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La península de los Bakanes

por 6 julio, 2011

Los bakanes son felices, hoy más que nunca. Ganen o pierdan ahora, habrán ganado y lo saben. Por eso se toman sus escuelas, hacen turnos, se relevan, juntan algo de dinero para cocinar y capear el hambre y el frío. Escriben pancartas, ironizan, se burlan de la autoridad, comparten, discuten, marchan. Graban videos, los difunden, realizan debates en los campus y facultades, prorrogan el paro hasta ser efectivamente escuchados, escriben lienzos y petitorios al son de bandas de rock y cumbia chilena.
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Hacia el año 2004, el Centro de Investigación para el Desarrollo de la Educación (CIDE) lanzó el documental “La Península de los Volcanes”. En éste se entremezclaban las historias de cuatro adolescentes chilenas de enseñanza media. Dos de ellas pertenecían a familias acomodadas; y las otras dos a hogares de bajos ingresos. El nombre del documental no es azaroso. En la filmación de una clase en una escuela municipal, el profesor de historia habla sobre el origen de la democracia en Grecia, en la Península de los Balcanes, y recalca “¡ojo! de los Balcanes, no de los volcanes”.

El incesante y tedioso dictado y la escasa atención de los alumnos al docente daban cuenta de las deficiencias que exhibe el sistema educativo chileno. Dos años después de su estreno, la mayor parte de los estudiantes de la educación pública protagonizan la llamada Revolución Pingüina, catalogada como la mayor revuelta social ocurrida en Chile tras la dictadura.

La realidad del 2011 pareciera recoger bastante de la experiencia de los pingüinos de 2006, con la diferencia de que el movimiento está más maduro, existe una mayor articulación con las reivindicaciones de los estudiantes de universidades públicas y privadas, y se apunta de lleno hacia reformas estructurales, como el cambio a la Constitución, más que a la exigencia de recursos.

Los bakanes son felices, hoy más que nunca. Ganen o pierdan ahora, habrán ganado y lo saben. Por eso se toman sus escuelas, hacen turnos, se relevan, juntan algo de dinero para cocinar y capear el hambre y el frío. Escriben pancartas, ironizan, se burlan de la autoridad, comparten, discuten, marchan. Graban videos, los difunden, realizan debates en los campus y facultades, prorrogan el paro hasta ser efectivamente escuchados, escriben lienzos y petitorios al son de bandas de rock y cumbia chilena.

Adolescentes y jóvenes, pingüinos y universitarios, enfrentan hoy un nuevo escenario. Superan el cerco mediático a través de las redes sociales, y logran autoconvocarse a las marchas más multitudinarias desde 1989. Sus dardos no apuntan sólo al gobierno o a la deuda social de la Concertación, sino hacia un modelo económico profundamente desigual y deshumanizado.

Protestan contra un Estado que apenas financia el 16% del gasto en educación superior; contra una institucionalidad que protege la libertad de enseñanza, pero no la equidad y la calidad de la educación; contra la desigualdad de recursos que genera la municipalización de las escuelas; contra la segregación de estudiantes que consagra la selección en los establecimientos subvencionados; y contra los intereses usureros que pagan los jóvenes de los sectores medios y populares mes a mes a la banca para poder costear los aranceles de las universidades privadas. Protestan en definitiva contra la educación de clase existente en Chile.

Al contrario de lo que señala Eugenio Tironi, quien los sindica como el resultado de lo que él llama la “enfermedad 15-M” –una suerte de neohippismo que surge en una sociedad que se acerca a los 15 mil dólares per cápita y deja atrás la lucha contra la escasez- estos jóvenes son la expresión viva de la contradicción entre esa cifra ilusoria y el hecho real de que el 60% de los chilenos reciba ingresos promedio peores que los de Angola; de un país que dice codearse con las grandes economías globalizadas siendo la nación número 15 más desigual del mundo; de una cobertura escolar sin precedentes, y resultados SIMCE y PSU que revelan crudamente la enorme brecha existente en la educación apartheid chilena.

Son jóvenes que se rebelan, son descreídos, no retraídos. Están creando un nuevo país, uno imaginario y a la vez real: la Península de los Bakanes, un territorio democrático desde sus cimientos, uno en el que todos participan y dan opiniones, uno que estimula la creatividad, que rechaza el individualismo y apuesta por la organización. Sus armas son apenas las patas de unas sillas apuntando hacia las calles, sus think tanks las asambleas, y su parlamento la sala de clases.

Los bakanes son felices, hoy más que nunca. Ganen o pierdan ahora, habrán ganado y lo saben. Por eso se toman sus escuelas, hacen turnos, se relevan, juntan algo de dinero para cocinar y capear el hambre y el frío. Escriben pancartas, ironizan, se burlan de la autoridad, comparten, discuten, marchan. Graban videos, los difunden, realizan debates en los campus y facultades, prorrogan el paro hasta ser efectivamente escuchados, escriben lienzos y petitorios al son de bandas de rock y cumbia chilena.

Nos hablan a nosotros, nos interpelan. Nos dicen que no quieren más el país que tenemos y nos preguntan si acaso nosotros lo hacemos. No están para más dilaciones, ni comisiones, ni componendas menores, ni fórmulas subsidiarias. Exigen que por una vez sean los ciudadanos quienes decidan el tipo de educación que desean tener, a través de un plebiscito. Cada día suman más apoyo, y esperan ahora que el país los comprenda, que prenda, que encienda. Que nadie los detenga.

Reclaman lo que es justo, nada más, pero nada menos. Más que indignados, son dignos. Tergiversados e incomprendidos por los poderes fáticos, los bakanes no hacen más que luchar por sus derechos y contra la injusticia de cuna, de barrio, de aula, de empleo. Pero en este mundo al revés, en el falso país 15-M, en el país en que Abel mató a Caín, al gobernante le cuesta entenderlo.

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