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Calificadoras de riesgo: ¿Quién custodia a los custodios?

por 2 mayo 2011

La opacidad de gabinetes y departamentos de estudio de estas compañías -ya hace tiempo cuestionados por estar generalmente integrados por jóvenes inexpertos, con grados universitarios superlativos, que además son impunes ante sus errores- permite cualquier cosa. Miremos un solo ejemplo: la montaña rusa de los bonos de las economías europeas en los últimos seis meses.

Hace unos días nos enteramos que la calificadora de riesgos Standard & Poor´s envió una “señal” sobre la economía de Estados Unidos, manteniendo su rating de deuda pero bajando la perspectiva a negativa, lo que de inmediato hizo caer las principales bolsas del mundo, afectando también al dólar.

Lo hizo dando por supuesta una incapacidad de los congresistas para ponerse de acuerdo con respecto al presupuesto federal en el 2013. En Europa, los gobiernos de España, Portugal, Irlanda, Grecia, y otros que no se muestran tanto, pero que también están en la misma, viven en la cuerda floja, atentos a lo que puedan decir las calificadoras sobre su deuda, la solvencia, las perspectivas, y todo aquello que tenga que ver con la estabilidad económica y financiera, incluidos los avatares políticos, como la reciente elección en Finlandia y su disputa con el Reino Unido por la crisis de los bancos. Hace unas semanas, la ministra de economía española debió dar latas explicaciones ante las dudas sembradas por “el mercado” -o sea, por sus monitores- sobre la capacidad del país para sortear la crisis. Y un día sí y otro también, vemos en la TV a Merkel, Sarkozy, Cameron y otros líderes luchando con este quinto poder, que se sirve, además, del cuarto poder -la prensa- para difundir sus análisis.

La opacidad de gabinetes y departamentos de estudio de estas compañías  -ya hace tiempo cuestionados por estar generalmente integrados por jóvenes inexpertos, con grados universitarios superlativos, que además son impunes ante sus errores- permite cualquier cosa. Miremos un solo ejemplo: la montaña rusa de los bonos de las economías europeas en los últimos seis meses.

Hay varias cosas que comentar sobre esto, a propósito del enorme poder que ejercen actualmente dichas compañías, que parecen tener al mundo en sus manos. Una “señal”, o peor, una “baja” decidida por ellas en la clasificación de la deuda soberana de un país -especialmente si es uno de los grandes- hace caer las bolsas, siembra dudas y repercute en cosas concretas, como las inversiones, el empleo, y otros efectos que llegan hasta hacer caer gobiernos, como de manera indirecta ocurrió en Portugal e Irlanda.

¿Son las clasificadoras de riesgo los vigilantes globales del comportamiento de los gobiernos? Y si eso es así, Quis custodiet ipsos custodes? O sea, ¿Quién vigila al vigilante?, pregunta fundamental de la gobernabilidad, ya planteada por Sócrates, según Platón.

En primer lugar, el vigilante debe ser “empoderado”, como se dice ahora, por quien lo instituye como tal. ¿Quién empoderó a las clasificadoras? Yo, desde luego, no, a pesar que como ciudadano tengo derechos y obligaciones con respecto a la gobernabilidad de mi país, y por extensión, del sistema internacional. ¿Los gobiernos?, no me parece, porque se limitan a registrar legalmente su existencia si cumplen con los procedimientos de derecho común al efecto. ¿El Estado? Por ahí nos vamos acercando, pues las clasificadoras -o sea, los vigilantes- funcionan, o deberían funcionar, según las leyes y reglas fijadas por los parlamentos y hechas cumplir por los administradores públicos y, si se vulneran, sancionadas por el poder judicial. Es decir, que estos entes que hemos apañado legalmente, operan conforme a leyes cuyos límites ha fijado el Estado. ¿Pero, pueden tener tanto poder como el que ejercen, si respetan las leyes y regulaciones que el Estado les ha impuesto? Cabe preguntarse entonces ¿Es suficiente la regulación por parte del poder político estatal y del sistema internacional, o este también ha sido seducido ya sea ideológica o materialmente? Vamos más allá entonces, porque así solo no se explica. ¿El mercado? Parece que por ahí nos acercamos más al punto, ya que el capitalismo financiero Siglo XXI  -o sea, el mercado del dinero globalizado- vive de la especulación, que como señala la Real Academia significa, entre otras acepciones, “efectuar operaciones comerciales o financieras, con la esperanza de obtener beneficios basados en las variaciones de los precios o de los cambios. Más tajante es mi ex profesor en la Universidad Politécnica de Madrid, Ramón Tamames, que en su Diccionario de Economía (Alianza Editorial, 1992), señala: “Alza del valor de las cosas que promueven los vendedores aprovechando su escasez o sirviéndose de información confidencial en la bolsa, para lograr el máximo beneficio propio, en muchos casos con el perjuicio de los terceros que padecen el encarecimiento así generado”.

¿Suena familiar? Así es, hemos llegado a un punto en que el mercado, originalmente virtuoso en la concepción de Adam Smith, se ha transformado en un mal asignador de recursos, costos y beneficios, al amparar a los “especuladores” bajo el paraguas de una libre competencia que ya pasó de la producción e intercambio de bienes y servicios, hacia la producción e intercambio de expectativas. ¿Cómo se transan bienes y servicios, y se establecen los costos y precios? Es fácil saberlo. Pero no es fácil cuando se trata de vender expectativas, como es el caso de la especulación financiera.

Entonces el papel que cumple en el caso de bienes y servicios la publicidad y el marketing, es reemplazado por los trascendidos, la “inside information”, o directamente las conferencias de economistas taquilleros vinculados a las calificadoras. Y ahí está el peligro, porque la opacidad de gabinetes y departamentos de estudio de estas compañías  -ya hace tiempo cuestionados por estar generalmente integrados por jóvenes inexpertos, con grados universitarios superlativos, que además son impunes ante sus errores- permite cualquier cosa. Miremos un solo ejemplo: la montaña rusa de los bonos de las economías europeas en los últimos seis meses, que al ritmo de las calificadoras un día parecen en la bancarrota, y al siguiente con notables mejorías. En la pasada, los avispados hacen pingües ganancias. Quis custodiet ipsos custodes? preguntaba también el satírico romano Juvenal, a propósito de quienes estaban al cuidado de las mujeres, lamentando que los custodios se las arreglaran para aprovecharse de ellas. ¿Algún parecido?

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