.

¿Es lícito que un medio se identifique, por la razón que sea, tan a fondo con los intereses de una fuente? Todo indica que así ocurrió ahora entre medios japoneses y la empresa Tepco, responsable de Fukushima, y antes, mutatis mutandi, entre La Jornada y el EZLN en México.

¿Es negativo para una sociedad, si un medio se auto-restringe y, en función de no generar pánico, omite información para la ciudadanía?

Finalmente, ¿qué es una información en democracia?

Son preguntas que han empezado a flotar densamente en el ambiente, irradiando casi tanto o más que Fukushima.

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