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Perú: sin copia ni calco

por 7 agosto, 2011

La polémica entre el crecimiento económico como un fin en sí mismo y las exigencias de la lucha contra la pobreza y la inclusión social quedó instalada desde el primer día en la forma de una sonora advertencia de los ministros de las áreas sociales a las autoridades económicas. Y allá como acá, la forma en que se resuelva este dilema nos dirá mucho sobre la dirección más estratégica de que estará revestido el proceso político peruano que se inicia.
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José Carlos Mariátegui (1894-1930) el más alto exponente de la intelectualidad de la izquierda  peruana de todos los tiempos, desarrolló extensamente este concepto,  que es al tiempo una advertencia, en su  célebre obra  “Siete ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”.

El “Amauta” y referente obligado para cualquier peruano de izquierda en sus incontables y siempre divisibles  vertientes,  quiso significar bajo este concepto la exigencia ineludible  para cualquier intento de transformación social y política que pudiera encararse en su país, la de ser la resultante de un proceso de creación  auténticamente original, nunca de una imitación impuesta.   Habida  cuenta de las características  complejas  y especiales de índole histórica, étnico-cultural, social y política  y hasta de configuración geográfica conflictiva  de la  sociedad peruana.

Y son esas mismas singularidades sobre al cuales teorizaba y profetizaba Mariátegui las que hoy vuelven a  quedar de manifiesto, a propósito del vertiginoso proceso político, de incierto pronóstico, que acaba  de   arrancar en Perú,  y de los inmensos desafíos que se propone encarar.

La polémica entre el crecimiento económico como un fin en sí mismo y las exigencias de la lucha  contra la pobreza y la inclusión social quedó instalada desde el primer día en la forma de una sonora advertencia de los ministros de las áreas sociales a las autoridades económicas. Y allá como acá, la forma en que se resuelva este dilema nos dirá mucho sobre la dirección más estratégica  de que estará revestido el proceso político peruano que se inicia.

Este principio rector, esta condición que hoy como ayer se presenta revestida como reclamo y reivindicación soberana para que los peruanos resuelvan sus propios asuntos sobre la base de sus propias realidades y posibilidades, fue  reiterado una y otra vez por innumerables líderes políticos,  autoridades y modestos partidarios del nuevo gobierno peruano, viejas y nuevas amistades políticas  y personales, con la que tuve ocasión de conversar, mientras en Lima transcurrían los preparativos para la transmisión  del mando presidencial.

Ni copia ni calco me respondieron sin falta a mis incesantes interrogantes. Sin copia ni calco voceaban las multitudes abigarradas mientras  aguardaban impacientes la salida del Parlamento del recién juramentado presidente Ollanta Humala. La frase, hoy cargada de renovados significados y reverberaciones,  fue incluso mencionada por el propio Presidente Ollanta Humala en su breve alocución ante los invitados que concurríamos a la recepción oficial en el imponente  Palacio Pizarro.

La precisión, que es a la vez una declaración de intenciones y un programa,  no deja de ser especialmente significativa en el contexto político regional  más actual. Precisamente  cuando en los mentideros políticos, y no solo en Perú,  no se deja de especular respecto ante  cual influjo habrá de inclinarse el proceso político peruano, en que experiencia de transformación política y social actualmente en curso los nuevos gobernantes buscarán inspiración y apoyo. Y consecuentemente, de cual modo y con cuales énfasis el Perú optara por insertarse en la marea reformadora de corte progresista que está inundando de modo imparable a América del Sur, con las solas excepciones  de Chile y Colombia.

Y hay que advertir que la manera en que se resuelva este dilema, e incluso si Perú opta finalmente por mantenerse al margen de controversias modélicas  abiertas o soterradas hoy presentes en el marco de la izquierda y el progresismo latinoamericano,   y resuelve entonces  buscar un relación de equidistancia,  en su caso entre las opciones que representan Venezuela y Brasil, aquello no dejará de tener sus implicancias prácticas. Ciertamente  en el campo de las alianzas regionales, así como también  en la esfera de la política exterior bilateral peruana, con especial y  significativo  énfasis  en su dimensión vecinal.

Por lo pronto, el nacionalismo que llega al gobierno en Perú,  sustentado en una ancha base política y social,  parece  no tener nada que ver ni con el chauvinismo típico de esa clase de elaboraciones,  ni menos  con el aislacionismo auto referente que le sigue.

Por el contrario, Gana Perú anuncia una  opción explicita y decidida por la integración regional, y  opta decididamente por UNASUR,  al tiempo que abandona resueltamente el proyecto del Arco del Pacífico, el cual bajo el patrocinio del los EEUU, pretendió erguirse sin éxito como una cuña política frente a otra dinámicas integradoras más asentadas y autónomas.

