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Educación: la pregunta para el maestro

por 4 julio, 2011

No debemos seguir educando una masa de ciudadanos obedientes, sino que individuos conectados por medios y redes, que deben contar con las herramientas de cuestionar lo que leen en Wikipedia, en la prensa, y lo que les dicen los políticos. Las manifestaciones de las últimas semanas demuestran que ya lo están haciendo – o sea, que la educación que se les esta entregando ya no esta a la altura de su quehacer actual, para qué hablar del futuro.
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Como descubrió Jenofonte cuando visitó el Oráculo de Delfos, para resolver un problema hay que saber qué pregunta hacerse. Una buena pregunta establece la hoja de ruta. Pueden aparecer desafíos y obstáculos en la ruta, pero por lo menos el objetivo final está claro.

Un problema del debate actual sobre la educación en Chile es que no nos estamos haciendo la pregunta adecuada. Por eso los petitorios comienzan a crecer como una lista de compras. Todos quieren algo. Pero ¿para qué? ¿Cuál es el objetivo que como sociedad queremos que cumpla el sistema de educación?

Según un estudio de la Universidad de Chile, el sistema de educación actual pareciera tener tres propósitos generales: la formación moral, los saberes para enfrentar las dificultades de la vida, y la capacitación técnica para encontrar empleo. En realidad el segundo punto está compuesto en parte por el primero y en parte por el segundo, por lo que se podrían reducir a dos objetivos principales, que en su conjunto intentan crean seres que contribuyen a la sociedad aplicando conocimiento e ideas que otros les entregan.

Desde 1981, entonces, se puede observar un sistema de educación, tanto en sus etapas primaria y secundaria como en la educación superior, que apunta o a la educación y socialización moral y cultural, o a la formación técnica y profesional. En el caso del primer objetivo, se establecieron instituciones, bajo el alero de la libertad de elección, diseñados básicamente para asegurar que nuestros hijos se educaran en un ambiente socialmente aceptable, con compañeros, apoderados y profesores que compartieran una visión común del mundo. Esencialmente, con “Gente Como Uno”. En el caso del segundo, el sistema de educación se encargó, cada vez más, de entrenar a los jóvenes para que pudieran ser miembros productivos de la sociedad. Esta doble visión creó un sistema enfocado en lo particular, lo religiosamente, profesionalmente, o culturalmente sectario. Es un sistema enfocado en lo chico. No habla de un país en grande.

No debemos seguir educando una masa de ciudadanos obedientes, sino que individuos conectados por medios y redes, que deben contar con las herramientas de cuestionar lo que leen en Wikipedia, en la prensa, y lo que les dicen los políticos. Las manifestaciones de las últimas semanas demuestran que ya lo están haciendo – o sea, que la educación que se les esta entregando ya no esta a la altura de su quehacer actual, para qué hablar del futuro.

Cabe señalar que tanto la educación particular como la pública han sido sujetas a estas dos visiones, y ninguna de las dos es particularmente nueva. En 1836 Don Andrés Bello proclamaba que la educación debiera ajustarse a fines útiles, y el conocimiento entregado a las clases trabajadoras no debiera ir mucho más allá de lo que les pudiera servir para ganarse la vida. Cualquier intento de entregarles más que eso sería dañino para la sociedad. Las bases para una educación profesionalizante estaban sentadas. La moda actual por formular currículos en función a ‘competencias’, no es ni más ni menos que una nueva versión del pragmatismo de Bello.

Lo que tenía claro Bello, al igual que los impulsores prusianos del modelo humboldtiano, era que uno de los objetivos principales de la educación pública era la construcción de un estado, es decir, que la formación universitaria resultara en la creación de una élite tanto para el estado, como para la enseñanza pública: Maestros y mandarinos.

Se observó en el sistema universitario chileno, bajo la influencia del humboldtismo, una tercera característica: la fusión de enseñanza con investigación. Sin embargo, el objetivo de crear nuevas élites parece haber influido en que se enfatizara más el primero que el segundo. Si durante los siglos XIX y XX nuestras universidades tradicionales, y especialmente la Universidad de Chile, atrajeron a alumnos de toda la región, era por la fuerza de sus proyectos pedagógicos más que por ser centros mundiales de investigación.

