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El lado oscuro de las redes

por 16 mayo 2011

No solo terroristas reales o inventados amenazan la seguridad democrática; estas redes lo hacen desde dentro ocultando su ilegitimidad y fortaleciéndose en cada intercambio de favores que realizan, en cada infamia que ocultan.

En su pequeño libro Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges incluye el relato llamado ‘El proveedor de iniquidades Monk Eastman’, un líder de bandas en New York a fines del siglo XIX. Eastman comenzó como encargado del orden en uno de los salones de baile de la época, pero ya en 1899 era un poderoso caudillo electoral con 1200 hombres a su cargo. Particulares y políticos solicitaban su diligente ayuda, por la cual Eastman tenía una lista de precios por orejas, piernas rotas y el negocio entero.

Al decir de Borges, los políticos locales negaban que existieran tales bandas y las llamaban ‘sociedades recreativas’, pero se alarmaron cuando la banda de Eastman entró en disputa pública con la de Paul Kelly, otro inefable proveedor de iniquidades. Eastman fue finalmente atrapado y condenado a diez años de prisión. A su salida se enlistó en un regimiento de infantería que participó en las guerras europeas. Conocido ahí por la doctrina de no tomar prisioneros, apareció muerto en New York en 1920 al lado de un siempre curioso gato.

No solo terroristas reales o inventados amenazan la seguridad democrática; estas redes lo hacen desde dentro ocultando su ilegitimidad y fortaleciéndose en cada intercambio de favores que realizan, en cada infamia que ocultan.

Parecen tiempos lejanos, pero en tiempos presentes suceden cosas parecidas, por ejemplo, en el entorno de la Intendencia de Concepción, en la parroquia El Bosque o en el Kodama-affaire. Ciertamente en estos casos no hay precios por orejas, piernas rotas o puñaladas —al menos hasta donde sabemos— aunque seguro varios gatos rondan por esos lugares esperando husmear algún cuerpo inanimado. Pero hay algo más fundamental: es el hecho que redes de este tipo operan ilegítimamente entre las instituciones formales y los individuos, entregando privilegios a todos aquellos que colaboran con sus fines particularistas. Cuando algo así sucede, el problema no es solo clientelismo político, manipulación de individuos o corrupción, sino también un debilitamiento institucional generalizado del orden democrático. El problema emerge cuando las instituciones formales, por su ineficiencia o rigidez, no son capaces de absorber las demandas de los públicos o cuando sus procedimientos son interferidos precisamente por la expectativa de acceder a privilegios o mantenerlos. El resultado es que por efecto del vínculo personal en que se sustentan, este tipo de redes puede eludir procedimientos legítimos, privilegiar a sus miembros, segregar a los externos y, de ese modo, convertirse en una fuente importante de desigualdad, discriminación y vulneración de derechos fundamentales.

Porque se trata de redes, personalizar el problema solo en sus cabecillas no es la estrategia correcta. Cuando surgen formas de clientelismo político, de manipulación individual, o de corrupción, existe también un estrato de colaboradores que posibilita la invisibilización de la infamia, que guarda el secreto y borra sus huellas, y otro más bajo que le da su sustento porque profita de sus actos y queda comprometido a devolver la mano en el futuro. Incluso más. Para estas redes es eventualmente deseable que sus cabecillas caigan de tiempo en tiempo, pues de ese modo queda la impresión pública de que el problema se ha solucionado, de que se ha restituido el imperio del derecho, de que el escándalo moral o político nos ha purificado y nunca más veremos cosa semejante. Entonces la red tiene un momento de oscuridad para reorganizarse, permitir el ascenso de aspirantes, la movilidad en sus estructuras y volver al ataque con las mismas finalidades u otras complementarias.

No solo terroristas reales o inventados amenazan la seguridad democrática; estas redes lo hacen desde dentro ocultando su ilegitimidad y fortaleciéndose en cada intercambio de favores que realizan, en cada infamia que ocultan. Por esto los ángeles caídos son lo menos relevante de ellas; lo importante es cómo se reestructuran y, ante todo, dónde y cuándo aparecerán nuevamente para debilitar instituciones y procedimientos democráticos. Si estas no logran sacudirse de su influencia intensificando su propia institucionalización y procedimentalización, entonces solo queda poner atención a las esquinas donde los gatos rondan.

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