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Cristianos fuera del clóset

por 27 abril 2011

Si hasta ahora hubo unos pocos que creyeron podían encontrar en el sacerdocio un refugio seguro para ocultar tendencias homosexuales, pedofílicas o megalómanas, para quienes tengan esas inclinaciones ese lugar es hoy el menos seguro, porque serán de antemano objeto de sospecha.

Esta semana la inicié leyendo una columna que me dejó optimista. Se trataba de una exhortación que hacía su autor a ateos y agnósticos a perder el complejo de serlo; y a aprovechar las circunstancias aparentemente desfavorables que vive la Iglesia, para demostrar que la integridad moral no tiene por qué pensarse como patrimonio exclusivo de quienes profesan un credo. Y aunque sea paradójico, los beneficios que se pueden derivar del caso Karadima pueden ser extensivos también para la Iglesia; porque digámoslo claro, la publicidad de los hechos no la daña más que lo que ya la dañaba el que estuvieran ocurriendo.

Porque si ser católico -como dice Bellolio- deja de ser una buena carta de presentación, una credencial de irreprochable conducta moral, es bastante probable que se produzca al interior de la Iglesia una purificación que era necesaria. Y para una institución cuyos fines no son temporales, es una ventaja que la pertenencia a ella no sea funcional a fines que no le son propios; no es casualidad que los períodos más fecundos de la Iglesia no hayan sido aquellos en los que ella gozó de mayor poder temporal, sino justamente esos en los que fue víctima de despojos.

Si hasta ahora hubo unos pocos que creyeron podían encontrar en el sacerdocio un refugio seguro para ocultar tendencias homosexuales, pedofílicas o megalómanas, para quienes tengan esas inclinaciones ese lugar es hoy el menos seguro, porque serán de antemano objeto de sospecha.

Y si hasta ahora ser católico era bien visto y era posible serlo a la manera propia, la falta de dividendos sociales que hoy reporta llamarse creyente tenderá a disminuir el número de los que reducen el cristianismo a la parte que más les acomoda. Ni el sacristán embobado por el cura, ni el moralista que levantaba la voz sólo para denunciar los pecados de la cama, ni el que reducía el cristianismo a una doctrina social tendrán incentivo ahora para lucrar personalmente a costa de la Iglesia. Tampoco esos políticos que se identifican a sí mismos con el nombre de cristianos, y que no tienen vergüenza ajena al momento de poner en sus afiches de campaña una Iglesia de telón de fondo.

Desprovistos de todo lo accidental, a los cristianos no les queda más remedio entonces que volver a lo esencial. Recuperar el centro será lo primero. Evitar desfiguraciones y reduccionismos, lo segundo.

El caso Karadima ayudará a entender la función del sacerdote en su sentido original como la de un intermediario y cualquier pretensión de otro tipo de parte suya será interpretada como un acto usurpatorio. La moral se comprenderá en su verdadera dimensión, como medio para un fin diferente y superior, dada por la vocación del cristiano al amor. Y los pobres serán atendidos en nombre de Cristo y no en lugar suyo. Y que sea así es bueno no solo para ateos y agnósticos, sino primera y principalmente para los creyentes.

Por otra parte, si hasta ahora hubo unos pocos que creyeron podían encontrar en el sacerdocio un refugio seguro para ocultar tendencias homosexuales, pedofílicas o megalómanas, para quienes tengan esas inclinaciones ese lugar es hoy el menos seguro, porque serán de antemano objeto de sospecha.

Y si antes las razones para creer fueron de interés exclusivo de teólogos, hoy deberán ser estudiadas por cualquier cristiano, porque en un ambiente hostil la fe estará bajo amenaza. Quién sabe entonces si las dificultades externas no contribuyen a volver a poner sobre el tapete el tema de la relación entre la fe y la razón, que es constitutiva del cristianismo.

Que Karadima saque del closet a ateos y agnósticos no es problema alguno, porque con ellos saldrá también lo mejor de la Iglesia.

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