Vemos, entonces, cómo las reformas de las últimas tres décadas, más que cambiar radicalmente la trayectoria del sistema de educación, no hicieron más que profundizar y consolidarla.

Hoy, entonces, las demandas por mejorar la educación debieran ser reformuladas no en base a algún ideal del siglo pasado (que nunca existió), sino de las necesidades de la sociedad del siglo XXI. La pregunta debe ser ¿de qué manera nuestro sistema de educación puede contribuir al Chile del futuro?

Podemos suponer que nadie se opondría a un modelo que apunte hacia el compromiso, la calidad y la competividad. Compromiso, en el sentido de asegurar que todos los que quieran estudiar lo puedan hacer. El segundo punto implicaría implementar los mecanismos, desde las políticas de reclutamiento de profesores hasta la acreditación, que permitan realizar docencia e investigación de calidad. Y por competitividad me refiero a trabajar para que la educación, y en particular las universidades chilenas, logre competir en un mundo globalizado e interconectado.

En esto, las dos líneas conductoras descritas arriba no tienen sentido. Primero, la visión del profesor como transmisor de conocimiento deja de hacer sentido en la edad del Internet, en que los estudiantes pueden conseguir información más actual, y más rápidamente, al mismo tiempo que expone el maestro en el aula.

Segundo, si el profesor ya no entrega información, lo que debe hacer es enseñar a pensar, analizar, cuestionar. O sea, todo lo contrario de lo que querían Bello y Humboldt. No debemos seguir educando una masa de ciudadanos obedientes, sino que individuos conectados por medios y redes, que deben contar con las herramientas de cuestionar lo que leen en Wikipedia, en la prensa, y lo que les dicen los políticos. Las manifestaciones de las últimas semanas demuestran que ya lo están haciendo – o sea, que la educación que se les esta entregando ya no esta a la altura de su quehacer actual, para qué hablar del futuro.

Tercero, progresar no significa volver para atrás. La Universidad de Chile, como otras universidades públicas, cumple un papel especial en el sistema, pero debe hacerlo desde la vanguardia del conocimiento, sin defender intereses que, en vez de impulsar hacia delante, impiden el progreso. Esto significa, por ejemplo, atraer a los mejores académicos, con doctorados, del mundo. Actualmente, extranjeros, si es que están dispuestos a venirse a Chile a trabajar en una universidad pública, tienen que convalidar –en un proceso engorroso, largo y costoso– sus títulos profesionales (concepto que en muchos países ni si quiera existe). ¡Si el día de mañana la Universidad de Chile quisiera traerse a un Premio Nobel, le pedirían que convalide su título de pregrado!

Cuarto, las principales universidades del país deben consolidarse como centros mundiales de investigación. Hay que aprender a elegir las batallas. Es poco probable que las universidades tradicionales le ganen a las privadas en el mercado del pregrado, pues en las condiciones actuales es una competencia demasiado desigual. Sin embargo, donde las tradicionales le siguen ganando, por lejos, a las privadas, es en el campo de la investigación. Las universidades tradicionales deben tomar con ganas y orgullo su rol de ‘research university’, ser centros de creación de nuevo conocimiento. Los rankings internacionales de research universities (a diferencia de los rankings usualmente citados, que toman en cuenta otros indicadores), se centran en la cantidad de doctores y post-docs, la cantidad de investigación que se realiza, en términos de fondos de investigación (incluyendo, pero no exclusivamente, fondos públicos nacionales), los puntajes de entrada de sus estudiantes, y la cantidad de académicos que cuentan con algún tipo de distinción (premios Nóbel, premios nacionales, miembros de academias nacionales, etc.). En este ámbito, las universidades tradicionales siguen liderando el mercado chileno. Su desafío debe ser la implementación de políticas que permitan su mejoramiento en los rankings internacionales como centros de excelencia en investigación, aprovechando, en el mejor sentido de la competencia de mercado, sus ventajas competitivas.

Estos grandes temas parecieran estar ausentes del debate actual sobre educación, pero con nuestros estudiantes liderando un gran movimiento en pos de una mejor educación, es un momento para tomar una pausa y hacerse las grandes preguntas. Si no nos hacemos las preguntas adecuadas, en el momento adecuado, como le contestó Sócrates a Jenofonte cuando éste le contó lo que le había dicho el Oráculo, no nos quedará más que vivir con las consecuencias.

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