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Animales Políticos

por 27 mayo 2011

Animales Políticos
Da lo mismo lo que diga la ley, la Constitución o las necesidades de la comuna, la consigna es una sola: “o nosotros o ninguno”. Sin el poder, la Concertación es como un drogadicto con síndrome de abstinencia. Haría cualquier cosa por terminar su angustiosa espera.

El fair play se acabó. La defensa del oficialismo se ve tan mal parada que los atacantes de la oposición saben que el gol está calentito. No se van a preocupar ahora de jugar limpio. Ahora, todo es cancha. A través de escaramuzas chicas –como los lienzos en el Congreso Pleno y la polémica por la transmisión oficial del 21 de mayo- hasta otras de mayor envergadura –como la cuestionable jugada sobre el proyecto de post natal-, la Concertación ya dejó clara cuál será su ruta de navegación: persuadir a los chilenos de que la derecha no es apta para gobernar.

Seguramente algunos en la Concertación creerán que es “un imperativo ético” sacar a la derecha del poder. Desde la vereda contraria apuntan a que la oposición demuestra con su actitud que en realidad no le interesa el bien de Chile. Yo no me arrogo el derecho de validar tales juicios morales. A mi entender el problema es más simple: la Concertación necesita volver a La Moneda tanto como el aire que respira. Después de veinte años, se han convertido en auténticos animales políticos. El episodio de La Florida los retrata de cuerpo entero: es el poder, sobre todas las cosas, lo que los mueve. Da lo mismo lo que diga la ley, la Constitución o las necesidades de la comuna, la consigna es una sola: “o nosotros o ninguno”. Sin el poder, la Concertación es como un drogadicto con síndrome de abstinencia. Haría cualquier cosa por terminar su angustiosa espera.

Las protestas y el palpable descontento ciudadano surgido a partir de la aprobación de HidroAysén han servido como aliciente en las huestes concertacionistas. El cálculo es previsible: anda suelta una mala vibra contra Piñera que no puede dejarse pasar. No existe otra manera de interpretar que una coalición que durante su estancia en el poder promovió sin ambigüedad el proyecto haya cambiado tan notablemente de opinión.

El cálculo es previsible: anda suelta una mala vibra contra Piñera que no puede dejarse pasar. No existe otra manera de interpretar que una coalición que durante su estancia en el poder promovió sin ambigüedad el proyecto haya cambiado tan notablemente de opinión.

Algunos analistas han hecho notar que la frustración de la calle golpea a la clase política por igual. Que si el clima político no se arregla entre sus propios actores, a todos les va a llegar la cuenta. Es una teoría sensata. Piense en el tipo que busca por todos los medios de convencer a la niña que le quita el sueño que su actual pololo es un patán. El pololo, por su parte, se deshace pelando al contendor. Al final la niña se aburre y los termina mandando al carajo a los dos. No vaya a ser que después de tanto jactarnos de nuestra solidez y estabilidad institucional nos encontremos ad portas de un reventón político de consecuencias insospechadas. Nos sentimos lejos de los Chávez, Humalas y Keikos del continente, pero en la última elección un candidato outsider obtuvo ya el 20% de los votos. Oficialistas y opositores deberían, en beneficio de su propia subsistencia y del sistema político chileno en general, enfriar un poco la cabeza y asumir el problema en perspectiva, tal como lo hicieron en los 90 para conducir una transición exitosa o como resultó del pacto Lagos-Longueira a partir de los casos de corrupción que entonces florecían.

Creo, sin embargo, que no hay razones para abrigar optimismo. Por una parte, porque el gobierno parece carecer de la habilidad para dialogar sin asperezas. Es más, suele apagar los incendios con bencina. Por la otra, porque la Concertación, sacando lecciones del reciente caso español, puede argumentar que los que ostentan el poder siempre sacan la peor parte en la crispación del debate. Si la Concertación sólo piensa en recuperar La Moneda, como creo que piensa, entonces el conflicto puede seguir escalando hasta niveles autodestructivos. Total, después se verá. Muchos de ellos deben pensar que no hay nada que el aura de Bachelet no pueda sanar. Entonces, resulta lógico decir que este gobierno ya se acabó, que no hay agenda, que el cambio fue en vano. Claro, estos camiseteados concertacionistas prefieren no recordar que la propia Bachelet, al momento de su segunda cuenta pública, cargaba a cuestas con la revolución pingüina y la puesta en marcha del Transantiago, dos desastres políticos que tenían a los chilenos igualmente encabronados. Fue sólo en el segundo semestre de su tercer año al mando cuando sus números se dispararon. Lo que ocurra con el gobierno de Piñera en el futuro todavía es un misterio. Para peor, ni siquiera la suerte que corra éste es determinante para el resultado de la próxima elección presidencial.

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