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Matrimonio entre homosexuales

por 22 junio, 2011

Algunos dicen: “La propuesta está en contradicción con tal artículo de la Constitución, o tal y tal norma del Código Civil”. ¿Acaso es ese el problema? Cambiemos entonces esos textos. ¿Por qué no? Quizás se argumente que eso llevaría a una “pendiente resbaladiza” de modificaciones que desordenen el país. Tal miedo es injustificado: actualmente son muy pocos los casos “en carpeta”.
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El debate sobre el matrimonio entre homosexuales, tanto en este como en otros medios, ha sido riquísimo. No son muchos los argumentos que se han presentado, pero los esfuerzos justificatorios han abordado un sinnúmero de dimensiones de la vida, ya sea psicológicas, jurídicas, biológicas y léxicas. Suele pasar esto cuando se discuten problemas de fondo.

Hemos visto sin duda ciertos vicios frecuentes; se han esgrimido eso que podríamos llamar “cortinas de humo argumentativas”, por ejemplo cuando se ofrecen supersticiones respecto a la primordial función reproductora del matrimonio. Mi impresión es que quienes defienden este punto en específico no piensan realmente eso, pero recurren a él para respaldar su oposición al matrimonio entre homosexuales.

Quisiera criticar aquí dos premisas nítidamente observables en algunas argumentaciones conservadoras: la idea de que una ley no puede o no debe cambiarse, y la creencia de que la definición de matrimonio describe un estado de cosas objetivo en el mundo, es decir, que el término “matrimonio” apela a una esencia estable y estática de éste. Ambas premisas constituyen puntos de partida altamente discutibles y que requieren por ello de una adecuada defensa.

Algunos dicen: “La propuesta está en contradicción con tal artículo de la Constitución, o tal y tal norma del Código Civil”. ¿Acaso es ese el problema? Cambiemos entonces esos textos. ¿Por qué no? Quizás se argumente que eso llevaría a una “pendiente resbaladiza” de modificaciones que desordenen el país. Tal miedo es injustificado: actualmente son muy pocos los casos “en carpeta”.

Si nos tomáramos en serio la libertad y por ende la autonomía de la que felizmente disponemos, resulta extraño pensar que aquellas leyes que nos hemos dado a nosotros mismos no puedan modificarse. Algunos dicen: “La propuesta está en contradicción con tal artículo de la Constitución, o tal y tal norma del Código Civil”. ¿Acaso es ese el problema? Cambiemos entonces esos textos. ¿Por qué no? Quizás se argumente que eso llevaría a una “pendiente resbaladiza” de modificaciones que desordenen el país. Tal miedo es injustificado: actualmente son muy pocos los casos “en carpeta”.

Respecto a la definición de matrimonio, es evidente que no estamos ante una definición similar a la de triángulo. Puesto que es una palabra que denota un objeto cuyos límites no son claros y distintos –eso que pactan formalmente dos seres humanos– toda definición que se dé nunca es neutra, esto es, independiente de intereses en pugna. Edward Schiappa, en su libro “Defining Reality: Definitions and the Politics of Meaning” (2003), analiza varios casos emblemáticos de este tipo. Uno especialmente interesante fue la discusión norteamericana de “pantano”: había 500 mil hectáreas en la balanza, las cuales podían convertirse en proyectos inmobiliarios o bien en áreas protegidas.

Creo que la discusión tiene que ir por otro lado. Si ha de ser ésta razonable, es preciso que las partes sinceren máximamente sus posiciones. Pienso que lo que debemos preguntarnos es qué está en juego en esta discusión. Como en todo asunto político de importancia, de lo que se trata es de deliberar acerca de cómo queremos vivir. Siendo más específico, la pregunta sería: ¿Queremos vivir en un país verdaderamente tolerante? Quienes se oponen deberían decirnos por qué no: ellos tienen el peso de la prueba.

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