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Depredadores y parásitos en el Gobierno de Chile

por 4 agosto, 2011

Yo podría, por ejemplo, saber que Echeverría no hará nada en perjuicio de nadie. Lo podría saber porque lo conozco y porque somos parientes, pero los estándares que se piden para la administración pública no pueden estar dados por la pregunta ¿lo conoce o no la Tere? ¿lo aprueba?
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Hace pocas semanas un flamante Ministro de Energía renunciaba tres días después de haber asumido la cartera. Lo hacía porque tenía conflictos de interés entre una posición que ostentaba en el mundo privado y su nuevo cargo público. Unos días antes, Joaquín Lavín dejaba el Ministerio de Educación por estar bajo sospecha de tener un problema semejante en su calidad de socio de la Universidad del Desarrollo. Fernanda Otero, entretanto, era noticia por asesorar al Presidente en materia de comunicaciones y al mismo tiempo a empresas que negociaban contratos con el Estado.

Y es que la derecha está llena de conflictuados, de personas que vienen del mundo privado y que pasaron, para decirlo en fácil, a estar sentadas a ambos lados de la mesa: a ser regulados y a regular. Conflictuados que, además de posición, tienen un millón de amigos de esos que por la vía de un telefonazo resuelven los problemas que crea la burocracia estatal (burocracia que yo sería la primera en sobrepasar en caso de que pudiera).

Conflictuados los de la derecha…pero también brutos y analfabetos a la hora de entender que cuando uno pasa de ser el patrón del fundo propio al administrador del fundo de otros, hay cosas que no se pueden hacer y hay formas que es obligatorio cuidar. Si alguien entra a un banco con un revólver en la mano, no podrá quejarse luego de estar obligado a dar explicaciones al juez. No podrá quejarse y aducir que su conducta es intachable y mucho menos apelar a sus buenas intenciones: la ética tiene algo que ver con la estética y las apariencias también importan.

Yo podría, por ejemplo, saber que Echeverría no hará nada en perjuicio de nadie. Lo podría saber porque lo conozco y porque somos parientes, pero los estándares que se piden para la administración pública no pueden estar dados por la pregunta ¿lo conoce o no la Tere? ¿lo aprueba?

Porque cuando se dice que alguien tiene conflictos de interés no se dice que sea corrupto ni malintencionado, ni siquiera que haya hecho algo en concreto; simplemente se señala que no está en condiciones de garantizar la imparcialidad que debe tener quien vela por cuestiones que no son propias. No se trata de no tener intereses en lo que se hace, sino simplemente de no encontrarse en situación de que los propios intereses vayan en desmedro de los de otros. Yo podría, por ejemplo, saber que Echeverría no hará nada en perjuicio de nadie. Lo podría saber porque lo conozco y porque somos parientes, pero los estándares que se piden para la administración pública no pueden estar dados por la pregunta ¿lo conoce o no la Tere? ¿lo aprueba?

La cosa no es tan simple, en todo caso. Porque si nos dejamos llevar por las exigencias que la izquierda pone para ser funcionario público, estaría habilitado para serlo una clase de hombre bastante excepcional. Por de pronto, tendría que haber trabajado solo para el Estado o la política desde que tuvo edad hacerlo. Es decir, no podría haber tocado con sus manos la inmundicia del mundo privado. Y si en algún momento de su vida manifestó interés en algún área, debería constar que ese interés se desplegó en puro servicio social, ofrecido ad honorem por cierto. Para evitar acusaciones de nepotismo o amiguismo, lo ideal sería que fuera hijo único de padres ya muertos y que no tuviera amigos. El funcionario probo por excelencia tendría que ser una especie de franciscano que hasta ahora no tengo el gusto de conocer, no al menos dentro del mundo político.

Exagero, lo sé…pero los conflictos de interés no son tan invisibles como lo cree la derecha ni tan simples de resolver como le parece a la izquierda. La derecha debe entender que debe someterse a criterios formales, universalmente válidos, y que sobrepasarlos es de por sí cuestionable. La izquierda debe aceptar que vivir la saludable (y desconocida para mí) experiencia de generar riqueza, de alternar entre lo público y lo privado como se hacía en Atenas no es algo que vaya en desmedro de la política, sino que la oxigena, entre otras cosas porque depender desesperadamente del Gobierno o de la elección popular puede llegar a ser el peor de todos los conflictos de interés que tiene un funcionario público o un político.

En fin, la derecha da muestras de no entender lo que es un conflicto de interés. La izquierda de no ser capaz de darle solución. “¡No somos ladrones!” dirán los primeros. “Nuestra trayectoria en el mundo público nos avala”, los segundos. Ninguno entiende, creo yo.

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