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Te mentí

por 21 abril 2011

Al Presidente se le pide entonces que sea una especie de mesías, tipo Longueira; de sus formas se pretende que tengan una elegancia litúrgica, como las de Lagos; y de su discurso, que esté a la altura de un relato teológico, como el de MEO. Y claro, Piñera será todo lo que se quiera pero de Pastor tiene bien poco y a mi juicio, para los efectos prácticos importa poco.

Pocos días atrás fui a buscar a mi hijo Manolito al Jardín. Cuando llegué, la “tía” me contó que el crío había prometido portarse bien y no arrancarse de la sala, promesa que evidentemente olvidó pocos segundos después. El hecho es que antes de que yo pudiera ponerlo a salvo, la susodicha interpeló a Manuel en mi presencia: “Prometiste portarte bien -le dijo- y volviste a salir de la sala sin permiso”. Mi hijo entonces se quedó mirándola con los ojos bien abiertos y le dijo sin mayores escrúpulos: “Te mentí”. Así de simple, así de claro.

No es que yo quiera legitimar la conducta de Manuel y mucho menos ponerla de ejemplo, pero en realidad él no mintió, solo prometió lo imposible; y si la profesora le creyó fue porque no sabe lo que es un niño de tres años o simplemente porque quiere creer que lo que dice es cierto.

Algo parecido pasa con la política y explica parte de su desprestigio: que las expectativas que genera son tan desproporcionadas a su naturaleza, que inevitablemente acaba cargando con un muerto que no tiene por qué llevar.

Es cierto que no faltan los lúcidos que comprenden de antemano que la política puede hacer de todo, menos milagros. Son aquellos que con una alta dosis de realismo se manifiestan indiferentes frente a la política y sin preferencias electorales, sobre la base del argumento genial de que “total, uno igual va a tener que seguir trabajando”. Al resto de la población, en cambio, no está demás preguntarle si no ha puesto en la política y en los políticos, unas esperanzas desmedidas.

Al Presidente se le pide entonces que sea una especie de mesías, tipo Longueira; de sus formas se pretende que tengan una elegancia litúrgica, como las de Lagos; y  de su discurso, que esté a la altura de un relato teológico, como el de MEO. Y claro, Piñera será todo lo que se quiera pero de Pastor tiene bien poco y a mi juicio, para los efectos prácticos importa poco.

Porque yo al menos soy de las que piensa -como la Michelle- que no da lo mismo por quién votar; y las cifras indican que tuve razón en la preferencia que marqué hace poco más de un año. Pero es un hecho que por más que el Gobierno trabaje 24 horas diarias por 7 días a la semana, eso no hará un paraíso de la vida de los ciudadanos, sino a lo más un infierno de la vida de los funcionarios públicos.

Y peor todavía: el empeño será vano si los beneficiarios de esa hiperactividad gubernamental no comprenden que para aprovechar las oportunidades que da el Gobierno, ellos deben trabajar al menos 8 horas diarias durante 5 días de la semana. Es decir, si no comprenden que no hay milagros y que efectivamente, uno “igual tiene que trabajar”.

Porque la nueva forma de gobernar resuelve la mitad de los problemas, pero la otra mitad depende de cada uno, y ni siquiera tanto porque hay varios que no tienen solución. Y aunque hubiera sido impopular insistir demasiado en esta idea durante la campaña, ahora no queda más remedio que hacerlo. Por eso yo propongo que a la nueva forma de gobernar se añada una nueva forma de ser gobernado, porque como decía un amigo del Presidente: “Lo urgente ya está hecho, en lo necesario estamos trabajando, para los milagros falta tiempo”.

El hecho es que cuando la opinión pública evalúa bien a Golborne por su sonrisa encantadora y mal a Piñera porque la suya es tutankamónica, lo que hace es pedirle a la política y a los políticos más de lo que en realidad ellos pueden y tienen que dar ¡Igual que la profesora de Manolito!

Mi tesis, del todo original y quizá por eso profundamente equivocada, es que la explicación de todo radica en que la política ha pretendido ocupar el lugar de la familia y de la religión. Y puesta a cumplir esas funciones, su fracaso es inevitable y el juicio de la ciudadanía implacable.

Porque si no fuera por el síndrome de padre ausente que tiene el electorado, no se entiende que alguien pretenda que sea el Estado el que le quite a los niños el choripán de la boca; que sea el Estado el que les ponga el cinturón de seguridad; que sea el Estado el que releve a las mamás del cuidado de sus hijos porque el proveedor natural se desentendió de su obligación, que sea el Estado ¡en fin! no el que subsidie a la familia sino el que la reemplace. Porque hay que decirlo por impopular que sea: cuando hay familia, todas estas funciones las cumple ella. Nadie niega la necesidad de normar y de fiscalizar, la última crisis económica demostró la importancia del Estado en esta materia, pero los límites a los que se está llegando parecen rayar en lo absurdo. Y entonces pienso en Manuel y me pregunto si no sería más fácil decir “Te mentí” que alimentar esa idea ridícula de la política que instaló el socialismo y cuya inviabilidad ya se deja sentir en Europa.

Pero no conforme con reemplazar a la familia, la política ha querido también transformarse en un sucedáneo de la religión; y a falta de Dios, se espera encontrar en ella la cura de todo mal (una idea típicamente de izquierda). Al Presidente se le pide entonces que sea una especie de mesías, tipo Longueira; de sus formas se pretende que tengan una elegancia litúrgica, como las de Lagos; y  de su discurso, que esté a la altura de un relato teológico, como el de MEO. Y claro, Piñera será todo lo que se quiera pero de Pastor tiene bien poco y a mi juicio, para los efectos prácticos importa poco… salvo, claro está, porque viene otra elección.

Mi conclusión es que el problema no está en Piñera, ni en el relato, ni mucho menos en la severidad de la opinión pública, sino en las expectativas desmesuradas que generó la política hace ya muchos, muchos años, y cuyos responsables no están hoy en el gobierno.

Que las cosas pueden mejorar es obvio, pero esto no obsta para pedirle a políticos tipo Longueira que ¡por favor! pongan las cosas en su sitio y le den su real dimensión. Porque la promesa de la política de llevar al pueblo de Dios a una tierra prometida se demostró tan susceptible de ser creída como la de mi hijo Manuel y tiene más de placebo que de panacea. Y si analistas, columnistas y opinólogos todos manifiestan la ingenuidad de una parvularia, qué queda entonces para el electorado.

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