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Gracias, pero no me cuide tanto

por 13 junio, 2011

El gobierno en general y el ministro Mañalich en particular, han decidido demostrarnos que saben mejor que nosotros qué es lo que nos hace bien y qué es lo que nos hace mal. Y sin más, prohibirnos, restringirnos o dificultarnos todo aquello que nos haga mal. Y lo anterior, sin la mínima consideración de propia consecuencia que le dé algo de credibilidad a este discurso.
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Una ley que endurece la restricción a fumadores. Otra que limita qué y cómo podemos adquirir alimentos. Iniciativa de aplicar restricción permanente a vehículos catalíticos, y ahora una comisión que estudiará recomendaciones ante la posible relación entre el celular y el cáncer cerebral.

Si algo esperábamos de un gobierno de derecha, claramente no era esto. Menos aún si consideramos que este gobierno llegó a La Moneda vestido de un ropaje liberal, con la promesa de ser menos juzgadores, menos paternalistas y menos autoritarios que lo que ha sido tradicionalmente su sector.

Era esperable una gestión económica que eliminara capas de burocracia que fueran barreras al emprendimiento. Pero, a excepción de ciertas banderas conservadoras que desean seguir definiendo la vida privada de las personas, no era esperable que este gobierno de derecha apostara tan decididamente a controlar qué hacemos, cómo lo hacemos y dónde lo hacemos, en lugar de liberar a las personas de las burocracias que, tal como en la esfera económica, hoy son impuestas en el ámbito personal de los chilenos y les impiden llevar su vida de forma que puedan sacarle el mejor provecho posible mientras no dañen a otros.

El gobierno en general y el ministro Mañalich en particular, han decidido demostrarnos que saben mejor que nosotros qué es lo que nos hace bien y qué es lo que nos hace mal. Y sin más, prohibirnos, restringirnos o dificultarnos todo aquello que nos haga mal. Y lo anterior, sin la mínima consideración de propia consecuencia que le dé algo de credibilidad a este discurso.

Podemos estar de acuerdo con algunos de los límites planteados. El daño a terceros bien puede justificar aumentar los límites al consumo del tabaco, mientras la protección a menores que no pueden tomar decisiones por sí mismos bien puede llevarnos a limitar su consumo de alimentos de alto contenido de sodio o grasas. Pero la completa ausencia de una agenda que le entregue poder y herramientas a las personas adultas para que puedan tomar sus propias decisiones es, por el carácter de este gobierno y en particular de su presidente, al menos sorpresiva.

Esto se puede apreciar, por ejemplo, en la carencia de nuevas medidas para entregar más y mejor información a los consumidores, para tomar mejores decisiones al enfrentarse con productos que puedan ser dañinos para la salud. Cuando éstas pudieron haber sido el eje de la discusión de la “Ley del Súper 8”, finalmente el peso quedó en las prohibiciones. Cuando las nuevas restricciones al tabaco pudieron haber sido acompañadas por una decidida campaña de información ciudadana, sólo nos quedamos con un poco más de lo mismo.

Las imágenes que vienen desde el propio gobierno tampoco ayudan. Mientras Cecilia Morel es embajadora nacional de la campaña “Elige Vivir Sano”, vimos a los ministros agolpándose en los locales de Dominó para celebrar el día del completo. Mientras se proponen prohibiciones para fumar en espacios públicos, el ministro Hinzpeter con el mismísimo presidente son vistos fumándose unos “puchitos” en los patios del Palacio de La Moneda.

El gobierno en general y el ministro Mañalich en particular, han decidido demostrarnos que saben mejor que nosotros qué es lo que nos hace bien y qué es lo que nos hace mal. Y sin más, prohibirnos, restringirnos o dificultarnos todo aquello que nos haga mal. Y lo anterior, sin la mínima consideración de propia consecuencia que le dé algo de credibilidad a este discurso.

Ministro Mañalich, gracias por preocuparse, pero no me cuide tanto.

Que me digan que algo me hace mal, no será suficiente para convencerme de no hacerlo. Que me lo prohíban, no bastará para evitar que lo haga.

Prefiero que me dé información para tomar decisiones antes que, como padre omnipresente, me prohíba lo que me pueda dañar. De hecho, exijo más información. Quiero poder comparar los contenidos de sodio y de grasa de los alimentos sin tener que usar una calculadora. Deseo que apelen más a mi inteligencia que a mi miedo por la ley cuando me quiera fumar un pucho, manejar un catalítico o hablar por celular. Me gustaría que, de una buena vez, me traten como un adulto. ¿Será mucho pedir?

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