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Buen día, mala época

por 7 junio, 2011

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Mirando los resultados electorales, uno se encuentra un número de verdades evidentes, que, de tan visibles, hieren.

Una es que una gran porción de las clases altas limeñas, que en el pasado apoyó a diversas dictaduras, a lo largo de décadas, incluyendo a la dictadura de Alberto Fujimori en los noventas, sigue empecinadamente enamorada de las soluciones autoritarias.

Otra es que un elevado porcentaje de la población limeña no sólo olvida consuetudinariamente la situación económica y de miseria social del resto del país, sino que no teme mantenerla, ahondar el centralismo, la desvinculación de la capital y el interior, que nace de la incapacidad de reconocer los problemas de los otros. Lima está conforme con el falaz crecimiento de una parte de su propia economía y los reclamos que vienen del resto del país no la conmueven.

Ante la victoria de Ollanta Humala hay quienes deseamos que su gobierno sea conciliador y concertador. Los parásitos de la televisión, anoche mismo, estaban ya deformando esa noción, convirtiéndola en una idea de "reconciliación" con "ese 50% de electores que preferían el fujimorismo". Esa, si no es una falacia o una simple mentira, es al menos una deformación maniquea de la realidad (la mitad de quienes votaror por Keiko Fujimori ayer no votaron por ella en primera vuelta).

El gobierno de Humala debe concertar, sí. Pero eso significa una negociación con todas las fuerzas democráticas del país, que son las que garantizarían la eliminación del riesgo autoritario. ¿Qué cosa pueden aportar los actores de la dictadura fujimorista a esa coalición? ¿Qué valor democrático se reafirmaría colocando al presidiario Alberto Fujimori o a sus testaferros en la mesa de negociaciones?

Más de un 30% de los electores peruanos prefirieron a Humala en primera vuelta, con su discurso al estilo Lula da Silva, con su versión moderna y puesta al día de una propuesta de izquierda más o menos moderada. Un 20% más, en segunda vuelta, prefirió eso antes que el regreso de la dictadura. El mandato de Humala, encontes, es claro:

Debe gobernar desde una izquierda moderada. Pero no debe, de ninguna manera, convertirse en ninguna de las dos cosas que la mayoría de los peruanos han rechazado a lo largo del proceso: ni un presidente rutinario, que se dedique a administrar la medianía sin expandir la agencia y el bienestar de los más pobres ni diversificar la economía del país; y no debe, de ningún modo, transformarse en un autócrata violentista y avasallante como lo fue Alberto Fujimori y como lo iba a ser, sin la menor duda, Keiko Fujimori, como títere de su padre y de su mafia.

La elección de Ollanta Humala no me deja feliz, claro. Hay muchas otras cosas que serían necesarias para la felicidad de los peruanos. Pero estoy convencido de que el resultado de ayer era el requisito necesario para el logro de todas esas cosas. Nada bueno hubiéramos conseguido recolocando a un criminal convicto en el poder, ni directamente ni por intermedio de sus herederos políticos.

Quizá, con el tiempo, quienes hoy se pasean por las calles del Perú con el hígado en la mano, lamentando la derrota de una banda de delincuentes, entiendan eso. Quienes hoy miran con ira a los votantes de Humala, deberán comprender que esos millones de peruanos les han salvado la dignidad por los próximos años. Pero, en el futuro, deberían aprender a salvársela solos: es inaceptable y vergonzoso que una masa numerosa de ciudadanos pretenda depositar el porvenir del país en manos de criminales y socios políticos de criminales. Se llama complicidad.

El fujimorismo no es un valor en el espectro político peruano, sino una mácula. En los próximos años intentará, porque eso es lo que le queda ahora, transformarse en una fuerza partidaria perdurable. La observación la hizo anoche Steve Levitsky en una entrevista televisiva (y Jaime de Althaus se cogió de ella para consagrar al fujimorismo como uno de los ejes duraderos y legítimos de la nueva política peruana). Si eso ocurriera estaríamos enfermando nuestra política por muchos años.

