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Almuerzo en La Moneda: ¿reformas sociales o políticas?

por 16 junio, 2011

El sistema binominal, tan bien adecuado a las necesidades de estabilidad política de la transición, ha perdido su eficacia. Desde luego, obliga a conformar grandes coaliciones que convergen al centro, sin considerar las diversidad y multiplicidad de intereses surgidos del propio mercado y la mayor libertad; los partidos en coaliciones pierden sus atributos diferenciadores y se transforman en commodities.
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El almuerzo en La Moneda al que el Primer Mandatario invitó a los presidentes de partidos con representación parlamentaria para buscar fórmulas que faciliten la concreción de su agenda programática tuvo un primer resultado políticamente previsible. Con un Ejecutivo presionado por manifestaciones estudiantiles y medioambientales, una oposición concertacionista en su peor momento de popularidad y una izquierda emergente buscando mejor posición, la reacción de los actores caía de maduro.

El Gobierno, sin mayoría en el Parlamento, está obligado a buscar acuerdos, habida consideración de la brusca caída de adhesión que lo tiene en los peores índices de administración alguna desde 1990. De allí también que sea lógico que en su agenda social vea la herramienta para repuntar en las encuestas.

La oposición concertacionista, por su parte, aún sin una estrategia definida en su nuevo rol y en los más bajos niveles de adhesión de su historia, está obligada a jugar el doble papel de “lucha y unidad”, porque su capital político de centro le exige un comportamiento responsable frente a proyectos sociales del Gobierno –de allí la aprobación record de leyes en el Congreso durante el primer año de la actual administración- mientras su izquierda presiona por una oposición más dura que responda con mayor fidelidad a las insatisfacciones de los nuevos actores en educación y medioambiente, evitando una mayor migración hacia la izquierda extra-Concertación. Esta, a su turno, consecuente con sus conveniencias comunicacionales y políticas, simplemente no asistió al almuerzo y entregó una carta en la que dio a conocer su posición.

El sistema binominal, tan bien adecuado a las necesidades de estabilidad política de la transición, ha perdido su eficacia. Desde luego, obliga a conformar grandes coaliciones que convergen al centro, sin considerar las diversidad y multiplicidad de intereses surgidos del propio mercado y la mayor libertad; los partidos en coaliciones pierden sus atributos diferenciadores y se transforman en commodities.

Resultado: el encuentro concluyó con diferentes diagnósticos y, por consiguiente, divergentes soluciones. Mientras el Gobierno dijo que el énfasis debe ser puesto en una más ágil aprobación de su agenda social, los partidos de la Concertación pidieron una serie de proyectos vinculados a cambios del actual sistema político-electoral. Es decir, el diagnóstico del Gobierno parece explicar el actual malestar ciudadano en los “problemas reales de la gente” -mejor educación, salud, ambiente, vivienda o previsión- mientras que el de la Concertación concluye que las señales que la ciudadanía está dando apuntan a problemas políticos, es decir, más democracia, participación, transparencia, distribución del poder e ingreso.

Como en todas estas polémicas, que se transmiten de modo maniqueo por razones de comunicación e impacto, ambos sectores tienen algo de razón. Desde una perspectiva sistémica los dos factores están presentes, según sea el foco en que se concentre el análisis y la evaluación que se haga de los poderes emergentes en juego en la ecuación.

En efecto, las “revoluciones TIC” del siglo XXI son hijas de la convergencia política que el dinero y el mercado globalizado ha ido construyendo. Tras la caída de los “socialismos reales”, el poder del capital, como un “hoyo negro”, ha arrastrado las tradicionales posiciones político-económicas y sociales de izquierdas y derechas hacia un nuevo tipo de ejercicio, en el que lo verdaderamente incumbente son las voluntades y estrategias empresariales que impulsan el crecimiento de acuerdo a señales del mercado. En dicho marco, las izquierdas han perdido su relevancia transformadora del sistema, mientras que la derecha ha tomado banderas sociales que lo legitiman, a través de políticas del Estado para mejorar el estándar de vida para los sectores más pobres, convirtiendo al primer y segundo quintil en nueva clientela electoral, gracias a los centenares de programas destinados a suplir sus problemas “reales”. Pero estos sectores si bien son incidentes en las elecciones, no lo son, por su escasa representación y organización social, en el día a día de la política.

Desde luego, la Concertación, que con su centro-izquierdismo encarna con mayor claridad la convergencia producida por la fuerza del capital y del mercado, está forzada a medir su aprobación a tales proyectos, denunciar su “letra chica” y conseguir que, de aquellos, parte de su “perfeccionamiento” le sea atribuido, con el propósito de no seguir perdiendo el capital político que explicó por casi 20 años su hegemonía. Así y todo, el mayor perjudicado con la nueva situación han sido las capas medias, más cultas y políticamente más maduras, los profesionales y técnicos, los universitarios, los hijos de la administración pública, de las Fuerzas Armadas, los profesores, en fin, del tercer quintil, que participan en organizaciones intermedias y tiene capacidad de presión social -y de consumo- para coordinarse a través de las redes sociales.

Aquellos, aún con sus problemas económicos, endeudamiento y great expectation, como diría Dickens, ya superaron la fase del consumo básico, están en el mercado y quieren de la política una calidad de elección y participación similar. No quieren ser simples consumidores, sino ciudadanos, personas cuya opinión vale y se respeta. De allí que la Concertación apunte a reformas políticas, pues el actual sistema electoral está en la base del descrédito de la “democracia representativa”, la única empresa viable en la que sus elites pueden perdurar en una economía ultra-concentrada.

El sistema binominal, tan bien adecuado a las necesidades de estabilidad política de la transición, ha perdido su eficacia. Desde luego, obliga a conformar grandes coaliciones que convergen al centro, sin considerar las diversidad y multiplicidad de intereses surgidos del propio mercado y la mayor libertad; los partidos en coaliciones pierden sus atributos diferenciadores y se transforman en commodities; las propias alianzas, que buscan al elector de centro, abandonan sus diferencias, convirtiendo a sus partidos en simples maquinas de poder pragmáticas, oligarquizándolos. Las elites partidarias instaladas juegan a las “sillas musicales” y la gente asiste a un espectáculo del que se siente totalmente ajena: las máquinas designan sus candidatos y parlamentarios, las propuestas ciudadanas son despreciadas, los partidos y candidatos pierden legitimidad por su cada vez menor representatividad y a mayor abundamiento, como el sistema binominal convierte al socio de la coalición en la principal amenaza, cuando llega a la Presidencia un militante del partido A, el partido B tiende a transformarse en oposición interna, con miras a las próximas elecciones.

Por eso, sin modificaciones políticas, tampoco serán muy viables las sociales, ni económicas. Parece, pues, llegado el tiempo del verdadero cambio. Uno profundo, como el que se instaló en la economía, en el que el ciudadano tenga derecho amplio y múltiple a elección, en el que sus exigencias de calidad, transparencia, participación, diversidad y mayor control de las consecuencias del accionar político, sea respetado y eficaz. De otro modo, las movilizaciones sociales fuera de los canales “institucionales” continuarán.

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