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Ollanta Humala, el nuevo "viejo del saco"

por 18 abril 2011

Los medios y el falso e insidioso sentido común instalado, tienden a hacernos creer que por consiguiente, Latinoamérica está hoy poblada de viejos del saco. Es decir de mandatarios impresentables y hostiles, casi todos los cuales representarían actuales o potenciales peligros para Chile. Sea por lo que son o aparentan ser, por lo que piensan o hacen, especialmente en materia de alianzas regionales.

Una nueva y flamante versión del nunca bien ponderado viejo del saco acaba de emerger desde lo más recóndito del Perú indómito. Se trata de una manifestación recargada y de uso colectivo del mismo personaje tenebroso y con facha de pobre, con que se nos amenazaba antaño ante nuestras travesuras infantiles.  El nuevo Cuco que nos presentan y que se quiere venga a poblar de prejuicios y  temores nuestra atizada imaginación nacional se llama Ollanta Humala, quien para consternación de sus contradictores de allá y de acá, amenaza  con alzarse con la presidencia de su país.

Y si no se tratara de quién se trata, no pensara como piensa,  ni se propusiera hacer lo que predica que hará, por esto lares nadie le haría reproche alguno ni mucho menos abrigaría desconfianza alguna ni sentimientos negativos  en su contra. El problema es que para variar, quienes fungen  como modeladores del sentido común nacional, han determinado que Humala no solo es malo y anacrónico, sino que además es peligroso. No digamos para los propios peruanos, sino que especialmente para los chilenos, quienes como debiera ser bien sabido, no votamos en los comicios peruanos ni tenemos vela alguna que reclamar en este entierro.

En un sentido general, se nos tiene acostumbrados a que cualquier persona, sea en Chile o en el exterior, que no cumpla cabalmente con determinadas prescripciones o requisitos de personalidad política y acaso hasta de fisonomía y origen social y cultural, será tachada sin más trámite ni derecho a apelación como Cuco, espantapájaros, viejo del  saco o  loco rematado.

Los medios y el falso e insidioso sentido común instalado, tienden a hacernos creer que por consiguiente, Latinoamérica está hoy poblada de viejos del saco. Es decir de mandatarios impresentables y hostiles, casi todos los cuales  representarían  actuales o potenciales peligros para Chile. Sea por lo que son o aparentan ser, por lo que piensan o hacen, especialmente en materia de alianzas regionales.

Para empezar, todo viejo del saco que merezca ese sambenito deberá autodefinirse o siquiera aparentar ser un hombre o mujer de convicciones de izquierda, en cualquiera de sus vertientes o tonalidades.

Si acaso el personaje es además locuaz y utiliza  un lenguaje florido, grandilocuente y reivindicador de los derechos e intereses de las grandes mayorías, y  más todavía si  se  muestra desafiante frente a los intereses de las  corporaciones e intereses nacionales y extranjeros, pues habrá que asumir que nos encontramos inequívocamente  frente a un energúmeno político, un viejo del saco que tarde o temprano vendrá por nosotros y al que habrá por lo tanto de tratar de ponerle atajo por cualquier medio y desde el principio. Da lo mismo que sea chileno o extranjero.

Un viejo del saco deberá tener además una cierta apariencia física particular. Tanto mejor si se trata de un indígena, de alguien de aspecto mestizo o sospechoso de serlo, de tez morena o de raza negra. En este último  caso, con la sola y obvia salvedad  de los ciudadanos norteamericanos, a quienes hasta nuevo aviso si se les permite tener la piel oscura y alcanzar la presidencia. Cuestión que como se sabe, está expresamente prohibida en el caso de los nacionales venezolanos en particular y latinoamericanos en general, mucho más si cumplen copulativamente con alguno de los requisitos antes mencionados.

Por todo lo anterior, los medios y el falso e insidioso sentido común instalado, tienden a hacernos creer que por consiguiente, Latinoamérica está hoy poblada de viejos del saco. Es decir de mandatarios impresentables y hostiles, casi todos los cuales  representarían  actuales o potenciales peligros para Chile. Sea por lo que son o aparentan ser, por lo que piensan o hacen, especialmente en materia de alianzas regionales.

Una lista no exhaustiva de tachados de viejos del saco  habría que iniciarla con Lula Da Silva, cuyas credenciales de hombre de izquierda y político salido del movimiento obrero despertó siempre fuertes recelos en la así llamada “clase política” chilena, que de modo mezquino nunca ha terminado de tragarlo y menos de digerirlo.  Ni siquiera a la vista de la inmensa obra transformadora de Brasil, que ha catapultado a ese país entre las potencias globales emergentes.

La nómina la engrosan el fallecido presidente argentino Néstor Kirchner y su viuda,  la actual presidenta Cristina Fernández, por razones muy obvias la integra el presidente de Bolivia Evo Morales, también Rafael Correa, mandatario del Ecuador y el presidente Lugo del Paraguay, solo por mencionar a los más vilipendiados.

No están en la lista de los denostados los presidentes de Colombia y México, y saque usted mismo sus conclusiones sobre los motivos.

Pero como diría nuestro propio viejo del saco, qué duda cabe, el Cuco más omnipresente y contumaz es el mismísimo Hugo Chávez. Quién representa para muchos chilenos, incluso para quienes deberían estar más enterados, la síntesis perfecta del hombre del saco, en cuanto  mestizo, izquierdista, antiimperialista  y locuaz.  Y ante el prejuicio instalado,  no importa para nada que Chávez haya salido airoso de cuanta elección se le ha puesto por delante, y que por lo mismo esté donde está por voluntad de los venezolanos, Todo eso es irrelevante, es un viejo del saco y punto, y si no es todavía un dictador de tomo y lomo, al menos lo debe estar tramando. Razón más que suficiente para combatirlo, por si acaso.

No es extraño entonces que hoy se diga que detrás de Ollanta Humala está la figura de Hugo Chávez, a cuyas espaldas, a su vez,  debe estar necesariamente  agazapado el propio Fidel Castro, el gran e histórico Viejo  del Saco, progenitor mayor e indiscutido de todos los cucos latinoamericanos pasados, presentes y futuros.

No es extraño entonces que hayan aparecido en Chile tantos furiosos detractores de Ollanta Humala, cuestión a la que el mismo presidenciable peruano, desafortunadamente,  ha contribuido con sus propias declaraciones. Aunque es posible suponer que ni su silencio más hermético le hubiese salvado del sambenito.

Tampoco resulta inopinado el alineamiento automático que los poderes fácticos nacionales han mostrado desde el primer momento respecto a cualquiera que resultara ser el adversario de Humala en segunda vuelta. Sin importar en absoluto de quién se tratara.

Ha querido la voluntad popular de los peruanos que la contrincante de Humala deba ser Keiko Fujimori, hija y heredera  política del dictador Alberto Fujimori, cuya obra no se cansa de reivindicar y hasta  amenaza con continuar. No pareciendo importarle que esa obra este marcada por la corrupción y el crimen, delitos que hoy tienen a su mentor y progenitor en la cárcel.

Si no le importa a ella y a sus votantes, mucho menos le ha de importar a quienes desde Chile, especialmente a quienes intereses económicos involucrados,  reflexionan que cualquiera es bueno para presidir el Perú, con tal de que no sea Ollanta Humala.

Ya se sabe que el mercado es cruel y no se anda con remilgos. Y como Keiko es lo que es, pero también es “pro-mercado”, pues no hay nada más que decir ni que hacer. Salvo cruzar los dedos para que el viejo del saco  de turno no se salga con la suya. Aunque es muy probable que lo consiga y más de alguno deba tragarse sus palabras.

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