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Sexo: la distorsión de los poderosos

por 25 mayo 2011

Sexo: la distorsión de los poderosos
La ausencia de guerras, así, tal como lo leen, ocasiona que desde una perspectiva del poder y la larga tradición genética de descarga de adrenalina en los hombres, obligue a buscar emociones fuertes a través de alguna descarga brutal, tan potente como el sentido del peligro.

Muchos hombres han tenido graves conflictos y encuentros con el sexo opuesto en la historia. Desde el inmortal Alejandro Magno, quien además de ser bisexual, convivía con su mujer y su amante a lo largo de largas campañas; o Julio César que abandonó a la altiva, educada y patricia Calpurnia por Cleopatra, hasta conocidos mandatarios como John Kennedy, Bill Clinton, Fernando Lugo, Silvio Berlusconi, o ahora el mandamás del Fondo Monetario Internacional. Poco se sabe del tema en el período medieval, pero quien haya leído sobre la familia Borgia, puede llegar a caer en éxtasis respecto de las bacanales de la Iglesia. Napoleón y su lista de mujeres y afán de conquista eran ampliamente conocidos. Hitler, no podría decir menos y los que se salvan de ser casos públicos, en algún momento, demuestran su naturaleza vital.

La lista es larga, y parece increíble que los historiadores y politólogos dejen el tema como parte de las noticias freak de la semana. La frívola tradición del adulterio expresadas en sexo oral, intentos de violación, fiestas escandalosas o citas furtivas con modelos, mujeres comunes y corrientes, que no dejan más allá que un eco notorio que, de cualquier forma, el hombre busca/necesita sexo. Cierto, las mujeres no estamos ajenas, pero hoy estoy escribiendo sobre los hombres con poder y que toman decisiones en materias país que involucran a los de su género y a toda la sociedad.

Será porque mayoritariamente vivimos en un contexto comunicacional  en pleno poder de varones o porque las mujeres resultamos ser extremadamente vergonzosas para hablar de este tema, lo cierto es que los escándalos aumentan y todo sigue igual sobre la faz de la humanidad. ¿Qué cuestionamientos podemos hacernos sobre este tema?

Pareciera que  madres, esposas, novias y amantes, deberían estar al corriente de que si su hombre es un sujeto de negocios, de la política, en algún sentido famoso y adulado, hábil, con carácter, ambicioso y devoto de la modernidad, deberían tener claridad que están frente a un potencial candidato a esta clase de conductas.

Lo primero es tomar conciencia que la ausencia de guerras, así, tal como lo leen, ocasiona que desde una perspectiva del poder y la larga tradición genética de descarga de adrenalina en los hombres, obligue a buscar emociones fuertes a través de alguna descarga brutal, tan potente como el sentido del peligro. Lo segundo, es que quien haya visto a un hombre con poder y sin contención emocional suficiente -en sus familias o contextos sociales- se encuentra frente a un ser humano que se dispersa emocionalmente hasta encontrar una vía de escape. El alcohol y las drogas han cumplido en numerosas ocasiones el rol de controladores de los instintos, pero el hedonismo, así como la necesidad de emociones fuertes en cargos donde las decisiones diarias son  desgastantes, alertan el sentido del placer en contrapartida al stress, casi inevitablemente. Ya nos lo avisaba Simon de Beauvoir en su relación con Sartre hace varias décadas.

A la luz de los  escándalos de los  que  nos  ha dado cuenta la prensa, pareciera que  madres, esposas, novias y amantes, deberían estar al corriente de que si su hombre es un sujeto de negocios, de la política, en algún sentido famoso y adulado, hábil, con carácter, ambicioso y devoto de la modernidad, deberían tener claridad que están frente a un potencial candidato a esta clase de conductas. Tímido o arrogante, ese no es el tema.

En tal contexto, no está demás  señalar que las nuevas tecnologías no hacen más que ayudar a la proliferación de estas conductas y deberemos acostumbrarnos o bien, buscar salidas. La única táctica conocida y que tampoco funciona en todos los casos es la actividad deportiva en hombres mayores. Bajo los 40, poco se puede hacer. Una razón más para conversar el tema en pareja; ocultarlo es, quizás, lo menos agobiante, pero también lo más sórdido. Las últimas descripciones sobre los acosos, abusos, tendencias y experiencias en sacerdotes, políticos, artistas, futbolistas, y un largo etc. deben hacernos debatir abiertamente sobre la sociedad en la que vivimos, pero también debemos responsablemente decir: señores, señoras, al menos, cuidemos a los niños/as.

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