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El director del FMI y las fallas del modelo francés

por 17 mayo 2011

Hoy en día, en Francia, lo que se presenta como un valor de igualdad en democracia (la persona no importa, solo las ideas deben considerarse), dificulta la fiscalización ciudadana y permite a los políticos ejercer el poder sin dar cuenta de sus actos, incluso cuando éstos son ilegales. Los ejemplos sobran.

Francia está en estado de shock con el “affaire Dominique Strauss-Kahn” (DSK), director del Fondo Monetario Internacional (FMI), y ex-principal candidato (no declarado) del Partido Socialista para vencer a Sarkozy en las elecciones presidenciales de 2012. El affaire comenzó el sábado, en Nueva York, día en que DSK habría agredido sexualmente a la mucama del hotel en el que se hospedaba. La mujer acudió a la policía, y ésta detuvo a DSK antes de que partiese rumbo a Europa.

El arresto de uno de los cinco hombres más poderosos del mundo en esas condiciones genera muchas preguntas.

Primero, ¿Se arriesgaría la policía a detener al director del FMI – que se aprestaba a “salvar” a Grecia, Portugal e Irlanda – teniendo como única  prueba el testimonio de una persona? Parece evidente pensar que no. La mujer debió presentar algún tipo de prueba física suficientemente sólida como para gatillar una operación de detención tan rápida.

Segundo, ¿Se trata de una trampa elaborada por opositores de “DSK director del FMI” u opositores de “DSK candadito presidencial socialista”? No es imposible. Quizá nunca sabremos.

Tercero, ¿Cómo llega un hombre de tal poder a esa situación? Aquí la repuesta es más compleja. Tres opciones – y sus combinaciones – parecen posibles: a) se trata de un sociópata que, acostumbrado a jugar con fuego desde hace años, se deja atrapar; b) se trata de una persona que, por el abuso de algún tipo de sustancia, pasa por momentos en los que pierde completamente el control o; c) se trata de alguien suficientemente tonto como para caer en una trampa de este tipo.

Hoy en día, en Francia, lo que se presenta como un valor de igualdad en democracia (la persona no importa, solo las ideas deben considerarse), dificulta la fiscalización ciudadana y permite a los políticos ejercer el poder sin dar cuenta de sus actos, incluso cuando éstos son ilegales. Los ejemplos sobran.

Si admitimos alguna de estas opciones, es decir, si admitimos que independientemente de las razones, DSK mantuvo relaciones con la mujer que lo acusa, la pregunta que surge es: ¿Cómo el funcionamiento colectivo de las cúpulas de poder en las instituciones políticas y económicas falló en detectar que se trataba de una persona que más valdría – por enfermo, adicto o tonto – mantener lejos del poder?

Se debe saber que DSK es un reincidente en este tipo de affaires. Son varios los casos sexuales o de agresión sexual en los que se ha visto implicado. El último fue su relación con la economista Piroska Nagy cuando ya se desempeñaba como director del FMI. Sin embargo, en Francia, los medios de prensa y la clase política han callado obstinadamente estos hechos. Este freno, surte de consenso tácito que impide escudriñar de manera general lo que hace la clase política, es un fenómeno particular – por decir lo menos.

Si miramos a los políticos, podemos pensar que existe una norma implícita según la cual ciertos problemas “personales” no deben ser usados para atacar al adversario. La familia escondida de François Mitterrand o las estrechas relaciones de muchos políticos franceses con los dictadores del mundo árabe, no deben convertirse en las armas de la guerra política, pues esto debilitaría a todos, y no solo a los acusados.

Si miramos a los periodistas, su silencio podría explicarse por la estructura de la oferta mediática. Esta razón no parece satisfactoria pues la concentración mediática en Francia es elevada, pero no mayor que en otros países en los que más temprano que tarde estos temas se tratan.

Si consideramos la cultura, constatamos que, hasta hace algunos años, el silencio frente a ciertos temas se justificaba afirmando que la personalización de las figuras políticas era una deriva mediática, contraria al valor de igualdad, y antidemocrática. Se arguye que el dinero, los amigos o las preferencias personales no deben pesar en el debate pues la República es el espacio de todos y en ella las libertades individuales no se negocian, se afirman.

Sarkozy cambió esto, se “farandulizó”, y ganó las elecciones. Pero la cultura de no-intromisión sigue siendo la norma. Por ejemplo, se considera normal que un político dé entrevistas para comunicar, no para responder preguntas. Y si el periodista se sale del guión, arriesga ser excluido, como sucedió con Stéphane Guillon, humorista que, tras burlarse de muchos, incluido de DSK y de su “problema” con las mujeres, fue despedido.

El inconveniente con esta norma es que hoy en día, en Francia, lo que se presenta como un valor de igualdad en democracia (la persona no importa, solo las ideas deben considerarse), dificulta la fiscalización ciudadana y permite a los políticos ejercer el poder sin dar cuenta de sus actos, incluso cuando éstos son ilegales. Los ejemplos sobran. Hace unos meses el gobierno francés decidió expulsar del país a los gitanos rumanos. La discriminación étnica de Estado fue probada. La Unión Europea condenó los actos. Nadie renunció. El ministro del interior Brice Hortefeux fue condenado por injurias raciales. No renunció. El ministro del trabajo Eric Woerth fue acusado, con solidas pruebas, de proteger una familia multimillonaria implicada en una grosera evasión fiscal.  No renunció.

La misma lógica se aplica al caso del director del FMI. Pese a los antecedentes disponibles hace años, la prensa no investigó, la clase política calló, DSK no dio cuentas. Independiente de su culpabilidad o inocencia en este caso, la vedad es que DSK arrastra una situación que en muchos países habría sido un impedimento para asumir grandes responsabilidades.

El valor de igualdad, abusado y torcido por la cultura de una elite aristocrática acostumbrada a no rendir cuentas, terminó por deslegitimar un discurso igualitario que sigue pretendiendo ciegamente que frente a las instituciones, todos somos iguales y que, por ende, los representantes políticos no están más obligados que el resto de la ciudadanía a responder por sus actos. Paradojalmente, con esta pretensión igualitaria, cualquier política pública que quiera asegurar realmente esta igualdad… ¡Es considerada discriminatoria! Vistos los efectos de este pretendido valor de igualdad, no cabe duda de que el modelo anglosajón, en este punto, aventaja de lejos en eficiencia democrática al modelo francés.

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