jueves, 18 de octubre de 2018 Actualizado a las 18:43

Autor Imagen

El UDI no tiene quien le explique

por 11 julio, 2011

Detrás siempre respirará en nuestro cuello la cruda realidad. Y una y otra vez se nos aparecerá, aunque prefiramos ignorarla, la más sencilla de todas las explicaciones: nadie soporta tanta desigualdad tanto tiempo.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

No lo entienden. Sea el alcalde, el diputado o el ministro, a todos los une la misma perplejidad: no entienden lo que pasa. Ni un poco.

Es que ninguna minuta de Libertad y Desarrollo lo advertía. Menos lo dijeron en las reuniones del grupo Tantauco –que a estas alturas suena a nombre de fracaso mayúsculo-.

Es más, se suponía que era todo lo contrario: el milagro chileno diseñado en la dictadura nos dejaría después de tres décadas de vigencia al borde del desarrollo y a todos sus habitantes en una situación de bienestar tal, que irremediablemente todos seriamos defensores de la “sociedad libre” y sus beneficios. Hayek estaría, al final, en nuestras oraciones.

En fin, como en el himno, la copia feliz del edén.

Y de la nada, de repente, sin aviso previo, el edén viene a ser asfixiado por realidad. El milagro chileno del que se enorgullecía hasta la Concertación, está al borde de la desesperación: gente volcada en las calles, insatisfecha, indignada, sin ganas de creer en sus representantes y menos en sus urgidas promesas de que ahora si repartiremos el pastel.

El sueño chileno convertido en una pesadilla. Y sin escala intermedia.

Y ahí, entendiendo poco o nada y con el temor que nace más del bolsillo que del alma, el camino es la caricatura.  Unos, entonces, nos hablan de dinosaurios, otros de adolescentes atrapados en las garras de los políticos –el viejo cuento de los comunistas- y otros, los más instruidos, se inventan explicaciones seudo-científicas: los chilenos de hoy somos presos del éxito. Ricos y seguros de sí mismos, gracias al modelo económico de Pinochet, ya no son como los chilenos de antes, pobres y sumisos. De ahí tanta protesta.

Detrás siempre respirará en nuestro cuello la cruda realidad. Y una y otra vez se nos aparecerá, aunque prefiramos ignorarla, la más sencilla de todas las explicaciones: nadie soporta tanta desigualdad tanto tiempo.

Incluso, en el colmo de la ocurrencia, se inventan un hombre de paja que destruir: las propuestas de las protestas son las mismas que un tal Hessel, que como es simplón, lógica deductiva aplicada, todos los que protestan son simplones. Como si las propuestas neoliberales que ellos abrazan con ardor fueran un dichado de sofisticación y complejidad –el hombre es egoísta es lo mas afinado que suelen afirmar-.

Los más limitados, en todo caso, ni siquiera para la caricatura les alcanza. Su imaginario es tan breve que siempre se expresa en forma de prohibición, como Zalaquett y Echeverría, uno pidiendo clausurar la Alameda y el otro dándole en el gusto.

Y es, en rigor, nuestro buen hombre de la UDI no tiene nadie que le explique. Vamos a intentarlo.

De partida, mi perplejidad es exactamente la opuesta a la de los derechistas criollos: cuesta entender como nuestra sociedad se tardó tanto en hacer visible las profundas heridas que este modelo ha dejado en buena parte de nuestros compatriotas. De esos de los nuestros, que se han quedado mirando desde el puerto, la estela de humo de ese barco de la prosperidad que se aleja raudamente en el mar.

Propongo llamarlo el modelo de las migajas.

Las cifras impactan. De no ser Chile, el escándalo y la protesta habrían sido mayúsculos mucho antes.  Es que parece que los chilenos nos acostumbramos o dejamos que nos acostumbraran a la desigualdad y al brutal hecho de que existe una mayoría de chilenos que debe vivir con menos de 300 mil pesos mensuales – así, por ejemplo, el 70 por ciento de los nuevos empleos creados por Piñera son de mala calidad y recibe como salario menos de esa cifra-.

De los países de  la OCDE, el más injusto y desigual de sus miembros. Con un índice de desigualdad social tan brutal (0.50 coeficiente/Gini), que ni México (0.48) ni Turquía (0.41) se nos acercan en el triste número. Ni hablar de lo lejos que estamos en relación al promedio de dicha organización (0.31) (www.oecd.org/els/social/inequality).

A su turno, el expediente PISA –de la Universidad de Chile y la Diego Portales- acaba de concluir que dentro de esos mismos países, Chile es el más segregado educacionalmente: los ricos estudian con los ricos y los pobres junto con los pobres.

Así, los chilenos tenemos dos récords simultáneos entre los 34 de dicha organización: somos el país donde los más pobres menos reciben del ingreso nacional y donde la educación menos sirve para salir de esa condición.

La explicación de estos tristes datos es, en todo caso, sencilla. El modelo económico tiene una lógica tan simple que asusta: el crecimiento es el único objetivo socialmente valioso de perseguir desde el Estado.

El resto –justicia o equidad- se resuelven solos, según caen migajas para todos.

El lado luminoso del modelo ha sido destacado, día a día, segundo a segundo, por la elite económica, que con la vociferación de los medios de prensa,  ampliamente dominados por la visión empresarial, se ha encargado de construir en todos nosotros la idea de que esto es lo mejor que se puede hacer.

El problema, para nuestro hombre de derecha, es que el lado amargo existe y es inmenso.

¿Que razones deberían a la mayoría de los chilenos que quedaron del lado oscuro de la luna a adherir a un modelo económico que establece una relación tan inequitativa entre todos?

Las razones de unos pocos –los ganadores- son evidentes. ¿Y la de los demás?

¿Alguien cree que la migajas en formas de bonos o de planes sociales para los más pobres nos permitirá superar algún día la grotesca falta de equidad en nuestra sociedad?

Las razones, entonces, para salir a la calle sobran. Más bien, son urgentes.

La elite política chilena ha confiado en esa especial actitud de conformidad –casi de tontera diríamos- que ha disciplinado a nuestra sociedad por años y, que ha sido graficada desde antiguo “como el peso de la noche”.

Pero parece que tanta publicidad no logró ahogar nuestra conciencia, que hoy parece comenzar a despertar. Según una encuesta de GlobeScan -publicada por el Diario El País- los chilenos tienen poca adhesión al capitalismo. Consultado si se trata del mejor sistema, la respuesta positiva no alcanza el 46 por ciento, a diferencia de los alemanes (68 por ciento) o los brasileños (67 por ciento).

Somos tontos, pero no pesados.

En fin, una posibilidad es hacer vista gorda de todo esto y asumir como valida una explicación de sociología barata -como diría el juez Avilés – del tipo Revista Cosas para leer en la playa: es que tanto éxito los chilenos se volvieron exigentes. Ahora somos consumidores sofisticados, nos dirán, como le gusta tanto escuchar a una elite autocomplaciente como la nuestra.

El UDI podrá, quizás así, volver a dormir tranquilo.

Pero como decía el poeta, detrás siempre respirará en nuestro cuello la cruda realidad. Y una y otra vez se nos aparecerá, aunque prefiramos ignorarla, la más sencilla de todas las explicaciones: nadie soporta tanta desigualdad tanto tiempo.

Ni siquiera nosotros.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV