Domingo, 4 de diciembre de 2016Actualizado a las 05:06

Opinión

Autor Imagen

La TV en que vivimos

por 27 abril 2011

La TV en que vivimos
Más allá de la sanción que el CNTV podría imponer al Canal Público –que generalmente es una multa poco significativa para las arcas de los canales “grandes”-, más allá de cancelar el resto de la temporada de La Tierra en Que Vivimos, o más allá de los alcances teóricos de esta discusión, TVN está en deuda con los televidentes.

El caso del Programa La Tierra en que Vivimos de TVN, en uno de cuyos capítulos se exculpó a la empresa Celco como causante de la contaminación del Río Cruces, en circunstancias que las investigaciones más serias parecen inculparla, ha provocado una intensa discusión centrada en los conflictos de intereses, después que se revelara que la empresa contrató los servicios de su director, Sergio Nuño, para la realización de un documental institucional para ser usado en su defensa jurídica.

El Consejo de Defensa del Estado calificó el material como “una notable apología de los procesos industriales de la Planta Valdivia”. Sin embargo, aunque muy relevante, aquella es sólo una arista de la discusión.

La defensa que Nuño ha hecho de su proceder, al señalar que él escogió un punto de vista, pues no hace periodismo, sino documentales, es un ejemplo de conceptos malentendidos.

El quehacer documental abarca un amplio espectro donde confluyen –desde los inicios del género, múltiples oficios: pintores, arquitectos, viajeros, dramaturgos. Así, en 1922 el explorador Robert Flaherty realiza el célebre Nanook, el Esquimal; en 1927 el pintor dadaísta Walter Ruttman produce su clásico Berlin, Sinfonía de una Ciudad, o en 1932 el cineasta surrealista Luis Buñuel, muestra en Las Hurdes, Tierra sin Pan, las condiciones infrahumanas de los habitantes de un poblado español.

Pero lo que no puede hacerse, lo éticamente reprochable es, en aras del punto de vista, entregar sesgadamente una información científica, dejar a lo menos de presentar las principales posturas de una discusión relevante, privar al espectador de la posibilidad de sacar sus propias conclusiones frente a un tema trascendente, como es en este caso la contaminación del Río Cruces, con sus graves consecuencias.

En los tiempos que corren, el periodista Michael Moore denuncia con sus documentales desde las falacias del gobierno de Bush (Fahrenheit 9/11) hasta las perversiones del sistema de salud norteamericano (Sicko), mientras el cineasta chileno Patricio Guzmán alcanza notoriedad mundial desde La Batalla de Chile hasta su reciente Nostalgia de La Luz. Ambos realizadores rescatan una de las más nobles y osadas tradiciones de los documentalistas de alta ley, cual es la crítica y el desafío al poder.

En Chile, el género documental es cultivado por cineastas, periodistas, audiovisualistas, artistas visuales, antropólogos, etc. Este amplio abanico de oficios va aparejado de una gran diversidad de productos, donde el documental adquiere distintos apellidos, dependiendo de su temática o su fórmula narrativa: poético, testimonial, de viajes, denuncia, de naturaleza, histórico, reflexivo, y un largo etcétera.

Pero volvamos al punto de vista. ¿De qué hablamos cuando aludimos a ello? ¿Para qué nos “sirve”?; ¿qué prerrogativas da a su realizador?

Sin querer agotar la discusión, diremos que se trata de uno de los conceptos más usados (y más “queridos”) por los documentalistas. Es una especie de credencial que, junto con legitimar una distancia de la pretendida “objetividad” del Periodismo Informativo, permite expresar una mirada personal, autoral –como se dice desde los tiempos de la Nouvelle Vogue francesa. Sin embargo, junto con reconocer su relevancia, diremos también que es un concepto muy difícil de definir. Probablemente todos coinciden en que se trata de un “desde dónde” mira el realizador la historia que está contando.

Pero, ¿dónde comienzan y donde terminan los límites de esta “subjetividad”, de esa mirada personal? El punto de vista puede expresarse legítimamente al tomar la sensibilidad de un personaje como guía de un relato, sin necesidad de cubrir todas las miradas en aras de un “equilibrio” (p. ej. en los protagonistas que viajan en el caso de Santiago No es Chile, de Christian Leighton, en Canal 13, o  de los niños del Con qué Sueñas, de Paula Gómez, en TVN). O puede centrarse en las vivencias y la narración del conductor (a), como en los documentales de Viaje de La Ruta de, dirigido por Ricardo Astorga. O puede decidir tomar una arista específica de la “Gran historia” o tema a contar (la contaminación nuclear de Fukushima dentro de la catástrofe del Terremoto y Maremoto de Japón, o la calidad de las viviendas construidas en la Reconstrucción pos-terremoto de Chile. Aquí hacemos referencia a lo que también se llama el “Foco”).

Pero lo que no puede hacerse, lo éticamente reprochable es, en aras del punto de vista, entregar sesgadamente una información científica, dejar a lo menos de presentar las principales posturas de una discusión relevante, privar al espectador de la posibilidad de sacar sus propias conclusiones frente a un tema trascendente, como es en este caso la contaminación del Río Cruces, con sus graves consecuencias. Eso es no sólo malentender la esencia del punto de vista, sino tergiversar, y en definitiva desinformar a la opinión pública. No nos quepa duda que miles personas que vieron aquel capítulo están hasta hoy convencidas de la veracidad de la versión allí entregada.

Por eso, más allá de la sanción que el CNTV podría imponer al Canal Público –que generalmente es una multa poco significativa para las arcas de los canales “grandes”-, más allá de cancelar el resto de la temporada de La Tierra en Que Vivimos, o más allá de los alcances teóricos de esta discusión, TVN está en deuda con los televidentes. A su favor dispone de su propia pantalla para, a través de una información veraz, reparar las cosas.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes