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Se acaba la fiesta

por 7 julio, 2011

Se acaba la fiesta
La clase política, sorda, ciega, y por desgracia no también muda, no logra entender lo que está pasando. Sigue sacando ridículos cálculos electorales que sólo a ella interesan o tratando de sumarse a última hora a movimientos que no fue capaz de iniciar ni anticipar. No logra entender que detrás del descontento que revienta un día por la educación, otro por la ecología, otro por el cobre, se encuentra básicamente la rebelión contra un sistema impuesto a culatazos.

“El gobierno me roba a mí”. Eso se alcanzó a escuchar fugazmente a un muchacho esposado y tendido boca abajo sobre el pavimento, por ladrón, en una de las tantas noticias sobre delitos que nos presenta noche a noche la televisión.

Me trajo a la memoria un documental sobre la Revolución de los Pingüinos – jamás mostrado en televisión, por supuesto – que pude ver en exhibición privada hace algunos años. En una de sus secuencias la cámara entra con dos estudiantes a la casa de un conocido senador de la Concertación que los ha invitado para tratar el tema. Al entrar al living y ver la decoración, mobiliario, lámparas y tapices, uno le dice al otro en voz apenas audible: “Aquí están nuestros impuestos”.

La clase política, sorda, ciega, y por desgracia no también muda, no logra entender lo que está pasando. Sigue sacando ridículos cálculos electorales que sólo a ella interesan o tratando de sumarse a última hora a movimientos que no fue capaz de iniciar ni anticipar. No logra entender que detrás del descontento que revienta un día por la educación, otro por la ecología, otro por el cobre, se encuentra básicamente la rebelión contra un sistema impuesto a culatazos y que transformó las necesidades básicas de la población en rentables negocios para una clase privilegiada.

La Concertación sigue sin aceptar que ganó muchas elecciones nada más que porque al otro lado estaban los que habían cohonestado la dictadura y para mucha gente era sencillamente imposible votar por ellos.

La derecha, que instaló este régimen gracias al gendarme que le prestó la fuerza armada para hacerlo, y después del plebiscito de 1988 encontró un inesperado aliado en la Concertación para prolongarlo, sigue tratando de convencernos a través de los medios de difusión, que le pertenecen casi sin competencia, que encontró la piedra filosofal. Que lo que es bueno para muy bien pagados ejecutivos y directores, muchos de ellos en empresas creadas con el ahorro de los asalariados, es bueno para el país. Y así una costra de parientes, relaciones de colegio y clubes exclusivos para GCE (gente como ellos), con sus suculentas ganancias, infla engañosamente el ingreso promedio del resto de la población acercándolo a una suma que, se supone, convertiría milagrosamente al país entero en una sociedad desarrollada.

La Concertación sigue sin aceptar que ganó muchas elecciones nada más que porque al otro lado estaban los que habían cohonestado la dictadura y para mucha gente era sencillamente imposible votar por ellos. En la última elección presidencial cayó a un 29% – aunque majaderee con el 49% - de los votos emitidos. Y si sumamos a los muchos que se niegan a participar en lo que ha llegado a ser una componenda entre compadres –uno para ti, uno para mí - aún menos. Pero eso no es lo importante. Lo grave es que abrazó con entusiasmo un sistema impuesto por la fuerza a la ciudadanía, aceptó con fruición un trozo de la torta, desmovilizó a la población con la amenaza del ogro, y mantuvo – si es que no aumentó - la brutal diferencia entre ricos y pobres que hace de Chile una vergüenza.

Ese fatuo maridaje que nos ha gobernado más de veinte años, hoy con toda clase de intereses comunes entrelazados, es incapaz de comprender que está asomando a la luz pública, encontrando por fin una manera de expresarse, un malestar ciudadano latente desde hace largo tiempo y que va mucho más allá de las demandas puntuales que lo aglutinan.

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