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Editorial

Editorial: La Hacienda pública del Presidente Piñera

por 27 mayo 2011

Editorial: La Hacienda pública del Presidente Piñera
El ministro desvirtuó que el crecimiento actual de 7% anual se deba a una tendencia previa, reconoció que el 2010 se redujo fuertemente la expansión del gasto público, y dijo que el 2011 este crecerá menos que el PIB, incluyendo el ajuste fiscal de US$ 750 MM anunciado en marzo. Todo ello para reducir presiones sobre la inflación, las tasas de interés y el tipo de cambio. Ello indica la existencia de una política contracíclica que va en sentido opuesto a la lista de almacén en que se han convertido los anuncios del gobierno.

Una de las ausencias notorias del discurso presidencial del 21 de Mayo pasado fue una cuenta de la hacienda pública, que permitiera hacer la suma de proyectos y promesas versus los ingresos y la economía del país. Parte sustancial de las tasas de confianza económica hacia el futuro dependen de una contabilidad sana del Estado.

Mucho se ha criticado la falta de  coherencia que existiría entre la larga lista de realizaciones y anuncios del Presidente, y los niveles de financiamiento y ejecución presupuestaria que presenta su gobierno. Sobre todo porque esta última resulta ser una de los más estrechas a estas alturas del año, en la última década.

Para las autoridades económicas tal incoherencia no existe pues hay un exacto cumplimiento presupuestario. Y si existiera, se señala, sería el indicativo más claro que la reactivación que experimenta el país es pura pujanza privada, basada en la confianza y las buenas perspectivas del país e  internacionales.

El ministro Felipe Larrain ha declarado que fue “un técnico hasta el 11 de marzo del año 2010” y que ha tenido que “aprender de política… aunque no es un oficio fácil”. Vale la pena mencionarle entonces que en la política de mercados globalizados y gobiernos sujetos a la transparencia, los discursos políticos también deben ser congruentes, para una mejor comprensión de la ciudadanía.

La omisión de la hacienda pública en el mensaje presidencial fue cubierta, además, por sonadas declaraciones del titular de Hacienda, Felipe Larraín. Al día siguiente de la ceremonia en el Congreso declaró tajantemente que “soy parte de las decisiones políticas”, tratando de despejar cualquier duda acerca de su sintonía con La Moneda. Piñera, dijo, “es un jefe que conoce mucho mi área de trabajo, que no sólo la conoce sino que le gusta, le interesa meterse en los temas, y es un enorme aporte. Mi principal interlocutor en temas económicos es el Presidente de la República”.

Junto con declararse “político y no técnico”, el ministro desvirtuó que el crecimiento actual de 7% anual se deba a una tendencia previa, reconoció que el 2010, a pesar del terremoto, se redujo fuertemente la expansión del gasto público, y dijo que el 2011 este crecerá menos que el PIB, incluyendo el ajuste fiscal de US$ 750 MM anunciado en marzo. Todo ello para reducir presiones sobre la inflación, las tasas de interés y el tipo de cambio.

Ello indica efectivamente la existencia de una política contracíclica que va en sentido opuesto a la lista de almacén en que se han convertido los anuncios del gobierno. Más aún, si estos se hicieran efectivos, el cumplimiento de la meta de reducir el déficit estructural de 3% a 1% del PIB asumida por el gobierno, no sería posible.

Por otra parte, pese a los augurios de buenas perspectivas de crecimiento para los países emergentes, la situación internacional sigue siendo volátil. Según la OECD la economía chilena podría crecer entre 6 y 6.5%, rango entre dos y tres puntos más bajo que el 9.12% y 8.6% que se augura para China e India respectivamente. Pero el crecimiento de los países desarrollados, donde están los principales mercados para nuestros productos, será mucho menor, del orden del 2 al 3 %.

El crecimiento del empleo a nivel internacional tampoco es tranquilizante, y la amenaza de inflación y caos presupuestario en varios países, son un riesgo para la estabilidad económica mundial, lo que siempre afecta a las economías dependientes de una canasta restringida de productos.

Chile es, además, importador agroalimentario, y como tal resiente la situación por el impacto del alza de los alimentos en la economía de los más pobres. Ellos presionan la inflación, como el alza del pan y los combustibles, y una restricción del gasto público para contenerla agravaría la situación de aquellos que precisan de ese gasto para vivir.

La percepción de que los barones de la bancarrota que hace tres años asoló la economía mundial siguen especulando y  traspasando a terceros las enormes pérdidas  de la crisis es la fuente principal de la incertidumbre

Durante los meses de abril y mayo se ha experimentado una especie de ascensor enloquecido de alzas y bajas en los precios de muchos comodities. Detrás de ello, están conocidos grupos financieros que siguen siendo investigados judicialmente por su default de hace tres años, como Goldman Sachs, JP Morgan, Morgan Stanley, Bank of America y Deutsche Bank. Estos, cada tanto, alientan a sus clientes a cerrar posiciones en determinados productos para crear burbujas financieras.

Hace pocos días el llamado G-20 (Grupo de las 20 economías mayores del mundo), en reunión de ministros en Buenos Aires, tuvo en el centro de la discusión un acuerdo para combatir la especulación financiera que distorsiona el mercado agrícola mundial y la producción de alimentos. Ello bajo la convicción de que "la especulación del mercado inmobiliario se trasladó al de materias primas",  según dijo Bruno Le Maire, ministro francés de Agricultura ante unos 200 altos funcionarios de cinco continentes asistentes al evento.

De ahí que resulte útil mirar con cuidado la posición del país en ese escenario, y no caer en la tentación populista de ofrecer demasiado, ni en la tecnocrática de no gastar y perder sensibilidad ante el pulso social de la economía.

El ministro Felipe Larrain ha declarado que fue “un técnico hasta el 11 de marzo del año 2010” y que ha tenido que “aprender de política… aunque no es un oficio fácil”. Vale la pena mencionarle entonces que en la política de mercados globalizados y gobiernos sujetos a la transparencia, los discursos políticos también deben ser congruentes, para una mejor comprensión de la ciudadanía.

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