Domingo, 4 de diciembre de 2016Actualizado a las 13:47

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¿Un 21 de mayo sexuado?

¿Un 21 de mayo sexuado?
El año 2010 podrá ser recordado, no solamente por el megasismo, por la llegada de la derecha al poder luego de cincuenta años o por el rescate exitoso de los mineros sino también porque, silenciosa pero persistentemente, se fueron desmontando los entramados institucionales que permitieron los avances en materia de igualdad de género en los últimos veinte años.

Con la llegada de Piñera a La Moneda, el género dejó de ser tema. Luego de haber tenido una Presidenta con un discurso y con un programa de gobierno enfocados a la superación de la exclusión femenina, que nombró el primer gabinete de la región con igual composición de hombres y mujeres, que reivindicó el liderazgo femenino y utilizó eficazmente el enfoque transversal de género en una reforma compleja como la provisional, asistimos al nombramiento de un primer gabinete de derecha, no solamente de corte gerencial sino que un tanto asexuado. El 45% de ministras con el que finalizó Bachelet, todas diversas entre sí, ha sido reemplazado por el 23, 8% de ministras que hoy existe, de perfil más bien caucásico.

A pesar de la confianza de la ex mandataria en que cualquiera que la sucediera no reduciría la presencia femenina, Piñera sí lo hizo. De esta forma, dejó entrever su nula sensibilidad a la relación positiva que se establece entre la presencia de mujeres en cargos políticos y el sentimiento de inclusión femenina. De paso, se confirma que el manejo de los simbolismos no es el fuerte del actual mandatario.

Durante el primer año del gobierno se observa que buena parte de lo que se declara como igualdad de género son una sumatoria de carencias, eliminaciones, desprolijidades  así como la administración de postas dejadas por el gobierno precedente como son la ley de femicidio, ya aprobada, y el régimen de sociedad conyugal.

Cuando la mayoría de los países de la región se esfuerzan por fortalecer instituciones en el ámbito nacional que orienten las políticas de igualdad y promuevan la transversalización del enfoque de género en políticas, planes y programas estatales, Chile boga contra la corriente.

A diferencia de las anteriores administraciones, no existe una hoja de ruta en la línea del Plan de Igualdad de Oportunidades entre Hombres y Mujeres, se intentó eliminar el PMG de género mientras se sentaban las bases del futuro Ministerio de Desarrollo Social, se despidió a parte sustantiva del personal calificado del Sernam y se emitieron minutas, de las que luego se reniega, sobre el comportamiento sexual adolescente y la apariencia personal.

Se ha modificado la nomenclatura de los programas del Sernam para incorporar otros que, por un lado, responden a lógicas asistencialistas y, por otro, tendrían más lógica en otras reparticiones como educación o salud. La llamada transversalidad de género aplicada a las políticas públicas, plenamente instalada en los gobiernos de América Latina, parece ser algo esotérico para las nuevas autoridades. Por otra parte, en la página web del organismo es posible encontrar un espacio con reminiscencias publicitarias, que no se condice con la necesaria solemnidad que merece una repartición pública. Por lo demás, es amnésica. De un plumazo, se evaporó toda la historia institucional. En cuanto a contenidos, todo conduce monolíticamente a que las mujeres de Chile sean trabajadoras y madres. No hay espacio para las variaciones. Con ello, no solamente se busca su ingreso al mercado de trabajo sino que no descuiden su función reproductora.

Cabe preguntarse, además, qué le ofrece un gobierno unidireccional en materia de género al 47% de chilenas sin hijos que no tiene considerado ser madres, tendencia que ha ido en aumento en los últimos ocho años, según el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile.

¿Quiere ello decir que, porque los temas relativos a la igualdad de género no se nombran con la asiduidad y la intensidad del pasado reciente o porque no forman parte de las llamadas “siete reformas estructurales”, no existen? No nos engañemos. Bajo la apariencia de un asunto de segundo orden, se teje la trama que acompaña una voluntad refundacional que, para ser eficaz, no requiere aspavientos. Sin embargo, los medios anticipan que, como parte de los anuncios del 21 de mayo, se encontraría la creación de un Ministerio de la Mujer y de la Familia.

Esta idea contradice la orientación internacional en materia de mecanismos nacionales de igualdad. Cuando la mayoría de los países de la región se esfuerzan por fortalecer instituciones en el ámbito nacional que orienten las políticas de igualdad y promuevan la transversalización del enfoque de género en políticas, planes y programas estatales, Chile boga contra la corriente. De prosperar la iniciativa, a las dificultades ya existentes de limitaciones presupuestarias, se suma una concepción del papel de las mujeres en la sociedad que nos retrotrae a etapas previas a la conquista del derecho a voto.

Es cierto que al gobierno se le facilitan un tanto las cosas por cuando la misma Ley 19.023 que crea el Sernam establece, en algunos de sus acápites, vínculos directos entre las mujeres y su grupo familiar asignándosele, incluso, dentro de sus funciones, el fomento de medidas tendientes a “fortalecer la familia”. Es probable que ello se explique por las condiciones de su creación y las limitaciones que le fueron impuestas como producto del conservadurismo cultural que caracteriza a amplios sectores de la clase política.

La ley vigente entrega la excusa para un upgrade institucional de acuerdo a los propósitos del gobierno. El tenor del apasionado debate sobre el postnatal ha venido a recordar el rol ambiguo que, en Chile, se nos asigna a las mujeres como madres. Por otro lado, en medio de la maraña de términos economicistas tales como topes y coberturas, no solamente se ha develado la desigualdad laboral que viven las chilenas sino que poco se hace, de manera efectiva, para enfrentar las causas de la división sexual del trabajo y que hombres y mujeres compartan las tareas asociadas al cuidado y la crianza.

El año 2010 podrá ser recordado, no solamente por el megasismo, por la llegada de la derecha al poder luego de cincuenta años o por el rescate exitoso de los mineros sino también porque, silenciosa pero persistentemente, se fueron desmontando los entramados institucionales que permitieron los avances en materia de igualdad de género en los últimos veinte años.

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