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El amor al dinero

por 28 julio, 2011

No es de extrañar entonces que, en un país que se ha enamorado del dinero, la gente salga a las calles a protestar de puro cabreada que está. Uno de los carteles que vi desde la ventana de mi oficina decía: “¿Y qué pasó con las farmacias coludidas? Nada”.
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El caso La Polar comienza rápidamente a quedar atrás: nada dura mucho en las portadas de los diarios. El efecto indeseable de esto es que ninguna falla pareciera ser demasiado grave. Pero el caso La Polar lo es, y casi no hace falta decir por qué; prácticamente no hay columnista que no haya abordado el tema sin ofrecer buenas razones para sostenerlo. Aquí quisiera exponer otra razón; podría llamársele de tipo “espiritual”.

Una de las conclusiones a la que llega Gilbert Highet, al finalizar su monumental estudio sobre la tradición clásica, es que si les damos las espaldas a las enseñanzas del mundo grecolatino estaremos en muy mal pie para subsistir como cultura. La tesis no es nueva, pero bajo la pluma de Highet –un erudito bastante reacio a las exageraciones– adquiere una singular fuerza explicativa para comprender, por ejemplo, el malestar difuso que en la actualidad vive Chile.

Se nos repite que estamos cada vez mejor, que el PIB no deja de aumentar, pero todos sabemos que eso no dice mucho si se consideran nuestras tremendas desigualdades. Si Bill Gates se fuera a vivir a la comuna de Malloa por cierto que el PIB de esa localidad se dispararía, sin embargo sólo alguien muy ingenuo diría que Malloa habría dado un gran salto hacia el futuro.

No es de extrañar entonces que, en un país que se ha enamorado del dinero, la gente salga a las calles a protestar de puro cabreada que está. Uno de los carteles que vi desde la ventana de mi oficina decía: “¿Y qué pasó con las farmacias coludidas? Nada”.

Diógenes de Sinope (s. IV a.C.), sabio entre los sabios, afirmaba que el amor al dinero es el origen de todos los males. Este amor pienso que debemos entenderlo como una búsqueda ciega que pone a los bienes materiales como el fin último de nuestras acciones. Si no es esto, ¿qué otra cosa podría explicar lo que pasó en La Polar? ¿Era acaso una empresa que iba rumbo a la quiebra y era necesario recurrir a cualquier medio con tal de salvarla? Desconozco en qué colegios fueron educados los señores de La Polar ni en cuáles tienen a sus hijos, pero no sería raro que se trate de instituciones católicas. En sus cartas, San Pablo cita literalmente a Diógenes. Este olvido nos está costando caro.

Se me dirá: es un caso aislado, fruto de una regulación floja. No lo creo: la falta de regulación en muchas industrias es el resultado de la voluntad de no legislar. Esto lo explica sin duda la casta política que ha generado el sistema binominal y la ausencia de una ley sobre el financiamiento de las campañas políticas. Los ciudadanos de “a pie” tenemos muy pocas herramientas para despeinar a quienes tienen el sartén por el mango. El filósofo norteamericano Ronald Dworkin tituló un libro “Tomándose los derechos en serio”. Cuán bien se aplica esto a nuestra realidad. ¿Queremos realmente vivir en una democracia, sin tutelajes de ningún tipo, sin asimetrías que sólo pueden interpretarse como flagrantes injusticias?

En efecto, el poder económico y el poder político se han anudado peligrosamente. Basta ver en qué se han convertido nuestros pobres bosques: en un mar de pinos. O nuestras tristes ciudades: en un conjunto de cajas de zapatos. Así, aquella razonable idea que propone que sólo las leyes pueden limitar el egoísmo carnívoro de los hombres, hoy por hoy no es más que un saludo liberal desde la cátedra. No es de extrañar entonces que, en un país que se ha enamorado del dinero, la gente salga a las calles a protestar de puro cabreada que está. Uno de los carteles que vi desde la ventana de mi oficina decía: “¿Y qué pasó con las farmacias coludidas? Nada”.

Y  volviendo al caso La Polar: Diógenes de Sinope afirmaba también que para el honesto cada día es una fiesta.

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