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Bin Laden: preguntas sin respuesta

por 3 mayo 2011

Bin Laden: preguntas sin respuesta
Quizás el criterio de eliminación se fundamente en el hecho que si se le capturaba vivo pudiese haber surgido una duda capital, bajo qué régimen jurídico juzgarlo. Convengamos en que habría sido impensable depositar en Guantánamo a un Osama a la espera de definir qué hacer con él. O quizás la administración Obama quiso ponerse a recaudo que los jueces pakistaníes hubiesen decretado una orden de arraigo a la espera de procesarlo ellos, por haber sido capturado en su territorio, o, por qué no, entregarlo a la justicia saudita; total se trataba de un súbdito de ese reino.

El primer gran enemigo post Guerra Fría de Estados Unidos ha empezado a quedar atrás en la historia. El júbilo que vive una buena parte de la sociedad americana es perfectamente comprensible y, en alguna forma, estamos asistiendo a una re-edición de la euforia estadounidense tras la caída del Muro de Berlín. Washington se presenta nuevamente en el escenario mundial como ganador.

Pero la política tiene una máxima inalterable a través de los siglos; los triunfos y las derrotas son efímeros, porque la realidad cambia constantemente. O como lo formuló el notable Winston Churchill poco antes de morir: “En política, la verdad es un bien tan precioso, que merece ser protegido con una escolta de mentiras”.

Y claro, así como la derrota del leninismo soviético no detuvo las ideas de izquierda, ni mandó al congelador a la filosofía marxista como tampoco hundió en la ignominia a los rusos, la muerte de Osama Bin Laden no eliminará el peligro terrorista en el mundo como tampoco acabará con el anti-norteamericanismo. Y, tal cual una parte importante de los historiadores y cientistas políticos aún trata de desentrañar cuál fue la clave conducente al colapso del comunismo, las sombras post mortem de Osama ya han empezado a crecer desde el minuto mismo en que se anunció su defunción.

Un rápido vistazo a la desaparición de esta figura, tan relevante para la política mundial, plantea una serie de interrogantes sobre lo que se avecina.

El establishment estadounidense  tiene dos importante desafíos ahora. Uno doméstico, dilucidar quién fue el valeroso líder del contraataque, que terminó acabando con el Osama exánime que se nos presenta. Otro externo, y ciertamente mucho más dramático, identificar el próximo gran enemigo. Ese no estará en las montañas de Tora Bora.

Las primeras apuntan al contexto jurídico en que se realizó el operativo. ¿Fue una acción de guerra? Y si fue así, ¿cuándo la autorizó el gobierno de Pakistán?, ¿qué alcance tenía la autorización?, o quizás cabe preguntarse, en un tono algo socarrón, ¿sabía el gobierno pakistaní que una unidad de elite militar estadounidense operaba en su territorio? Ninguna de estas es una pregunta baladí; son cruciales para entender los límites de la soberanía en este mundo post Guerra Fría. Pero hay más. Supongamos que no fue una acción de guerra, sino una operación de inteligencia sujeta a derecho internacional. Si éste fuese el caso, ¿entonces por qué no se le capturó vivo? Cuando los israelíes atraparon a Eichman en las afueras de Buenos Aires se lo llevaron a Israel y procedieron a juzgarlo dándole derecho a disponer de un abogado defensor. En el caso de Osama, habría sido extraordinariamente valioso su testimonio judicial tanto para esclarecer una buena cantidad de virulentísimos atentados terroristas en el mundo, como para vigorizar los esfuerzos anti-terroristas en otras latitudes.

Incluso, si traemos el tema a nuestras cercanías latinoamericanas, la decisión de no privilegiar la captura de Osama vivo, podría ofrecer nuevas argumentaciones jurídicas para quienes hoy están procesados por neutralizar con “excesiva fuerza” delitos terroristas, como ocurre, por ejemplo, en Perú con las “re-lecturas” que se están haciendo del asalto cometido por el MRTA a la embajada japonesa en Perú. Si a Osama se le liquidó cuando estaba siendo asediado en su casa-fortaleza, sólo debido a que la orden era acabar con él (dicho por Bush en su momento y reiterado por Obama ahora), el mismo criterio debería aplicar a otros terroristas que han perpetrado actos abominables. Y si así no fuese, significaría que hay perpetradores de primera y otros de segunda categoría. El criterio de eliminación puede significar que si una potencia central busca a un terrorista estaría en su derecho a exterminarlo por el sólo hecho de ser potencia central, mientras que un país periférico debería privilegiar el procesamiento. Tal diferencia, desde luego, que no parece muy lógica.

Pero seamos benevolentes. Quizás el criterio de eliminación se fundamente en el hecho que si se le capturaba vivo pudiese haber surgido una duda capital, bajo qué régimen jurídico juzgarlo. Convengamos en que habría sido impensable depositar en Guantánamo a un Osama a la espera de definir qué hacer con él. O quizás la administración Obama quiso ponerse a recaudo que los jueces pakistaníes hubiesen decretado una orden de arraigo a la espera de procesarlo ellos, por haber sido capturado en su territorio, o, por qué  no, entregarlo a la justicia saudita; total se trataba de un súbdito de ese reino.

Visto así el abanico de posibilidades, quizás se optó por evitar complicaciones, y alguien (el jefe del comando, algún juez, algún político) ordenó lanzarlo al mar. Interesante sería averiguar de dónde emanó tal orden. Y siendo benevolentes nuevamente, en el mar cabe la posibilidad –matemática- de que  las olas mantengan el cadáver volteado a su derecha en dirección a la Mecca, como  ordenan los ritos musulmanes.

Otro conjunto de dudas surge con el desenlace tan fulminante que tuvo la lucha contra Osama. Y es que ya nos habíamos acostumbrados a tanto anuncio de cuasi captura, de avistamientos, de súper-misiones y de tantos yerros en el blanco. Es muy sorprendente que, casi como acto de magia, se ha ofrecido al mundo un resultado tan espectacular. Recordemos que al ubicuo Osama se le vio en Afganistán, en Pakistán, en Yemen, en Somalia; inclusive hace algunos años una prestigiosa revista brasileña informó haberlo divisado en Foz de Iguazú. Y ahora, la feliz noticia, nos indica que todo se trataba de un paciente trabajo de inteligencia donde faltaba sólo del go-ahead presidencial. Cómo no emocionarse ante tanta espectacularidad.

Y bueno, si nos adentramos en el ámbito de las suspicacias, llama la atención la perfección casi quirúrgica con que operó el comando en esta oportunidad, algo extremadamente inusual en misiones estadounidenses, donde cada caso registra “ripios” importantes. Pero nuevamente pongámonos positivos y pensemos que se trata de un acto de audacia nunca antes visto en las decisiones presidenciales estadounidenses. Una apuesta a la reelección amerita tomar riesgos absolutamente inusuales.

Finalmente dos brevísimas consideraciones que merecen atención posterior.

Uno: sería una altanería no aceptar que su extinta figura de pájaro en libertad, no leal a Estado alguno, se convertirá en mito.

Dos: que Osama o Al Qaeda, o quien el lector escoja como mejor representante del terrorismo, representa un peligro efectivo para las sociedades (intolerantes), pues éste no sólo desafía a la autoridad y los esquemas establecidos (aunque estén validados en elecciones), sino que tiene una naturaleza irregular y asimétrica, prácticamente imposible de doblegar. De ahí lo absurdo de la idea de guerra al terrorismo. Tal drama deriva del hecho que los Estados no tienen un Clausewitz para enfrentar el terrorismo. Guardando las diferencias correspondientes, cuando el general Pershing dirigió un frustrante operativo militar contra Pancho Villa en 1916, se quejaba ante sus superiores: “El fugitivo está en todas partes”. Hoy se puede decir que el terrorismo se nutre de todas partes. La única posibilidad de vencerlo radica en la aplicación de de políticas generales que combinen lo inclusivo, lo tolerante, lo persuasivo.

Poco sabemos de la vida de Osama, de sus quiebres familiares, tribales, políticos. Y quizás nunca lo sabremos de forma genuina. Quizás nos sorprendamos en el futuro enterándonos que este Osama, presentado como abatido, nunca haya existido. Pero también es posible que haya muchos Osamas; la encarnación de antivalores no tendría por qué amainar.

El establishment estadounidense  tiene dos importante desafíos ahora. Uno doméstico, dilucidar quién fue el valeroso líder del contraataque, que terminó acabando con el Osama exánime que se nos presenta. Otro externo, y ciertamente mucho más dramático, identificar el próximo gran enemigo. Ese no estará en las montañas de Tora Bora.

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