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¿Miedo a las universidades públicas?

por 21 junio, 2011

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No le tengo miedo a las universidades públicas tal como afirmaba en una columna Guillermo Tejeda. Estudié en una época en la cual la gran mayoría lo era, y aunque mi propia universidad, la Católica de Santiago, es privada, era sostenida por el Estado y prácticamente no cobraba aranceles altos, como los de hoy. La educación superior era efectivamente gratis, o casi gratis. Pero era un sistema altamente selectivo y elitista, sólo para unos pocos. Cuando salí del país en 1973 hacia Inglaterra me encontré con otro sistema completamente estatal y gratuito de universidad. Era parte del gran Estado de bienestar que aseguraba salud, previsión, vivienda y educación para todos. Aprendí a admirar la igualdad y mayor justicia que eso representaba. Trabajé en una universidad británica por más de 20 años: fui parte activa de un sistema que admiraba y que también existía en Alemania, Suecia, Francia, etc.

Pero también presencié el deterioro progresivo de ese sistema y la creciente renuencia de gobiernos sucesivos a financiarlo apropiadamente. Lamentablemente no es cierto que “Chile avanza solitario en un sistema que pretende mejorar la educación destruyendo la educación pública”. Chile es solo uno más de los países en los cuales crecientemente el Estado no se considera capaz de financiar toda la educación. Hoy día muchos británicos deben pagar 5 mil libras al año (cuatro millones de pesos) por su educación y tienen que endeudarse para pagarlos, igual que en Chile. Las condiciones para investigar y enseñar en la universidad se han deteriorado marcadamente. Lo mismo está empezando a pasar en otros países europeos. Chile no es único en esto.

No es cierto que “Chile avanza solitario en un sistema que pretende mejorar la educación destruyendo la educación pública”. Chile es solo uno más de los países en los cuales crecientemente el Estado no se considera capaz de financiar toda la educación. Hoy día muchos británicos deben pagar 5 mil libras al año (cuatro millones de pesos) por su educación y tienen que endeudarse para pagarlos, igual que en Chile.

La dictadura abrió las puertas a un sistema mixto, con participación de privados. Sin duda recortó el financiamiento de las universidades estatales y se crearon conglomerados que invirtieron en universidades privadas con claros fines de lucro, violando el espíritu y la letra de la ley. Pero también se crearon otras universidades privadas que no tienen fines de lucro y reinvierten todos sus excedentes, si los logran, en el mejoramiento de la docencia y la investigación de la propia universidad. Varias de ellas también se pretenden pluralistas y públicas en el sentido de conscientes del carácter público de su misión educadora. Cuando volví de Inglaterra en 1995 me encontré con este sistema ya establecido. Mirando como marcha el mundo, no creo que haya vuelta atrás  y que se pueda retornar a la educación gratuita para todos financiada por el Estado. Más bien es necesario ser realista y ponerse a pensar cómo hacer viable un sistema mixto con normas claras y trasparentes, que no discrimine entre estudiantes como lo hace ahora y que tenga altos estándares de calidad.

Sobre todo, miremos la complejidad del problema y evitemos simplificaciones excesivas. Abandonemos las frases hechas y la idea de que todas las universidades públicas, por definición o “porque están hechas para eso” como dice Tejeda, son paladines de la tolerancia, la investigación y la docencia. Hay universidades públicas que no pueden acreditarse o que recurren a subterfugios para hacerlo porque son de muy mala calidad. Hay una universidad estatal por ahí en Santiago que subcontrató a una empresa privada para administrar la carrera de técnico jurídico, que en los hechos era inservible para encontrar trabajo, engañando a cientos de jóvenes. La empresa contrataba a los profesores y cobraba los aranceles.

En los hechos hoy día algunas universidades privadas son mejores que algunas estatales. Se dirá que esto es porque el Estado les niega el financiamiento. Pero no nos engañemos, también ellas cobran los aranceles que quieren y son de peor calidad que muchas privadas. Imagínense lo que las mejores de las privadas podrían hacer si tuvieran siquiera la mitad del aporte directo que recibe la última de las universidades estatales. Pero esto no significa que no siga siendo partidario de que el Estado financie bien al núcleo mejor de las universidades estatales, especialmente a la universidad de Chile y a la de Santiago. Sólo abogo por que el Estado, de una vez por todas, diseñe un sistema de educación superior integrado en el que universidades estatales, privadas no de lucro y privadas de lucro tengan normas claras y trasparentes de funcionamiento y estándares conocidos de calidad y, sobretodo, que no discrimine en sus subsidios directos a los estudiantes del sistema.

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