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El NO a HidroAysén: ¡Es la gente, estúpido!

por 21 mayo 2011

El NO a HidroAysén: ¡Es la gente, estúpido!
La mayoritaria rebelión contra HidroAysén es la expresión contra un proyecto que acumula una enorme lista de vicios técnicos, ambientales, económicos y políticos, pero sobre todo es la manifestación masiva y visible del asqueo de la gente hacia una forma antidemocrática y centralista de tomar decisiones, es decir de gobernar ignorando el pensar y sentir de los ciudadanos y sus territorios.

En 1992 ocurrió algo incomprensible: un todopoderoso George Bush (padre), tras ganar la guerra contra Irak, perdía la Presidencia de EEUU ante un modesto gobernador de Arkansas llamado Bill Clinton. ¿Cómo pudo ocurrir? Según enseñan expertos del marketing electoral, ganó Clinton gracias a una ya célebre frase, obra de su asesor James Carville: “¡Es la economía, estúpido!”. Ella hacía ver que el éxito de ganar una guerra, enfrentado ante otra realidad que sintoniza más con las razones y emociones cotidianas, era menos importante que la alicaída economía doméstica de la población.

En Chile hoy vivimos una situación donde las cifras macroeconómicas se anuncian como bullantes. Sin embargo, esta vez “¡Es la gente, estúpido!”, y no la economía, la que ha decidido alzar la voz y salir a la calle para protestar. Y lo ha hecho para rechazar al megaproyecto HidroAysén, quizás porque éste representa mucho más que la construcción de las represas en la Patagonia. De algún modo, simboliza el asqueo de la mayoría de la población, precisamente, por esa entelequia llamada “crecimiento” a secas, o –más precisos- esa abstracción llamada “mercado”.

La tan recurrida apelación al “mercado”, como si éste fuera un ente que opina y decide como un semidios omnipotente (pildoritas de la prensa como: “El mercado está inquieto por incertidumbre del posnatal”), ha borrado del mapa al ciudadano descalzo.

Sin presencia visible de políticos en la calle, esta expresión popular es mucho más que el rechazo de la gente descalza a un proyecto que irrita a la ciudadanía. Esta rebelión simboliza la sideral distancia que hay entre el poder e interés de la clase político-empresarial y el pueblo llano.

El pequeño grupo de las élites, que incestuosamente se pasan de la política a los negocios e incluso ni siquiera se pasan, hace rato que se olvidó de la gente. La grosera desigualdad en materia de ingresos (sin más, el vicepresidente ejecutivo de HidroAysén, Daniel Fernández, gana ¡$ 50.000.000 mensuales!) y de acceso a la opinión pública ha generado una sociedad de tufillo antidemocrático, aunque tengamos elecciones periódicas. No somos iguales y, si lo somos, como en La granja de los animales de Orwell, unos son más iguales que otros.

La mayoritaria rebelión contra HidroAysén es la expresión contra un proyecto que acumula una enorme lista de vicios técnicos, ambientales, económicos y políticos, pero sobre todo es la manifestación masiva y visible del asqueo de la gente hacia una forma antidemocrática y centralista de tomar decisiones, es decir de gobernar, que maliciosamente siempre privilegia el interés del poder económico de un pequeño puñado de empresarios-políticos favoritos, ignorando el pensar y sentir de los ciudadanos y sus territorios. Da lo mismo el marco legal que lo ampara (aprobado por la misma élite), pues si éste no se adecúa a esos intereses, sencillamente se ocupa la letra chica, o incluso se vulnera la ley, para conseguir el objetivo de no poner cortapisas para satisfacer bolsillos y prebendas siempre bajo la perversa retórica mentirosa de un fin superior llamados “crecimiento” y “mercado”. Lo que callan es que ambos conceptos están utilizados como eufemismos para satisfacer sólo el bienestar del pequeño y poderoso club que controla el país.

La masiva marcha contra HidroAysén el pasado viernes 13 de mayo ha sido la más grande manifestación callejera realizada en democracia (Carabineros habló de 30 mil personas, cifra que reprodujeron sin cuestionar los medios, pero la verdad es que eran más de 80 mil) y fue convocada utilizando las redes sociales. Ningún político estuvo detrás de ella: fue la gente, incluso desorganizada, la que aprendió a practicar la democracia directa que posibilita el buen uso de internet, sin intermediarios. Los manifestantes eran en su gran mayoría jóvenes de entre 18 y 30 años, por cierto no simpatizantes del gobierno, pero tampoco con militancia en los partidos de la Concertación. Estuve ahí y no vi una mísera bandera o pancarta del conglomerado que gobernó el país durante 20 años. ¿Quiénes eran, entonces, estos extraterrestres? Era la gente de Chile, ni más ni menos, representantes del 78% de la población que, según la última encuesta de La Tercera, rechaza el megaproyecto hidroeléctrico en la Patagonia.

Sin presencia visible de políticos en la calle, esta expresión popular es mucho más que el rechazo de la gente descalza a un proyecto que irrita a la ciudadanía. Esta rebelión simboliza la sideral distancia que hay entre el poder e interés de la clase político-empresarial y el pueblo llano. Los que habían decretado el fin de la lucha de clases tendrán que desdecirse, porque lo que HidroAysén ha generado es un punto de inflexión: tal como hicieron los pingüinos en 2006, la gente decidió expresar su cabreo manifestándose de forma colectiva, espontánea y pacíficamente.

Es un cabreo no sólo ante el actual gobierno: también es ante el tipo de democracia de mercado que la Concertación generó, en el que se cambió el estatus de ciudadanos activos por el de meros consumidores. Cuando la indignación colectiva por fin se expresa, la macroeconomía importa un rábano. ¡Lo que importa es la gente, estúpido!

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