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Rendir cuenta y superar cuellos de botella

por 30 mayo 2011

Es posible que algunos prefieran gobiernos que mantengan un ritmo pausado y que, consecuentemente, concentren su foco en un par de políticas durante todo el mandato. Claramente, ese no es el caso de este Gobierno, que asume riesgos más allá de los vaivenes del corto plazo.

Tras el discurso presidencial del 21 de mayo, la oposición ha esgrimido una serie de críticas, que incluyen una supuesta falta de prominencia del mensaje, como también que éste reflejaría  que el Gobierno, a 14 meses de iniciado su mandato, se habría quedado sin agenda. Asimismo, se argumenta que las reformas sociales son accesorias e incomparables con las de los gobiernos precedentes. Respecto a estos planteamientos, creo pertinente señalar algunas cosas.

El discurso del 21 de mayo es una tradición republicana, constitucionalmente consagrada, cuyo sentido es rendirle cuentas al país de la gestión del Ejecutivo en las principales áreas. Este Gobierno, haciendo suyo el sentido originario de esta instancia, efectivamente ofreció una minuciosa rendición en cada uno de sus ejes prioritarios, consistentemente con lo expuesto en el mensaje del año 2010, y mostró significativos avances en materias como crecimiento, empleo, delincuencia, salud  y educación.

Asimismo, en el Presidente predominó un tono moderado, pese a la inusitada hostilidad del entorno. Lo anterior puede parecer tedioso a quienes no están acostumbrados a que los gobiernos rindan cuenta de sus compromisos, y asumen que éstos más bien han de optar por la construcción de “relatos” en torno a unas cuantas políticas e intenciones. El  tono moderado es en realidad una virtud, sobre todo para la primera autoridad del país. De hecho, ya Aristóteles argumentaba que la prudencia y la moderación son las principales virtudes políticas.

Es posible que algunos prefieran gobiernos que mantengan un ritmo pausado y que, consecuentemente, concentren su foco en un par de políticas durante todo el mandato. Claramente, ese no es el caso de este Gobierno, que asume riesgos más allá de los vaivenes del corto plazo.

La afirmación que apunta a que el Gobierno se quedó sin agenda corresponde, por su parte, a un juicio absolutamente falaz. Según la Fundación Ciudadano Inteligente, totalmente independiente del Gobierno, el Presidente anunció más de 70 medidas que no estuvieron presentes en su cuenta anterior, destacando iniciativas concretas en ámbitos como salud, seguridad laboral y energía. Y a ellas se sumarán, sin duda, otras en el futuro. Pero, más allá del número de nuevas medidas anunciadas, hay un aspecto más de fondo. El Gobierno del Presidente Piñera se ha propuesto abordar una gran cantidad de “cuellos de botella” durante su mandato, muchos de los cuales no son del todo llamativos para la mayor parte de la ciudadanía, pero son imprescindibles de resolver para alcanzar el desarrollo durante esta década y asegurar, así, el surgimiento de oportunidades de realización personal para todos.

Es el caso de la modernización del Estado, el potenciamiento de la educación superior, especialmente en su dimensión técnico-profesional, la descentralización, o la necesidad de introducir mayores niveles de competencia en múltiples ámbitos de nuestra economía, como el sector financiero o la industria farmacéutica. Por esto, ya en su primer año el Gobierno ha impulsado medidas como la reducción del tiempo requerido para crear empresas, el Impulso Competitivo, que involucra a 15 ministerios con más de 50 medidas, o el proyecto para disminuir los costos de los seguros de los créditos hipotecarios, que beneficiará a 1.250.000 familias. La materialización de estas medidas toma tiempo, pues gran parte de ellas deben ser aprobadas por el Congreso. En este sentido, afirmar que el Gobierno se quedó sin agenda por el mero hecho de haber anunciado medidas en muchas áreas -“se tiró toda la carne a la parrilla”- es falso, pues la implementación de éstas requiere aún una gran dosis de esfuerzo y energía. Es posible que algunos prefieran gobiernos que mantengan un ritmo pausado y que, consecuentemente, concentren su foco en un par de políticas durante todo el mandato. Claramente, ese no es el caso de este Gobierno, que asume riesgos más allá de los vaivenes del corto plazo.

Por otra parte, los juicios sobre la Agenda Social son francamente desinformados,  inconsistentes y poco rigurosos. Desinformados, porque se ha puesto en marcha sólo la primera etapa del Ingreso Ético Familiar -denominada Asignación Social-, quedando para el segundo semestre de este año el envío del proyecto de ley que crea de manera permanente este programa. En pleno régimen, esta política se extenderá progresiva y focalizadamente a todas las personas vulnerables del país, fortaleciendo los requisitos que se han introducido en materia de educación, salud y búsqueda de empleo, todo lo cual lo distingue nítidamente del programa Chile Solidario y lo convierte en una herramienta decisiva para terminar con la pobreza. Inconsistentes, porque la eliminación del 7% sigue los criterios de diseño de la Reforma Previsional, por lo que criticarlo  implica criticarse a sí mismo. Y poco rigurosos, porque las modificaciones que la Concertación se ha esforzado por introducir al posnatal, en vez de hacerlo más universal, lo harían más regresivo. En otras palabras, la oposición está luchando para que el Estado le entregue más recursos a quienes tienen más dinero. ¿Estará satisfecha la Concertación cuando, apelando a la universalidad, se le otorgue 3 meses adicionales de posnatal de 66 UF a una ejecutiva cuya renta mensual asciende a 3 millones de pesos y cuyo marido percibe una renta similar?

Por último, el Presidente terminó su discurso con un llamado muy plausible al respeto por las instituciones, sobre las que descansa nuestra vida republicana y cuya salud es el punto de partida de cualquier intento por alcanzar el desarrollo. Y en eso resulta otra vez chocante constatar como algunos personeros concertacionistas, ligados hasta hace no tanto a la institución presidencial, celebren esos llamados del Presidente, al mismo tiempo que usan en sus columnas expresiones denigrantes para su investidura.

Que nuestros representantes rindan cuentas de sus compromisos le hace bien a la política. Que afronten los problemas más relevantes de nuestra sociedad le hace bien al país. Y, si a esto le sumamos críticas constructivas, responsables e informadas, habremos avanzado hacia una mejor democracia.

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