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Lee ¿Chile lee?

por 28 abril 2011

El asunto es más de fondo, no hay que ser ciego para entenderlo, y hay que dejarse de eufemismos. Este Gobierno no tiene un proyecto político claro para el Libro y la Lectura, y lo que puede ser peor, no es evidente que sea un asunto que le importe.

Como ya sabemos, abril es el mes del libro, y este año la ciudad de Buenos Aires es su capital en todo el orbe. En Chile, desde que la UNESCO instauró esta celebración el 96’ las autoridades le han sacado punta a la ocasión para hacer lecturas públicas, inaugurar bibliotecas en jardines infantiles, ver obras de teatro, sumarse alegremente a las cruzadas por el fomento a la lectura, e inaugurar “la Feria del Libro” que organiza la Cámara Chilena del Libro todos los años en la Plaza de Armas. Lugar donde se anuncian año tras año planes para mejorar los índices de lectura, y se habla de inversión en bibliotecas públicas. Desde entonces, todos aplauden.

Este año no será diferente, cómo tampoco son diferentes los índices de lectura que arrojan las encuestas. Para que vamos a meternos nuevamente en la lata de las estadísticas si lo evidente es que en Chile se lee poco, y si en algo ha crecido la lectura es en publicaciones de autoayuda como lo afirma el crítico de “El Mercurio” Camilo Marks, quien tampoco goza de un optimismo reluciente. Sin embargo, no es fácil mantener el entusiasmo cuando sabemos que en el propio Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, este año poco o nada se hizo en relación a estas celebraciones más allá de publicar en su página web las actividades que organiza, como lo hace religiosamente la Dirección de Bibliotecas Museos y Archivos DIBAM en estas fechas. También sabemos que la relación, históricamente hay que reconocerlo, entre el Consejo de la Cultura y la DIBAM no es de las mejores, y hay que convenir que sus diferencias no aportan a en la definición de una política pública para el libro y la lectura.

El asunto es más de fondo, no hay que ser ciego para entenderlo, y hay que dejarse de eufemismos. Este Gobierno no tiene un proyecto político claro para el Libro y la Lectura, y lo que puede ser peor, no es evidente que sea un asunto que le importe.

No hay que olvidar que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, aloja en su estructura orgánica al Consejo Nacional del Libro y la Lectura, órgano colegiado creado el año 1993 por el Estado chileno cuando Jorge Arrate era Ministro de Educación, y que tiene por finalidad proponer las políticas de desarrollo y promover recursos para apoyar programas de fomento a la creación literaria, el fortalecimiento de la lectura, las bibliotecas públicas y la industria del libro. Consejo que es presidido por el Ministro de Cultura de turno y la Directora de la DIBAM, actualmente Magdalena Krebs, entre otros representantes de la Sociedad de Escritores de Chile SECH, Bibliotecarios de Chile, y el Colegio de Profesores.

Lo más seguro es que durante el mes de mayo, Luciano Cruz-Coke, anuncie el Plan Nacional de Fomento de la Lectura, proyecto que fue ideado y puesto en marcha por su antecesora y colega de tablas Paulina Urrutia, como así también entregue los 30 mil dólares del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, creado por José Weinstein, y que el año pasado recayó en el poeta peruano José María Cisneros. Nada nuevo bajo el sol, lo que realmente es lamentable cuando este Gobierno cuenta con el apoyo explícito del empresariado y los Medios de Comunicación afines. Pues ha sido el propio Cruz-Coke quien ha dicho que la inversión del los privados en cultura es una “vergüenza” y que la Ley de Donaciones culturales requiere una modificación urgente. Sabemos que el proyecto para modificar la Ley Valdés se está peloteando y discutiendo entre legisladores, asesores legislativos, burócratas y fiscalizadores, pero al cabo de un año no puede ser la reconstrucción todavía una excusa y por lo menos los ciudadanos debieran ver más voluntad política por parte de las autoridades culturales, lo que hasta la fecha, no se vislumbra más allá de acciones mediáticas de sospechoso destino, por no decir, sin finalidad u objetivos claros.

En este ámbito, más allá de cómo se definen las vocerías tampoco se conocen los lineamientos del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, que para ser uno de los órganos colegiados más antiguos de nuestra institucionalidad cultural, por el que transitaron escritores como Jorge Montealegre  o Guillermo Blanco, hoy no se reconoce como un órgano que le de vida a la discusión y reflexión en torno al mundo del libro más allá de la administración de fondos y concursos por parte de un grupo de funcionarios. Es cierto, existe un Consejo que Preside el Ministro, y que se reúne una vez por mes, pero que al parecer no funciona bien y hay varios de sus representantes que no asisten continuamente. “Algo está pasando, algo no anda bien”.

Hay muchas razones por las que un país lee poco más allá de las buenas intenciones de las autoridades y de las justificaciones de algunos empresarios del mundo editorial que no quieren bajar el impuesto al libro, o de directores de bibliotecas que creen que hablando de las mejoras del presupuesto están solucionando el problema. No, el asunto es más de fondo, no hay que ser ciego para entenderlo, y hay que dejarse de eufemismos. Este Gobierno no tiene un proyecto político claro para el Libro y la Lectura, y lo que puede ser peor, no es evidente que sea un asunto que le importe.

Buenos Aires celebró la entrada en vigor de su designación como Capital Mundial del Libro 2011 con espectáculos musicales, narraciones y presentaciones de textos en la tradicional Feria del Libro porteña,  haciendo de la capital, una ciudad  y una sociedad viva en torno a la lectura. La discusión es clara y permanente, sus librerías, editoriales, revistas literarias, que acá casi no existen, bibliotecas populares y sus lectores hacen del libro y la lectura una identidad. No quiero ser odioso con la comparación, pero la última vez que fui a la Feria del Libro de Santiago, me aburrí de tanto escuchar a los Huasos Quincheros por los altos parlantes.

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