Un partido cuyos móviles son el delito, el robo, el asesinato, el abuso de los derechos humanos y la posterior excarcelación de los perpetradores, y que ni siquiera tiene el pudor (ni la inteligencia) para ocultar esos móviles detrás de la articulación de un sistema de ideas, es ponzoñoso, es una herida abierta. O es, peor aun, la marca supurante de la descomposición de otras heridas abiertas: la desmoralización de nuestra escena pública, la devaluación de nuestros marcos éticos, el hundimiento de nuestros sistemas de valores.

La parte de la sociedad peruana que ha rechazado al fujimorismo democráticamente, que se ha movilizado para rechazarlo mediante la acción elemental de depositar votos para expresar su voluntad, sin orquestar inmundas campañas de desprestigio, sin caer en los métodos del fujimorismo, no debe perder esta oportunidad para dejar en claro, meridianamente, que ayer el fujimorismo ha sido derrotado, no importa por cuán estrecho margen. En la elección más crucial que ha enfrentado esta generación de peruanos, la dictadura pasada y la potencial han sido sofocadas, rechazadas, puestas en su sitio.

Ese sitio no es el escaño de una negociación pendiente. Alberto Fujimori está en la cárcel: ese es su sitio. Montesinos está en la cárcel: ese es su sitio. Keiko Fujimori está corriendo a la prisión a llorar en el hombro de un criminal: ese es su sitio. El elenco de prepotentes fujimoristas que han regresado al parlamento son una resaca del pasado, y así deben ser vistos. Y la siguiente ola debe limpiarlos, debe limpiarnos de ellos.

Hoy es un buen día. Pero en la historia política de los países, los buenos días no aseguran la bondad de los días futuros. Humala tiene muchos aliados, y no todos serán positivos; tiene muchos rivales, radicales o circunstanciales, y no todos querrán cooperar en la construcción de una mejor sociedad. Tiene muchos observadores, muchos que votaron por él y comprometieron su vigilancia: esos son los que más valdrán a la larga. Porque Humala tiene dentro otro rival más grande: el Humala anterior, el de las ideas trasnochadas y los planes catastróficos.

Y Humala también tiene, en el fujimorismo, un enemigo corrupto, de todos los tipos de corrupción, que debería ser visto como el peligro común, para los que quieren ayudar a Humala y para los que esperan que Humala haga un gobierno que esté por encima de las expectativas, buenas y malas, que ha generado. ¿Qué tiene a su favor? Una cosa sobre todo: el respiro que significará verlo jurar este 28 de julio sabiendo que en su lugar pudo haber estado el terrible fantasma del pasado, el grotesco fantasma de la vieja dictadura.

Salimos de esta primera encrucijada; ojalá no se repita la amenaza nunca más. El Perú merece que el año 2016 no haya un Fujimori en una segunda vuelta, ni un Alan García. El Perú merece partidos serios y tiene poco tiempo para construirlos. Esa construcción debe generarse, sobre todo, fuera del parlamento, donde se congregarán por cinco años más las sombras de caudillaje, las sombras del clientelismo, las sombras de la corrupción y del personalismo. Ya es tiempo de volver a ser un país, si alguna vez lo hemos sido, y dejar las payasadas para el circo.

Una sola cosa más. Nuestra verdadera revolución llegará por la educación. El Perú insiste en verse a sí mismo como el país de los mediocres gacetilleros al estilo de Aldo Mariátegui, los panfletarios sin escrúpulos al estilo Jaime Bayly, los clowns irremisibles al estilo Raúl Romero, los propagandistas bajo la mesa al estilo Nicolás Lúcar.

El Perú no es eso. Y si lo es, no debe serlo. El Perú debe volver a ser el país de José María Arguedas, Manuel Gonzalez Prada, Clorinda Matto, José Carlos Mariátegui, César Vallejo, Martín Adán, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Blanca Varela; el país de Unanue, Leoncio Prado, Miguel Grau, Micaela Bastidas, Francisco Bolognesi, Maria Helena Moyano.

La fujimorización mató a ese país, tras mucho tiempo en que la sociedad oficial lo mantuvo malherido, convirtiendo a esas imágenes en retórica hueca y en figurillas de álbum. Detrás de esos nombres están las ideas que nos redimirán. Hay que volver a esos nombres, a esos libros, a esos ejemplos. No somos un país de mediocres; no tenemos que convivir para siempre con toda esta mediocridad.

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