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El relato del gobierno: gusto a poco

por 23 abril 2011

Una democracia que funciona sobre la pobreza de nuestra política; una política que al renegar de los relatos totalizantes derivados del temor postmoderno a los excesos totalitarios de las ideologías del siglo XX, pero con dardos especialmente dirigidos a todo aquello que huela a socialismo, carece de horizontes de mundo deseables que guíen la acción.

Dos significados aporta el Diccionario de la Real Academia Española; uno que afirma que relato es el conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho y el otro que sostiene que el relato es una narración o un cuento. Cuando se alude al relato, estamos hablando de la existencia de un cuento que, situado en el ámbito de la política, hace referencia a un artefacto discursivo que le permite a un actor o colectivo intentar legitimar sus decisiones generando adhesión ciudadana. Tener cuento significa tener proyecto, sustancia e identidad. Los chilenos usamos “el tener cuento” para referirnos a personas con historia y sentido.

Mucho se ha hablado estos días sobre que el gobierno no tiene relato; que lo tiene pero los “relatores” no lo comunican adecuadamente.

Agrego otra posibilidad: el gobierno tiene relato, lo comunica razonablemente bien pero no sintoniza con las demandas y expectativas de la sociedad chilena. Triunfó en las últimas elecciones levantando un conjunto de frases cliché como la “puerta giratoria”, la crítica a los partidos políticos, exagerando la ineficiencia y falta de transparencia (y corrupción) de la Concertación y apelando a la eficiencia derivada del la experiencia y espíritu gerencial del presidente y confirmado con la conformación del primer gabinete. Y estaremos de acuerdo en que “otro gallo cantaría” si no hubiera existido la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, lo que no es igual que decir que la culpa de la derrota de la Concertación es atribuible a MEO.

Una democracia que funciona sobre la pobreza de nuestra política; una política que al renegar de los relatos totalizantes derivados del temor postmoderno a los excesos totalitarios de las ideologías del siglo XX, pero con dardos especialmente dirigidos a todo aquello que huela a socialismo, carece de horizontes de mundo deseables que guíen la acción.

Al menos parcialmente, el problema del relato del gobierno actual es el mismo problema que tenía el relato de los últimos gobiernos de la Concertación; un relato que privilegia la eficiencia, la disciplina fiscal (y cuando se indisciplina, lo hace sin alterar la matriz tributaria del país), el orden basado en una constitución ilegítima y una gobernabilidad más preocupada de la estabilidad a toda costa que de sintonizar con las aspiraciones de la mayoría de los chilenos y chilenas y de traducir esa sintonía en reformas más profundas. Si Bachellet logró salir relativamente ilesa de dicho declive conservando su altos índices de popularidad (aunque no logró entregar el gobierno al candidato de su coalición) fue porque logró despegarse de los costos asignándoselos al sistema y desplegando una acción política cargada de simbolismos que daban cuenta de un relato que nos hablaba de una sociedad más igualitaria, protectora y participativa, aunque ello no se tradujera en decisiones que expresaran la búsqueda de cambios estructurales.

El problema no es solo del relato de este u otro gobierno; es el relato de la democracia chilena de la transición el que está agotado; un relato que ha colocado sus expectativas de reforma siempre en la “medida de lo posible”, y como lo posible está dado por un sistema político y socioeconómico atravesados por profundas inequidades y desigualdades que favorecen a unos pocos, el país en su conjunto a caminado al ritmo impuestos por minorías poderosas. Resultado de ello, tenemos una democracia que es estable y avances importantes en materia de pobreza pero conservamos una constitución heredada de Pinochet, un sistema tributario hecho a la medida de los más ricos, un Estado que provee salud y educación de mala calidad, inequidades vergonzosas y carencias importantes en materia de derechos ciudadanos.

Una democracia que funciona sobre la pobreza de nuestra política; una política que al renegar de los relatos totalizantes derivados del temor postmoderno a los excesos totalitarios de las ideologías del siglo XX, pero con dardos especialmente dirigidos a todo aquello que huela a socialismo, carece de horizontes de mundo deseables que guíen la acción. ¿Qué nos queda entonces? Sin finalidades deseables y compartibles colectivamente lo que queda es la administración del presente, el día a día; no mucho más. Se instala una política miope, que solo se ve un par de metros por delante de ella y lo que tiene mas cerca, pero al no tomar distancia, al no hacer articulación con el todo en medio del cual se ubica, cada medida, cada relato es una suerte de parche ocasional y contingente.

Difícil era que este gobierno alterara el rumbo de las cosas salvo que alguien pensara que Piñera podía encabezar un experimento bonapartista. Como no será así, este gobierno no será el primero de una nueva época sino, y con un poco de suerte, el último de esa larga transición iniciada en 1988.

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