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Carisma, intelectuales y la berlusconización

por 10 mayo 2011

Carisma, intelectuales y la berlusconización
Si queremos profundizar nuestra democracia, tan importante como una nueva constitución o no, son las virtudes cívicas que animan nuestra convivencia y los criterios bajo los cuales elegimos a quienes nos gobiernan.

Para Churchill no existía mejor argumento contra la Democracia que “hablar unos 5 minutos con un votante medio”.

Acaban de pasar las elecciones en Canadá donde el gran derrotado ha sido el otrora imbatible Partido Liberal. Su líder, un connotado intelectual y académico: Michael Ignatieff. Antes de  encabezar el liberalismo ocupó destacadas plazas en Oxford, Cambridge, Harvard y Toronto. ¿Quién lo derrotó? Un simplón y opaco conservador, Stephen Harper. Años atrás, el filósofo Charles Taylor, una de las grandes figuras de la segunda mitad del siglo XX y también canadiense, no corrió mejor suerte en sus aventuras electorales. Por cierto, no es un particularismo del país del norte.

Shimon Peres, reconocido por su capacidad intelectual y cultura, nunca logró llegar vía electoral a primer ministro de Israel. Willy Brandt, prototipo del político ilustrado, tuvo serías dificultades para lograr la cancillería alemana. Darío Fo, fracasó en su intento de la alcaldía de Milán. Los franceses optaron por la demagogia de Le Pen por sobre el cultivado y honesto Jospin. Los americanos prefirieron  la ramplonería de Bush Jr. sobre la sofisticación de Kerry. Si nos guiamos por todas las encuestas, Vaclav Klaus, el personaje que se dejó el lápiz del presidente Piñera, sostenidamente es considerado una figura más querida por los checos que el iconográfico escritor Vaclav Havel.

No deja de llamar la atención la nada desafortunada suerte electoral de los Berlusconi, Chávez, Bush Jr., Keiko, el “loco Bucaram” versus lo  nada fácil que lo han tenido los Ignatieff y cía ltda. Es de esperar que en nuestro país sepamos diferenciar a unos y otros.

A simple vista no habría problema alguno. Es más, se podría argumentar que “Gracias a Dios” es así y que los electores distinguen entre quienes poseen sentido común y  unos elitistas que viven en un mundo de ideas abstractas. El historiador británico Geoffrey Elton defendió que la estabilidad de las sociedades era mayor si los ciudadanos no tenían inquietudes intelectuales; la culturización, a su juicio, afectaba el arraigo y orden social. Demás está decir que Sir Elton fue un destacado intelectual del conservadurismo reaccionario de la segunda mitad del siglo XX.

El punto no es si un intelectual es o no el mejor gobernante sino el estado de abandono de las virtudes cívicas, de la reflexión e interés por lo público. Del fenómeno de una sociedad de masas individualista se sigue, como lo vio Adorno, el riesgo de la perdida de importantes espacios públicos. Necesariamente, sin reflexión política, se genera una Berlusconización de lo político, donde la imagen, el efecto cuña, la guagua al aire, reemplazan la discusión.

Maquiavelo tenía claro que la durabilidad de una república de hombres libres descansa en la calidad de los gobernados y gobernantes. Por eso, no deja de llamar la atención la nada desafortunada suerte electoral de los Berlusconi, Chávez, Bush Jr., Keiko, el “loco Bucaram” versus lo  nada fácil que lo han tenido los Ignatieff y cía ltda. Es de esperar que en nuestro país sepamos diferenciar a unos y otros. Si queremos profundizar nuestra democracia, tan importante como una nueva constitución o no, son las virtudes cívicas que animan nuestra convivencia y los criterios bajo los cuales elegimos a quienes nos gobiernan.

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