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Una novela llamada “Dignidad”

por 26 mayo 2011

Muchos años más tarde Adriana se enteraría de una serie de situaciones que estaban detrás de esa muerte, entre ellas la negativa de su hermano (como jefe de inteligencia del regimiento Maipo de Valparaíso) a entregar a la DINA a varios detenidos del MIR y su enfrentamiento con el entonces teniente Fernando Laureani; su posterior traslado a Talca y su muerte en el cerro La Virgen, de un disparo.

Imagínense la siguiente escena: Frederick Forsyth, Henning Mankell, John Le Carré, John Grisham, Richard Price, Umberto Eco, James Ellroy y otros tantos novelistas del área policial, de misterio y/o espionaje reunidos en una habitación, provistos de abundante whisky y habanos, con la misión de escribir el mejor guión del género, el súmmum plus ultra de todos, una ficción que sea ficción, pero que parezca realidad y que abarque todo lo que se ha escrito antes, pero lo supere. Las ideas saltan de inmediato: tiene que ser un paraje exótico, lejano, con nazis de por medio (no hay mejores villanos), ojalá en el contexto de la Guerra Fría, incluso sería mejor que hubiera una dictadura militar de fondo, y bien bananera, mi alma.

Vamos bien, dice Forsyth, pero faltan otros tópicos clásicos. La novela debería también contener una dosis de esclavitud, tortura, electroshocks, envenenamientos, armas químicas y/o bacteriológicas, pertenencias mineras de uranio y plutonio, desapariciones misteriosas y tráfico de armas. Okey, acotan todos, pero ahí se impone Eco, tan enciclopédico siempre, y argumenta que no puede haber una buena novela de misterio sin una secta detrás, o un poder religioso omnipotente que le horade el cerebro a todos y lanza una serie de ejemplos: Los carbonarios, la logia Thule, la P-2, los Skull and Bones, ¡los Templarios!

Richard Price, más afín a los bajos fondos de Baltimore y a los clockers (pilotos, les decimos acá) que venden crack en las esquinas, se muestra en desacuerdo. Según él, basta un par de jeringas, un drogata que no puede redimirse frente a la sociedad maldita y un policía corrupto para construir una buena trama. Remata argumentando que las sectas y todos esos enjuagues místicos están de más. Eco, viejito como está, le dice que no es así y tiene como demostrarlo. Saca un papel amuñado y le muestra la cantidad de ejemplares que vendió con El Nombre de la Rosa, El Péndulo de Foucault y El Cementerio de Praga.

Muchos años más tarde Adriana se enteraría de una serie de situaciones que estaban detrás de esa muerte, entre ellas la negativa de su hermano (como jefe de inteligencia del regimiento Maipo de Valparaíso) a entregar a la DINA a varios detenidos del MIR y su enfrentamiento con el entonces teniente Fernando Laureani; su posterior traslado a Talca y su muerte en el cerro La Virgen, de un disparo.

Price se enoja, suelta un par de garabatos en el argot de los muelles de Baltimore, le recuerda que fue guionista de The Wire y se va de la sala secuestrando un botellón de etiqueta negra, pero los que quedan, menos pasionales, le encuentran sentido a este asuntito de la secta, aunque le advierten a don Umberto que pare el tonteo con los templarios, que todo el mundo está chato ya de monjes y tesoros perdidos. Eco se enoja, emite una delicada imprecación en piamontés (¡Ma gavte la nata!), culpa de todo eso al pelotudo de Dan Brown y luego, ya descomprimido de aquella impertinencia, se entusiasma nuevamente. Recuerda que al principio quedaron de acuerdo en que debía haber nazis y, entonces, qué mejor que una secta de orígenes nazistoides. Ello, además –asevera-, permitirá confinar a los personajes en algún lugar cerrado, un compound (lo dice en inglés, para que los gringos entiendan) como el de Waco, donde nadie puede mover un dedo sin que lo sepa el líder supremo. Y claro, agrega, sería ideal que hubiera un scriptorium a todo trapo, con escalas que salen de todos lados y libros envenenados, pero no fantaseemos tanto: con túneles secretos, provistos de cámaras espías y sensores de movimiento, bastará, recapacita.

