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Matrimonio gay: original y…

por 1 junio, 2011

Que la idea de que “Rubén se casó con Juan, adoptaron muchos hijos y fueron felices para siempre” no me resulte ni romántica ni creíble no es razón suficiente como para no abrirse al debate. La pregunta, la pregunta esencial, es por qué ha sido así hasta ahora, y de qué forma un cambio como el que se propone puede afectar la estructura social.
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Original. Ése es el adjetivo que yo usaría para calificar una tesis que se esbozó hace ya algunas décadas y que hoy repite cual dogma de fe el progresismo chilensis. Según esa tesis, el reconocimiento de dos sexos y la condición heterosexual del matrimonio respondería a una cuestión cultural de origen religioso.

El fundamento de la hipótesis progre estaría en el Génesis. “Varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’” (Génesis 1, 27-28). Hasta donde alcanzo a entender la cosa se habría dado más o menos así: el autor bíblico habría tomado asiento y, pluma en mano, se habría puesto a definir -arbitrariamente por cierto- que hombres y mujeres son diferentes. Una vez establecida esa distinción, habría creado por la vía de un decreto inconsulto, la institución del matrimonio.

Desde entonces un grupo no menor de creyentes y/o conservadores (que para estos efectos son lo mismo) se habría obstinado en hacer pasar a la población entera por ese molde incómodo y saltaría cual inquisidor ante la más mínima proposición de los auténticos demócratas por introducir cambios en la materia. El hecho es que la costumbre que viene de tiempos inmemoriales (bastante anteriores al cristianismo) está siendo hoy, a propósito de esa tesis, sometida a revisión.

Que la idea de que “Rubén se casó con Juan, adoptaron muchos hijos y fueron felices para siempre” no me resulte ni romántica ni creíble no es razón suficiente como para no abrirse al debate. La pregunta, la pregunta esencial, es por qué ha sido así hasta ahora, y de qué forma un cambio como el que se propone puede afectar la estructura social.

Y aunque no quisiera ser yo quien hace cuestión de un texto bíblico ni menos quien limita el rango de su influencia, no puedo dejar de preguntarme si no se le sobredimensiona cuando se busca en él la explicación a una tradición milenaria. Porque tanto la distinción entre varones y mujeres como la costumbre de realizar matrimonios entre parejas heterosexuales es, digámoslo, milenaria. Tan milenaria que despacharla como si fuera una mera convención no acaba de convencerme.

Porque mi experiencia y no mi fe me inclinan a pensar que eso de que “varón y mujer los creó” es algo más fuerte que una convención. Si fue Dios o la selección natural el autor de esa distinción importa poco en este contexto, el hecho es que la diferencia parece trascender el ámbito de lo cultural. Y para demostrarlo puedo recurrir a cuestiones domésticas, porque habiéndome tomado en serio aquello de “multiplicaos y llenad la tierra” ocurre que tengo en mi casa una muestra estadística significativa como para hablar del asunto con autoridad.

Por de pronto, por las diferencias que veo entre mis hijos y mis hijas desde la más tierna infancia. Porque cuando voy a buscar a mi primogénito a la casa de un amigo y le pregunto apenas sube al auto “¿Cómo te fue?”, su respuesta es siempre la misma: “Bien”. Y por más que yo insista: “¿Y cómo lo pasaste?”, él se limita a agregar: “Bien”. Y aunque yo arremeta en busca de detalles “¿Qué hicieron?”, él responde siempre con precisión masculina: “Hartas cosas”. La escena es algo diferente cuando se trata de una de mis hijas, porque la información fluye tan vertiginosamente, que antes de que yo alcance a pedir detalles ya tengo muchos más de los que en realidad quería.

Las mujeres no tocan la pelota ni la miran salvo cuando juega la selección, pero lo hacen porque es una excusa para interactuar socialmente. Y aunque los hombres jueguen de vez en cuando con las muñecas, lo hacen para descuartizarlas, lanzarlas desde el segundo piso y en una de sus más recientes iniciativas, para ponerlas en la lata del horno. Muchas veces también se transforman en un método de tortura de sus hermanas, pero nunca los vi acunándolas ni tratándolas de modo ¿cómo decirlo? maternal.

Todos los días y a cada hora las reacciones de mis hijos son tan sexuadas, que apostar a que todo tiene su origen en la educación que les he dado o en el citado texto bíblico es, me parece, un poco exagerado. No es posible que en esa materia tengan una receptividad superlativa y que en todo lo demás deban aprender a palos.

Tampoco me resulta convincente eso de alterar la fórmula del matrimonio sobre la base de que el esquema bajo el cual se realizó hasta ahora responde a cuestiones puramente culturales. Porque no sólo en Occidente, también en la América Precolombina, en la China de Confusio, en la Francia de la Revolución Francesa y en los regímenes ateos del siglo XX, se realizó entre hombres y mujeres. Si hubo alguna variación fue de un hombre con varias mujeres o, modificación que yo me abriría a discutir, de una mujer con varios hombres.

Más que un invento divino o un decreto bíblico con fuerza de ley, yo me atrevería a decir que el matrimonio viene de fábrica. Y responde a un anhelo bien de fondo, que consiste en no querer estar solo. El “se casaron, tuvieron muchos hijos y fueron felices para siempre” es el final de todos los cuentos de hada solo porque es el deseo más profundo del corazón humano.

Obviamente todo puede cambiar. Que la idea de que “Rubén se casó con Juan, adoptaron muchos hijos y fueron felices para siempre” no me resulte ni romántica ni creíble no es razón suficiente como para no abrirse al debate. La pregunta, la pregunta esencial, es por qué ha sido así hasta ahora, y de qué forma un cambio como el que se propone puede afectar la estructura social. Repito: cómo puede afectar la estructura social, más allá de lo que digan creyentes, conservadores, fundamentalistas y homofóbicos.

Original la idea de que las cosas han sido como hasta ahora por razones culturales y religiosas. Original, pero sobre todo, risible.

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