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El paciente presidencial

por 12 julio, 2011

El paciente presidencial
Decir que todo depende de la evolución de la enfermedad es sencillamente una falacia. El estado del paciente ya dio paso a una dinámica nueva. Ajena a los estentóreos discursos del Aló Presidente, con menos amenazas a la prensa, sin plebiscitos revocatorios en el horizonte y con mucho menos arbitrariedades. Reina ya un clima completamente distinto, coronado por una fecha letal, diciembre de 2012, momento en que habrá elecciones. Y con ella, cambios profundos.
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La falta de democracia ahoga a un mandatario. Incluso a aquellos que coquetean con la inmortalidad. Eso lo ha aprendido Hugo Rafael estos últimos meses. La falta de informes médicos oficiales, las caras de preocupación en sus entornos y los sepulcrales silencios, no hicieron sino agravar una situación de por sí complicada. Y es que las enfermedades presidenciales son siempre así. Todas. Y hoy ya lo sabemos, era más que un absceso.

A estas alturas, poco o nada se puede seguir ocultando. Difícil que haya algo distinto de lo que vemos y oímos. ¿Y qué es lo que hay? Un presidente ausente, o medio presente si se prefiere, ya muy mermado en la acción y más aún en el verbo. Vemos miradas perdidas en el horizonte. De la locuacidad e hiperactividad terrenal (esa que tanto cautiva a sus seguidores) se ha pasado súbitamente a expresiones más bien humildes sobre el devenir tanto personal como político; se aprecia ya un cierto reposo corporal. Ha quedado al descubierto la fragilidad humana de quien se sentía blindado ante todo tipo de designios (del más allá y del imperialismo, obviamente).

Al igual que en todo régimen no democrático, las turbulencias sucesorias afloran y se hacen inevitables cuando se empieza a divisar el final. Los del entorno desgañitan sus ambiciones, los de fuera de él sueñan con tiempos mejores y los espectadores opinan de forma desmesurada. Götterdämmerung llamó Richard Wagner a estos momentos tan dramáticos cuando la Valhalla se quema, y con ella se van los dioses.

La evidencia histórica indica –y la gerontocracia cubana lo sabe- que el poder político en general, especialmente en regímenes no democráticos, no se traspasa ni comparte voluntariamente. Este se usurpa. Casi por regla, si el gran macho alfa muestra signos de debilidad, nunca pasa mucho tiempo hasta que la manada exhibe novedades.

¿Y qué depara la Valhalla en Caracas para las próximas semanas o meses?

Decir que todo depende de la evolución de la enfermedad es sencilamente una falacia. El estado del paciente ya dio paso a una dinámica nueva. Ajena a los estentóreos discursos del Aló Presidente, con menos amenazas a la prensa, sin plebiscitos revocatorios en el horizonte y con mucho menos arbitrariedades. Reina ya un clima completamente distinto, coronado por una fecha letal, diciembre de 2012, momento en que habrá elecciones. Y con ella, cambios profundos.

¿Cuáles son los factores a considerar en los nuevos escenarios?.

El primero es de carácter externo. La influencia de La Habana. Esta es tan poderosa, que la opinión de la gerontocracia revolucionaria pasa a ser fundamental. Sin embargo, la influencia cubana será sólo de corto plazo. Por una razón muy sencilla. Las necesidades cubanas son de tal envergadura –y la desproporción entre una economía y la otra- que sólo pueden ser atendidas, con la generosidad que lo hace Venezuela, cuando se vive en un estado de delirio. Y no es necesario ser pitoniso para advertir que, a poco andar, el nuevo escenario se consolidará y los intereses de la isla pasarán a ser marginales. La pregunta central, y medianamente racional, es ¿qué puede necesitar Venezuela de Cuba? Esta pregunta, de seguro ya analizada por los octogenarios revolucionarios de La Habana, tiene una respuesta obvia. Por eso, este factor inicial, el externo, inclina la balanza a favor de Adán, el hermano mayor de Hugo Rafael. Adán fue ex embajador en la isla, es un ferviente admirador de Guevara, a quien suele citar, y ha demostrado ser capaz de imitar a su hermano en materia de grandilocuencia revolucionaria; un bien sumamente apreciado en La Habana. Desde 2008 es gobernador del estado de Barinas, cargo en el que reemplazó a su padre. O sea, Adan tiene un adicional, sabe de negocios de familia. Además, fue el único que en las semanas de vacío de poder reacccionó con cierta asertividad. Pocas dudas caben, Adán es el hombre de La Habana.