Mankell puntualiza -como buen sueco que es- que no concibe un misterio que no se desarrolle en medio de una neblina de los mil demonios o bajo la lluvia. Punto para él. Un buen misterio pierde la gracia si el día está soleado y los pajarillos cantan. Tiene que ser en un clima inclemente, en un paisaje frío y ojalá cercano a las montañas, que incluso pueden servir para esconder cadáveres. Le Carré, a quien aparentemente eso le parece excesivo, aleja discretamente la botella del lado de Mankell y confiesa que El Sastre de Panamá fue un bodrio -entre otros motivos- por el asuntillo tropical. Forsyth se regocija recordando sus novelas de la ex URSS y el frío que le gustaba describir. Conclusión, descartan cualquier país como Perú, Colombia, El Congo o Tailandia. ¿Argentina? Sí, es una buena opción, pero está un poco desgastada. Alguien se acuerda que la penúltima novela de la serie Berlin Noir, de Phillip Kerr, transcurría allá, en tiempos de Perón. Mala cosa, nadie quiere que lo acusen de plagio, así es que deciden cambiar de país y, tate, aparece Chile.

Todos se ponen felicillos por el aserto. En el sur de Chile hace frío, hubo una dictadura, hay montañas, llegó una respetable cantidad de nazis después de la Segunda Guerra y parece un lugar muy exótico y de moda, tanto como para que el NY Times editorialice con algo sobre unas represas que parece quedan por allá.

Van como avión, o pisteando como un campeón (en versión argentina). Grisham, que había estado callado y molesto con las cenizas de los puros de los demás, que manchan las mangas de su Armani, agrega que lo único que puede decir es que para que el asunto parezca real debe haber una feísima trama legal detrás y propone algunas ideas: Lavado de dineros proveniente quien sabe de dónde, sociedades cuyos orígenes se pierden en el infinito, políticos importantes “untados” (así lo dijo, ah, él fue) por los miembros de la secta y, por cierto, algo que todos estaban pasando por alto, elemento esencial en cualquier trama: un héroe.

Ahí se produce un debate encarnizado. Forsyth propone que el héroe sea un ex miembro del MI6 británico que se dedica al amaestramiento de hormigas en Chile, cuando es sacado de su retiro por una petición de su majestad; Mankell, cómo no, quiere que sea la hija de Kurt Wallander, que viene a buscar a un niño sueco secuestrado en Ystad por unos ex miembros del Ejército Simbiótico de Liberación; Le Carré se inclina por un ex mercenario de la OAS francesa (por cierto, implicado en el asesinato de JFK) reconvertido a militante de la Deep Ecology; Eco enarbola como héroe a un doctorado en filología y especialista en Arameo antiguo que busca una extraña edición del Hypnerotomachia Poliphili perdida en el fin del mundo; mientras que Ellroy dice que la acción debe ambientarse en las afueras de Los Ángeles (Estados Unidos) en 1947, y que el protagonista debe ser un detective borracho y transexual del precinto 17, e incluso propone un nombre que según él se le acaba de ocurrir: Vic Mackey. Los demás se dan cuenta que está demasiado borracho y drogado y lo mandan a pasear junto a Price, mientras escuchan a Grisham, quien les dice que no: debe ser un abogado, un tipo de buenos sentimientos, que tira por la borda su vida personal para afrontar solo a una secta encabezada por un malvado líder mesiánico, que lucha contra la incomprensión y los poderes fácticos, etc.

Ya, bonita la idea, le replican, pero –Eco es el más cargante- todos lo apabullan con otro elemento esencial que le falta: motivación. ¿Quién haría algo así? ¿Quién se enfrentaría a una secta esclavista, de inspiración nazi, poderosa a más no poder, por el sólo gusto de hacerlo, por amor a la justicia?

Nadie, responden todos a coro. Se ríen de la ingenuidad de Grisham y éste intenta jugar su última carta: imaginemos, les dice, que es una secta pedófila, que además de las armas, la tortura política, la esclavitud y todo aquello, se formó al amparo de un mensaje ultra evangélico, única y exclusivamente para abastecer de niños a su líder, para que éste los viole y torture, y que este abogado es especialista en abuso infantil y que por ello se conmueve con la historia de una pobre madre campesina cuyo hijo está secuestrado dentro del compound. ¿Les tinca? pregunta esperanzado, pero lo tapan a bullas, tallas e ironías e, ipso facto, deciden que por mucho que les paguen, lo que les pidieron es ridículo, que nadie compraría una historia semejante.

Forsyth apura el conchito de etiqueta negra que queda en la botella y mientras todos salen de la sala, se escucha –aunque nadie es capaz de identificar al emisor del dicho- que alguien reclama: “estamos puro hueveando, díganle a Spielberg que mejor siga haciendo películas de marcianos”. Y hasta allí nomás queda la idea. Es demasiado fantástica para ser real, para que alguien se la crea.

Antes de ellos, sin embargo, hubo un anónimo escritor (quien usó el seudónimo de Niko Moulin) que escribió, a fines de los años 80, una novela llamada “La Colonia”, que relataba más o menos todo lo anterior. No estuvo en ningún ranking y es muy poco probable que alguien se acuerde de ella. La encontré hace varios años en una de las tiendas de libros usados de calle Maipú, en Concepción, y la conservé por mucho tiempo hasta que se la regalé a Adriana Heyder, la hermana del capitán de Ejército Osvaldo Heyder, quien murió en Talca en 1975, en un supuesto suicidio.

Muchos años más tarde Adriana se enteraría de una serie de situaciones que estaban detrás de esa muerte, entre ellas la negativa de su hermano (como jefe de inteligencia del regimiento Maipo de Valparaíso) a entregar a la DINA a varios detenidos del MIR y su enfrentamiento con el entonces teniente Fernando Laureani; su posterior traslado a Talca y su muerte en el cerro La Virgen, de un disparo; las irregularidades en la autopsia y  la versión oficial según la cual el capitán había sido asesinado “por terroristas del MIR”. Después de todo ello, la idea de que detrás de la muerte de Osvaldo Heyder había algo mucho más siniestro cobró cuerpo cuando Adriana supo de una declaración realizada por el ex número dos de la Colonia, Hugo Bäar, en la cual reconoció que él había provisto a la DINA del arma que se había utilizado para asesinar a un capitán de Ejército en Talca.

Esta es sólo una de las causas que aún siguen vigentes y en las cuales se encuentran implicados miembros de la Colonia  Dignidad, los mismos que por estos días han hecho noticia por la fuga de Harmutt Hopp y la investigación que se lleva en Concepción por los abusos sexuales a los cuales fueron presuntamente sometidas tres mujeres (en años muy recientes) al interior del mal llamado “Casino familiar” que poseen en Bulnes. Son historias demasiado irreales para ser ciertas y muchos (menos que antes, afortunadamente) aún se resisten a creerlas e incluso reclaman por el hecho de que la justicia haga su trabajo y se lleve detenidas a varias personas que hoy son (por cierto) ancianos en malas condiciones, olvidando que todas estuvieron implicadas en las violaciones que cometía Paul Schäfer y, varias de ellos, en otros crímenes que causarían la incredulidad de los más creativos autores del género negro.

PD: Ah, y en casi todas estas investigaciones hay un personaje en común, un abogado especialista en abuso sexual infantil que se llama Hernán Fernández quien, por absurdo que parezca, no se ha lucrado de esto. De novela.

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