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Elogio de la locura política

por 7 julio, 2011

Elogio de la locura política
Son sólo argumentos emocionales (o necios) los que se utilizan para argumentar contra las represas, a favor del aborto o del matrimonio entre personas del mismo sexo y, sobre todo en los últimos días, también en la discusión sobre la educación.
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Este año se cumplen 500 años desde la publicación, en 1511, de la obra que Erasmo de Rotterdam dedicó a su amigo Tomás Moro, llamada “Elogio a la Locura”.

En dicha obra (ícono del movimiento humanista), Erasmo señalaba que para ser feliz y eficaz en este mundo, hay que ser un poco estúpido, necio o loco (Erasmo los utiliza como sinónimos, pero usaré “necio” por ser el que más se ocupa en su obra).

Decíamos, entonces, que Erasmo consideraba que hay que ser un poco necio para tener éxito y ser feliz en esta vida y, específicamente en algunos lugares de su libro, se refiere a esta verdadera “virtud” aplicada al ámbito de la política.

Sin la necedad humana, señala Erasmo, no habría sociedad posible ni convivencia pacífica entre los hombres, porque sin una cuota de necedad “el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, el señor a su criado, la criada a su dueña, el discípulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido….”

Se ha perdido la búsqueda de la verdad en el debate público, porque muchas veces para los políticos y para los propios ciudadanos, el saber la “verdad”,  “… es a costa de la alegría de la vida, pues en último resultado, el espíritu humano está hecho de tal manera que le es más accesible la ficción que la verdad”.

Señala Erasmo también que “el que aspire a vivir entre los hombres, debe abstenerse de toda sabiduría”, porque los sabios o muy inteligentes no tienen ninguna capacidad humana para sobrevivir en contacto con otros hombres, porque esos sabios,  “mientras filosofaban acerca de las nubes y de las ideas y contaban los pasos de una pulga y se extasiaban con el zumbido de un mosquito, no aprendían aquellas cosas que les eran más necesarias para la vida”.

Así, enfatiza Erasmo, el sabio es “del todo inhábil para las cosas ordinarias y como discrepa enteramente de las opiniones y de las costumbres del vulgo, resulta absolutamente inútil para sí, para los suyos y para la patria; por lo cual se comprende también que tal diferencia de conducta y de sentimientos debe hacerles aborrecible para todo el mundo”.

Incluso se arriesga a decir que “Nunca ha habido gobiernos más funestos para las naciones que aquellos en que el Poder cayó en manos de algún filosofastro o de algún aficionado a las letras”.

Concluye Erasmo que un gobernante o político, para sobrevivir en las arenas del poder, debe tener la habilidad de la mayoría de los hombres que “o se avienen a hacer como que no ven, o se engañan con mucha cortesía”, pues ésta sería la única forma de representar bien la comedia humana y, sobre todo, la comedia de la política y el poder.

Quinientos años después de la obra de Erasmo de Rotterdam podemos ver la actualidad de su mensaje. La “necedad política” de estos últimos años sigue los mismos parámetros y responde a las mismas lógicas, sólo difiere el envoltorio.

La “locura o necedad” que Erasmo describía hace 500 años, llevada a sus extremos en política, no es más que la descripción del “neopopulismo” que hoy vivimos. Ese neopopulismo basado en el juego de las emociones más que en los argumentos de la razón y donde los actores públicos, más que intentar hacer política, lo que hacen es vender “emociones” políticas.

Son sólo argumentos emocionales (o necios) los que se utilizan para argumentar contra las represas, a favor del aborto o del matrimonio entre personas del mismo sexo y, sobre todo en los últimos días, también en la discusión sobre la educación.

Se argumenta no con la razón, sino en base a situaciones límites, que sólo destacan casos excepcionales y que, dado su propio carácter excepcional, no pueden servir de referencia para regular lo general.

Se ha perdido la búsqueda de la verdad en el debate público, porque muchas veces para los políticos y para los propios ciudadanos, el saber la “verdad”,  “… es a costa de la alegría de la vida, pues en último resultado, el espíritu humano está hecho de tal manera que le es más accesible la ficción que la verdad”.

Pero, sin duda, lo más penoso de esta situación es la respuesta que nos da Erasmo ante la pregunta de si esta falta de sabiduría, competencia y conocimientos hace infeliz o desgraciado al hombre (en nuestro caso al político). Su respuesta es lapidaria: “… del mismo modo que el caballo no es desgraciado porque desconozca la gramática, así el hombre tampoco lo es porque sea necio, puesto que la necesidad hallase conforme con su naturaleza”.

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