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Juventud, calle y protesta social

por 14 mayo 2011

En vez de responder con la represión y el uso del temor para ahuyentarlos de ese espacio -que bien usado fortalece la democracia-, debiera celebrarse la capacidad de salir del individualismo, conformar sociedad y opinión política, reconstruyendo el tejido social que permite vivir en democracia.

Las protestas contra la aprobación de las represas de Hidroaysén, salieron de las declaraciones y ocuparon las calles, pero una vez más han sido los jóvenes quienes llenaron ese espacio.

Hay una generación juvenil que hizo de la calle la expresión de sus proyectos políticos allá en los ’60. Tanto los Allamand como los Escalona, los Viera-Gallo como los Gutemberg Martínez, además de los millones de chilenos y chilenas se lanzaron al espacio público a defender o denostar al gobierno de Frei o Allende. Pero parece que allí se creó un trauma, en ellos mismos, pues hoy hacen la relectura de que la calle fue la culpable de la batalla, de la expresión de las voluntades de cambio y no de los proyectos de sociedad. En años recientes, cuando los estudiantes secundarios se tomaron las calles para reclamar reformas, aquellos mismos ahora nos dijeron que esto retrotraía al país a las épocas del desorden.

Luego estuvo la generación de los ’80. Unos estaban, como los hoy senadores Longueira o Coloma, sea en las ordenadas marchas de Pinochet de Chacarillas o en las protestas contra los obispos en el aeropuerto, mientras que los líderes estudiantiles y cientos de miles de chilenos se lanzaron a la calle, esta vez para sacar a la dictadura. Allí estuvieron desde G. Valdés hasta F. Pollarolo, de María Rozas a A. Navarro.

En vez de responder con la represión y el uso del temor para ahuyentarlos de ese espacio -que bien usado fortalece la democracia-, debiera celebrarse la capacidad de salir del individualismo, conformar sociedad y opinión política, reconstruyendo el tejido social que permite vivir en democracia.

Allí los demócratas resignificaron la calle como espacio de protesta y libertad a riesgo de su integridad, mientras la dictadura jugó con la idea que la calle era igual a barricada y desorden, que se igualaba a subversión y el caos, por lo que se debía reprimir toda expresión callejera; ese espacio era peligroso para la dictadura si lo ocupaban las fuerzas democratizadoras. En definitiva la dictadura jugó a ensuciar la calle con muertos, balas, quemados y vitrinas rotas. Pero esa generación del ’80 vino a hacerse cargo de los puestos secundarios de gobierno o las empresas y vieron que la calle era peligrosa para la transición pactada, que complicaba el entendimiento en los salones (pues el parlamento tenía senadores designados) y podía desestabilizar los difíciles acuerdos en la elite política y empresarial.

¿Qué pasa hoy que la calle vuelve a ser parte del espacio público, es decir de la congregación de los y las ciudadanas para exponer su opinión, movilizándose con gritos y pancartas. ¿Por qué esa gente es fundamentalmente joven?

Algunas respuestas pueden estar asociadas a que la generación actual no tiene los traumas del pasado y restituye en los hechos su derecho a usar el espacio público, sin temor a que ello pueda derivar en una desestabilización política o una muerte casi segura de algún manifestante.

Por otra parte, se toma la calle y así normaliza la vida ciudadana que ha estado “secuestrada” en la representación formal y los imbricados debates de las dirigencias políticas y empresariales. Debe ser Chile el único país de Latinoamérica en donde se rehúye o se persigue duramente al que expresa sus derechos y necesidades en la calle; no conozco otro y tienen similares “crecimientos PIB”.

Esta generación utiliza la calle y la plaza –como los movimientos ambientalistas, los universitarios de la U Central, los indígenas, la CONFECH o lo secundarios, así como los regionalistas de Punta Arenas- en una clara demostración de la distancia que existe entre el sistema político y de partidos con las demandas juveniles. Hoy ya no vemos las viejas banderas partidarias y los enjutos rostros de los “hombres de Estado” en las marchas, sino la alegría desbordante de los nuevos ciudadanos, que siendo jóvenes demuestran estar interesados por lo que ocurre con su país, su medioambiente o educación.

En vez de responder con la represión y el uso del temor para ahuyentarlos de ese espacio -que bien usado fortalece la democracia-, debiera celebrarse la capacidad de salir del individualismo, conformar sociedad y opinión política, reconstruyendo el tejido social que permite vivir en democracia.

La calle se hace tribuna en la misma medida que los medios callan lo que ocurre y los partidos políticos se desentienden de los problemas ciudadanos. A no desalentar, pues, a esta generación que articula sus intereses con los del país de una nueva manera, haciendo de los derechos humanos una concepción más integral y valórica, que la del cálculo político estrecho de los alineamientos partidarios.

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