Otros factores que están emergiendo en esta Valhalla venezolana son de índole doméstica. El principal factor se llama crispación interna. Que Hugo Rafael no haya querido delegar temporalmente el mando en el Vicepresidente, es revelador que el PSUV es un nido de escorpiones y que el novato Elías Jaua no tiene capacidad para conducir el barco en aguas tan procelosas. De hecho la experiencia política de Jaua se limita a haber dirigido grupos juveniles chavistas y su nominación ocurrió recién en enero último. Basta recordar el paternal palmoteo en la cabeza que le da Hugo Rafael al bajar del avión que lo traía de La Habana, o la infantil lectura de los mensajes que Chávez mandaba por twitter desde La Habana, para percatarse que Jaua podrá estar habilitado para cualquier cosa menos para gobernar. La eventualidad del abismo podría llevar al mandatario (y especialmente a La Habana) a rediseñar pronto todo el entorno creando un ambiente más propicio al “internacionalismo”; eso pasa por trasladar a Adán al cargo de Vicepresidente, como medida preventiva.

Ahora bien, si la crispación al interior del PSUV y del gobierno se agudiza, y si la voz de La Habana no se impone, lo más probable es que se desemboque en una solución militar. Tal opción tiene un nombre definido con antelación: Diosdado Cabello, el ingeniero militar y lugarteniente de Hugo Rafael durante la intentona golpista de 1992, creador de las milicias paramilitares llamadas Circulos Bolivarianos, y presidente interino, por un par de horas, en 2002, cuando se intentó expulsar del mando al máximo líder. Dicho sea de paso, Cabello y el mexicano Liscuráin han sido los presidentes que más breve tiempo han estado en el cargo (Liscuráin sólo 45 minutos en 1913 cuando se desató la Revolución). Cabello tiene experiencia de mando y un cierto ascendiente sobre las FF.AA. Posee experiencia política al haber sido gobernador del estado de Miranda y es un activo dirigente del PSUV. Tiene además dos hermanos en la cúpula misma, Glena en la Misión ante la ONU y José David, ex ministro y actual director del ente recaudador de impuestos.

Y sería. La caballada se ve claramente escuálida.

El problema se ahonda toda vez que en materia de ausencia de definiciones sobre criterios sucesorios, el experimento chavista se parece mucho a los regímenes de Europa oriental. Con el agravante que en Venezuela, el experimento no logró consolidar una institucionalidad propia del régimen. En Moscú y los regímenes de Europa oriental la jerarquía institucional (llámese politburó, comité central etc.) era relativamente conocida tanto en el país como en el exterior y las disputas internas tenían lugar dentro de esa institucionalidad. Luego, la ideología jugaba un papel aglutinador. Acá el asunto se resuelve con la lógica del “ahí se va”. Cada coyuntura la termina resolviendo el primer mandatario y su entorno es un simple grupo subordinado y ejecutante. El bolivarianismo no es por cierto una ideología, por mucho respeto que se tenga por la figura del Libertador. Sus ideas suelen ser interpretadas con la misma flexibilidad con que lo hacía Hugo Rafael. Por lo tanto, el bolivarianismo no induce al aglutinamiento y no puede dar pistas en esta ocasión sobre sucesión presidencial. Una indefinición que sólo agudiza el carácter wagneriano del dramático momento que vive la experiencia chavista.

Finalmente existen otros factores, que pondrán a prueba las habilidades de quien tome el control del palacio de Miraflores. Y es que el legado del paracaidista de la boina roja es algo abultado. Los ávidos lectores podrán buscar las últimas encuestas y enterarse que los números de popularidad no le son favorables. Eso podría explicarse por el desgaste natural, pero hay un fardo de problemas endémicos bastante grande: falta de inversiones en los sectores eléctrico y vivienda, la inflación y la elevada tasa de homicidios.

La evidencia histórica indica –y la gerontocracia cubana lo sabe- que el poder político en general, especialmente en regímenes no democráticos, no se traspasa ni comparte voluntariamente. Este se usurpa. Casi por regla, si el gran macho alfa muestra signos de debilidad, nunca pasa mucho tiempo hasta que la manada exhibe novedades.

Sea como fuere, en el largo plazo, y que la suya no fue una historia feliz, habrá buen recuerdo de Hugo Rafael. Pese al caos, a la negligencia, falta de eficiencia y tintes tragicómicos de su gestión, el hombre supo crear un “relato”. E increíblemente duradero. Ese “relato” no es otra cosa que una sensación de legitimidad y participación que el hombre supo transmitir con sus peroratas y desvaríos. En ese punto se le extrañará. Y es que las sensaciones, justas o injustas, en cualquier proyecto político, son esenciales. Un gobierno podrá ser muy ordenado, ágil, eficiente y serio, pero si no transmite esa sensación de inclusividad –que Chávez la tuvo- está condenado a la frustración.

Eso lo sabe el paciente. Ya asumió que tendrá una convalescencia larga. Probablemente molesta en lo físico, e intuye que ya nada volverá a ser como fue. Ciertamente que a sus admiradores les tomará más tiempo asumir las nuevas realidades. Es lo inexorable. Es el fin wagneriano.

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