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Renuncio

por 4 mayo 2011

Después de un rato todos salieron a caminar y a su vuelta traían el almuerzo entre las bolsas de supermercado ¡¡¡chatarra pura!!! Una hora después, el olor a hamburguesa llegaba hasta mi pieza mientras yo seguía… escribiendo. Por suerte el Gobierno no ha empezado a fiscalizar casa por casa el tema de la comida.

“Renuncio”, eso le dije a mi marido cuando tuvo la fatal ocurrencia de decirme que el exceso de trabajo de los fines de semana se debía a mi “manía”. Y en parte es cierto: los fines de semana tengo la manía de hacer aseo y de cocinar, porque por más esfuerzos que he hecho no consigo quitarles a mis hijos la manía de ensuciar y la de comer todos los días ¡y varias veces al día!

Mi renuncia lo tomó de sorpresa a la hora del desayuno y trató de retenerme: “Pero si hemos sido tan felices ¿para qué cambiar las cosas?”, pero como la de la Ministra Matte, mi decisión era indeclinable. Por un día yo sería feminista y como no soy tonta, elegí el fin de semana cuando el intercambio de funciones no pudiera serme perjudicial.

La alegría que produjo mi dimisión fue total. Alberto gritaba eufórico “guerra civil, guerra civil” y Cristián decía que “el papá a cargo es la libertad total”. Miré entonces a los niños y les dije con despecho, citando a Gadafi con una frase suya que me interpreta plenamente: “¡Los que no me quieren, merecen morir!”.

Si mi marido fuera político habría visto en mi renuncia la posibilidad de ocupar un cargo y se hubiera dejado consolar por la Pili que le decía: “Papá ¡Vas a poder mandar!”, pero se le veía apesadumbrado por el peso de la responsabilidad. En un arranque de misericordia, la Teresita le dijo: “Como buena mercenaria, a cambio de plata puedo hacer lo que me pidas…” Las cosas estaban empezando a tomar un giro nor-africano o medio oriental. Pero cuando mi marido estaba a punto de respirar con alivio por el ofrecimiento, mi hija recapacitó solidarizando con la causa de género: “Aunque por esta vez voy a priorizar mis valores morales por sobre el dinero”. Era una importante victoria moral en medio de una guerra doméstica.

Terminé plácidamente de tomar el desayuno y en vez de comenzar con la actividad frenética, volví a mi cama a leer el diario y a recoger por escrito lo que había pasado. Pocos segundos después, ya había oído mil veces esa palabra que puede ser una pesadilla para los oídos de una mujer que tiene muchos hijos: “Mamá”. Por ese día, sin embargo, todas las solicitudes recibieron la misma respuesta: “Dile al papá”, mientras yo me sentía cual observadora de la ONU.

Después de un rato todos salieron a caminar y a su vuelta traían el almuerzo entre las bolsas de supermercado ¡¡¡chatarra pura!!! Una hora después, el olor a hamburguesa llegaba hasta mi pieza mientras yo seguía… escribiendo. Por suerte el Gobierno no ha empezado a fiscalizar casa por casa el tema de la comida.

En el intertanto, mi marido hacía el aseo con una desprolijidad más o menos evidente, mientras recibía los consejos de Cristián: “Papá, no hagas nada, a medio día vas a tener a la mamá con todo hecho”. Y es que mi primogénito conoce bien la naturaleza femenina, salvo cuando ella está sedienta de venganza. Ese día mis únicas actividades serían amamantar a la Trini y escribir una columna para la posteridad. Nada de dejarme ahogar por el trabajo doméstico ¡Viviría como manda la Ministra Schmidt!

Después de una hora, mi marido llegó al dormitorio con cara de enfermo - como era de esperar- y se dejó caer en la cama. “Te falta vestir a la Elena y a Manuel” le dije, pero antes de que hubiera acabado de dar la orden la Pili ya me había interrumpido: “¡El papá me ofreció $100 por vestir a la Elena!”. Manito de guagua, pensé. Está peor que Piñera y con ese sueldo mínimo las movilizaciones serán imparables.

La discusión quedó en suspenso porque sonó el timbre. Era Manuel, el díscolo, que en medio del caos había decidido ir a dar una vuelta en pijama por el condominio y que ya venía de vuelta ¡Seguro que luego va a exigir su derecho a votar desde el exterior!

“Por favor viste a los niños”, le dije entonces a mi marido en tono perentorio, tarea para la que se declaró incompetente. “Yo no sé hacer eso, y menos ir a buscarles ropa al closet”, dijo con tono quejumbroso y ojos suplicantes. Es comprensible, estábamos hablando de una operación compleja: discernir dentro de un cajón y ¡decidir!

Alberto aprovechó entonces la oportunidad de obtener una pequeña revancha y usó una de las frases que su papá le repite siempre que dice que no puede hacer algo porque no sabe. “Cuando tomaste la raqueta por primera vez ¿sabías jugar tenis?”. Al darse cuenta de que había asestado un golpe mortal, gritó “Knock out! Knock out!” y su papá no tuvo más remedio que armarse de valor, dar el ejemplo y volver a la carga.

Pero nunca falta el aguafiestas, que por lo general es un moralista, papel que siempre desempeña la Josefa en la casa: “Mamá, tú estás muerta de la risa acá y el pobre papá haciéndolo todo; más encima, el papá nos dice que lo hace porque te quiere. Me da pena y no lo encuentro divertido”. “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, le dije mientras seguía tomando notas para que no hubiera detalle que se me escapara. La voz de la conciencia es insoslayable, pero con algo de esfuerzo se puede silenciar.

El hecho es que después de un rato todos salieron a caminar y a su vuelta traían el almuerzo entre las bolsas de supermercado ¡¡¡chatarra pura!!! Una hora después, el olor a hamburguesa llegaba hasta mi pieza mientras yo seguía… escribiendo. Por suerte el Gobierno no ha empezado a fiscalizar casa por casa el tema de la comida.

En fin, más de alguno me ha dicho que no mencione a mi familia en las columnas, que lo que pasa en ella no es contingente, yo me pregunto cuando los oigo hablar si puede haber algo más trascendente.

Nota

1. Toda coincidencia con la realidad es literal, las anécdotas referidas en esta columna y las palabras que pongo en boca de mis hijos son textuales y su agudeza responde a que no ven TV.

2. Si usted cree que esta columna tiene más nombres que novela rusa, no ha leído suficientes novelas rusas o bien sufre de déficit atencional.

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