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De la democracia secuestrada a la democracia solidaria

por 29 julio, 2011

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Durante los veinte años de transición no fue un lugar común decir que la democracia había sido secuestrada por el modelo económico. Más aún, se llegó a plantear maliciosamente que el modelo económico existente en Chile era el mayor sostén e impulso de nuestra Democracia en transición. Lo que comenzó a cambiar a partir de las movilizaciones de los estudiantes y de la sociedad civil fue la comprensión de que a partir del actual modelo económico no había posibilidades de un auténtico desarrollo democrático.

Por eso, las demandas se traducen en propuestas que tienden a liberar a la democracia política y social del secuestro realizado por la economía y por sus paladines. Éstos, que hoy tienen responsabilidad en lo que está pasando en muchas partes del mundo, han motivado la explosión democrática en este país.

En los intentos de negociación por temas específicos, como la educación, el sistema electoral, los cambios constitucionales, los temas medioambientales y todas las reformas y cambios que implican los déficits de nuestra democracia, se hace necesario fijar algunos principios que se han de traducir en las conquistas y propuestas de cambios. Ciertamente los modelos democráticos deben construirse a partir de los principios democráticos que los orientan; de las concepciones acerca del ser humano y sus derechos y deberes fundamentales. Si no tenemos claros estos principios, tampoco podremos generar modelos viables de carácter histórico. Modelos que sean capaces de interpretar estos principios, para mejorar constantemente nuestra democracia, impelida a responder a los deseos permanentes del ser humano, de satisfacer adecuadamente todas sus necesidades legítimas y sus derechos a partir del pleno reconocimiento de su dignidad.

Creemos que como un primer principio la democracia en su esencia debe hacer realidad el derecho a la autodeterminación de las personas y de toda la sociedad en su conjunto. Esto, en todos los ámbitos del desarrollo de la vida, como persona y como sociedad. Para hacerlo posible la organización democrática, que se expresa en lo social, en lo político y en lo económico, debe ser necesariamente solidaria. Estructuralmente solidaria.

Ese es el factor decisivo para corregir las distorsiones que provocan la libre competencia y la libre empresa en la versión que todos conocemos. Pero hay otras distorsiones, además de la económica, que se producen al interior de este modelo y que tienen que ver con el supuesto de que el desarrollo que se concibe a partir de él algún día debería llegar a todos los ciudadanos. Visión economicista del desarrollo que aplasta la dignidad y los derechos de las personas. Una democracia solidaria es una democracia que debe reconocer el bien común y éste obviamente no concuerda con la forma de aplicar y entender “las leyes de la economía”.

Como segundo principio, una auténtica democracia debe coordinar los intereses sociales y poner a su servicio los intereses económicos y no al revés, como hoy sucede en el modelo chileno. Dicho de otra manera más simple, debe primar el interés social – que termina siendo también el interés de las personas – por sobre los intereses económicos e individuales.

Estos son fundamentos que nos permiten concebir las transformaciones urgentes e ineludibles del sistema chileno en su globalidad. Sin duda estos dos primeros principios, hacen totalmente imposible solucionar los problemas y las actuales demandas por parte del gobierno, que naturalmente y por lógica no podría concebir transformaciones profundas que desnaturalizaran su modelo neoliberal. Pero el tema también es un desafío para la Concertación y otros sectores políticos los que tienen elaborar propuestas que respondan a estos principios y que vayan construyendo un modelo democrático como lo reclama la esencia misma de la democracia y las demandas ciudadanas.

La democracia debe ser concebida como un conjunto de principios e instrumentos concretos, a partir de los modelos históricos, como una instancia liberadora en los procesos de desarrollo. La democracia debe asumir la solidaridad como una función clave que garantice una oportunidad de responsabilidad libre para lograr los objetivos sociales y personales de un proyecto de desarrollo nacional. En este contexto las metas utópicas no tienen que ser contradictorias. Le deben dar sentido y contenido. Desde cualquier punto de vista es la democracia la que determinará las formas, contenidos y regulaciones del sistema económico y no al revés como ahora sucede.

Liberar la democracia del secuestro económico, es precisamente poner la economía a su servicio. Esto no tendría porqué ser contradictorio en un modelo que debe tener al ser humano, como sociedad y persona, en el centro de todo proyecto.

(*) Texto publicado en el Quinto Poder.cl

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