Los peruanos, al menos quienes optaron por Ollanta Humala, no tienen dudas que hoy Perú ha pasado a ser parte integrante de la corriente transformadora  que hoy abarca a diez países  de América del Sur, la cual adscribe al pensamiento de la izquierda y el progresismo, y que en su pluralidad, busca en cada caso su propio camino de  desenvolvimiento.

A más de un líder político le oí comentar desde el  entusiasmo, sobre la circunstancia inédita que está aconteciendo con la política y la correlación de fuerzas favorables a los cambios estructurales en la región sudamericana, dinámica transformadora  a la cual los peruanos parecen resueltos a volcarse. Por lo mismo, la retórica que se oye en Perú  es de claro signo y clivaje izquierdista, aunque  es más incierto el curso real que habrán tomar los acontecimientos nacionales,  cuando las circunstancias estén más decantadas y queden más perfectamente perfiladas las opciones y las posibilidades.

Por sobre el entusiasmo imperante, se percibe una gran dosis de incertidumbre, y hasta algo desconcierto.  Y esto no es extraño si se considera que en verdad, todas las circunstancias objetivas y hasta subjetivas parecían augurar hasta hace muy poco una nueva derrota, frente a un adversario interno y externo que no reparó en medios para tratar de impedir la victoria de Gana Perú.

Por lo mismo, para una alianza que se  encontró con el gobierno, más no con el poder,  y  casi de sopetón, no parece ser claro ni evidente que es   concretamente lo que cabe esperar de sí misma en el próximo período.

Hay un programa que el Presidente Humala le ofreció al país y que lo llevó al gobierno, también abunda la firme voluntad de ejecutarlo en todos sus términos. Ese programa en lo sustantivo  promete apuntar al corazón de las desigualdades e inequidades, para intentar cerrar la abismante brecha entre ricos y pobres, mantener el crecimiento económico y enfatizar las medidas tendientes a incrementar la inclusión social. Cuestión, esta última, muy principal e ineludible en un país social y regionalmente desgarrado y políticamente dividido y hasta crispado. Tal como pudo verse en la propia ceremonia de investidura, en la que en fujimorismo y todo lo que aquello representa,  advirtió a gritos que será una fuerza obstaculizadora a todo trance y que se propone no dar tregua ni ventaja.

Gana Perú es una coalición abigarrada y nada de monolítica. Por sobre todo, representa un espacio de confluencia en torno a unas pocas ideas fuerzas unificadoras, y en tal sentido, una alianza táctica de carácter más bien reactivo y de límites políticos e ideológicos imprecisos. Sus integrantes, que van desde personalidades independientes de izquierda de distinto signo, figuras centristas y de vocación liberal, pasando por pequeñas agrupaciones políticas, reconocen sin embargo y acaso por el momento a regañadientes, al  Partido Nacionalismo Peruano (PNP) como a la columna  vertebral hegemónica. A propósito  de aquello, sin embargo,  resulta paradójico y ciertamente incomprensible bajo cualquier código, que el PNP no cuente con un solo ministro en el gabinete, aunque se suponga que esta perfecta anomalía será subsanada a nivel de vice ministros y jefes de  servicios.

Hay quienes imaginan que las designaciones en la esfera económica podrían presagiar cual será el curso de los acontecimientos políticos venideros, tanto en sentido general como al interior de la propia coalición.  En Perú, al igual que en Chile, los ministros de Hacienda tienden a adquirir poderes incontrarrestables que no se condicen con una república democrática. Por lo mismo, la polémica entre el crecimiento económico como un fin en sí mismo y las exigencias de la lucha  contra la pobreza y la inclusión social quedó instalada desde el primer día en la forma de una sonora advertencia de los ministros de las áreas sociales a las autoridades económicas. Y allá como acá, la forma en que se resuelva este dilema nos dirá mucho sobre la dirección más estratégica  de que estará revestido el proceso político peruano que se inicia.

Por último, hay que mencionar que prácticamente el PNP es la única organización política de cuantas confluyen en la Alianza que tiene existencia legal y expresión territorial real.  Aquello implica una enorme debilidad negociadora de las otras partes integrantes de Gana Perú, lo que bajo condiciones normales implica  una tendencia a la concentración del poder efectivo en unas pocas manos, casi siempre  restringidas al círculo presidencial más íntimo.

Una alianza gubernamental sin partidos  fuertes que la sustenten y por lo mismo, afincada sobre lealtades personales y no institucionales,  cohesionada en torno a una personalidad y alrededor de unos pocos propósitos comunes,   las más de las veces conduce a la aceptación acrítica de los liderazgos carismáticos e individualistas.  Y eso, la sabemos a que conduce en todo tiempo y lugar.

Ojalá en este aspecto, los peruanos también puedan seguir el sabio consejo de Mariátegui. Sin copia ni calco.

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